El Sagrado Corazón de Jesús tiene su origen en un momento histórico concreto, que es precisamente cuando éste comienza a latir en el interior de la Virgen María a partir de la Encarnación. Desde entonces, Dios nos ha ido revelando progresivamente su intimidad través de personas sencillas y humildes de corazón, siendo la primera de ellas la Virgen María, quien hace dos mil veinte años tuvo en su interior el Corazón físico de Su Hijo, siendo desde entonces fiel discípula en el cumplimiento de Su Voluntad.

Por lo tanto, hemos de saber que cuando hablamos del Corazón de Jesús nos referimos al corazón vivo de la segunda persona de la Santísima Trinidad, es decir, al corazón del Verbo encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre. Al hablar del Corazón de Jesús, hablamos, en definitiva, del centro de su persona, allí donde residen conjuntamente el pensamiento, la voluntad y los afectos, ordenados éstos a esa, y esa a aquél. De ahí que entorno al mismo haya surgido una gran devoción por la que el Señor nos invita a conocer sus afectos, Su Voluntad y lo que piensa, esto es la intimidad misma de su persona. Pero, ¿cuándo surge exactamente esta devoción?

Sabemos que desde el tiempo de San Juan y San Pablo ha existido en la Iglesia algo semejante a una devoción al amor de Dios, quien “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16), y al amor de Jesús, quien “tanto nos ama que se entregó a sí mismo por nosotros” (Ef 5, 2). Claro que, si hablamos propiamente, eso no era equivalente a la devoción al Sagrado Corazón que conocemos hoy en día. No obstante, desde los primeros siglos, siguiendo el ejemplo del discípulo amado, ha sido costumbre meditar sobre el costado abierto de Cristo y el misterio de la sangre y agua, y se ha visto a la Iglesia como naciendo de esa herida, del mismo modo que Eva nació del costado de Adán.

Sin embargo, no será hasta el siglo XIII con Santa Gertrudis, una mística almena, cuando se dé un gran impulso a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Merece especial atención la visión que Santa Gertrudis tuvo en la fiesta de San Juan Evangelista, ya que constituye un hito en la historia de la devoción. En esta visión, el Señor le concedió la gracia mística de poder recostar la cabeza en Su Corazón traspasado en el costado, y ella narra que escuchó los latidos del mismo. Tras escuchar el palpitar de Su Corazón, Gertrudis se tornó hacia San Juan, quien estaba también presente y a quien podía ver místicamente, y le preguntó si había escuchado lo mismo en la Última Cena, cuando se reclinó sobre el pecho del Señor y si así era por qué no lo había relatado en su Evangelio. San Juan contestó que la revelación del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando se produjera un enfriamiento de los corazones de los hombres y fuera dicha devoción un medio para reavivar el calor de los corazones humanos. (“Legatus divinae pietatis“, IV, 305; “Revelationes Gertrudianae“, ed. Poitiers y Paris, 1877).

A partir del siglo XIII y hasta el XVI, la devoción se propagó, pero sin desarrollarse íntegramente. Era practicada en todas partes por almas escogidas, de lo que dan abundante testimonio las vidas de los santos y los anales de las diferentes congregaciones religiosas como franciscanos, dominicos, jesuitas, cartujos, etc. Empero, siempre fue una devoción individual de carácter místico.

Parece ser que fue en el siglo XVI que la devoción avanzó y pasó del dominio místico al de la ascesis cristiana. Se convirtió en una devoción objetiva, con oraciones previamente formuladas y ejercicios especiales cuya práctica era muy recomendada a la par que su valor era apreciado. El hacerla pública, honrarla en el Oficio Divino y establecerle una fiesta fue tarea de San Juan Eudes (1602-1680). El Padre Eudes fue, más que nada, el apóstol del Corazón de María, pero en su devoción por el Corazón Inmaculado supo enseñarnos que de la mano de María siempre se acerca uno más al Señor, en este caso a Su Sagrado Corazón.

Todo amor tiene algo de sensible – aunque esto no constituya su esencia -, pero el amor del Sagrado Corazón muchísimo más.  Eso quiere decir que todo lo que hacemos tiene un impacto en Él. Nada hay que le sea indiferente, por tanto, todos los desprecios, frialdades, pecados… marcan una huella en el Corazón de Jesús. De hecho, por eso se revela a Santa Margarita María con todos los signos de la Pasión, para hacernos ver que esa Pasión sigue de algún modo presente en tanto que sigue sufriendo por cada una de nuestras ofensas. Por ello, el Señor le pidió a la Santa algo que nos pide a cada uno de nosotros también: que le amemos por todos los que no le aman.

De la mano de las revelaciones, la Santa recibió una serie de Promesas del Corazón de Jesús. Son doce, y lo más importante de ellas es que son un don gratuito de Dios y no merecido, que persigue una respuesta del alma, una conversión, es decir, una vuelta por amor hacia Su Amor. En todas ellas se encuentra la bondad de Dios, que promete ayudar en el camino de santidad a las familias, a las empresas, a las naciones… Para hablar de la integración de esta devoción hay que hablar necesariamente de la unión con Cristo que se hace a través de la consagración, en donde hay que tener en cuenta dos realidades. La primera es que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Dios, y la segunda es que toda consagración tiene su raíz en el bautismo. De hecho, todos los bautizados estamos consagrados a Dios. Por lo cual, la consagración personal al Sagrado Corazón es una manera de profundizar en lo que ya es la consagración de nuestro bautismo, esto es, ofrecer la totalidad de nuestra vida a Cristo Jesús.

La importancia de la consagración nos hace darnos cuenta de que la espiritualidad del Corazón de Jesús tiene una dimensión no sólo personal, sino también social, es decir, de un culto exterior. Esto explica por qué el Señor ha querido que a su Sagrado Corazón se consagren diferentes naciones, a lo largo de a historia, e incluso el mundo entero como lo hizo el Papa León XIII. Esto tiene sentido porque Jesucristo es Rey, aunque su reino no es de este mundo. La manera de reinar de Cristo es mediante un reinado de amor, por lo que la consagración es la respuesta necesaria de cada uno de nosotros, y de las naciones, a ese reinado de amor.

Esto lo vemos el 17 de junio de 1689, cuando tiene lugar otra gran famosa aparición del Corazón de Jesús a Santa Margarita Alacoque. En ella, Cristo pide en esta visión la consagración del rey de Francia y su familia al Sagrado Corazón de Jesús, prometiendo ofrecer ayuda en las empresas del rey, que en aquel entonces era Luis XIV. Tanto él como sus herederos fueron informados de esta petición, pero en cien años ni uno fue capaz de realizarla. Precisamente, en esa misma fecha, exactamente 100 años después de la petición de Cristo al monarca francés, el 17 de junio de 1789, sitúan los historiadores el inicio de la Revolución Francesa que va a derribar la monarquía; en este día el Tercer Estado se rebela contra el rey, erigiéndose como Asamblea Constituyente. Esta concordancia de fechas, obrada por la Divina Providencia, muestra claramente el carácter de castigo o corrección de la Revolución Francesa y de las consecuencias de esta revolución nonserviana, así como todas las que vinieron a partir de ella. Si no se aceptan los medios de salvación que el Cielo pone a nuestra disposición, la catástrofe sobreviene inevitablemente, básicamente porque rechazamos aquel reinado de amor que se nos ofrece.

A pesar de las veces que hemos faltado a lo pedido por el Cielo, es esperanzador ver el desarrollo de esta historia dentro del magisterio de los Papas, en donde ya podemos encontrar una primera consagración de León XIII de todo el género humano, no solamente de la Iglesia. Después, se instituirá la fiesta de Cristo Rey para decir que esta consagración tiene su raíz en que Jesucristo es Rey del Universo, pidiéndose ahí que también se renueve anualmente en la Fiesta de Cristo Rey la consagración universal que hizo León XIII, algo que desgraciadamente se ha perdido en el entorno de la Iglesia. La realidad es que la forma de vivir de una persona o nación consagrada, o del mundo consagrado a Jesucristo, debe radicar en reconocerle como Rey, de tal manera que la voluntad esté por amor entregada a Dios, lo mismo que el resto de las cosas (economía, política, sociedad, cultura…)

En España, el Sagrado Corazón de Jesús se revelará en el siglo XVIII al Padre Bernardo de Hoyos, a quien le anuncia que reinará en España con mayor veneración que en otras partes. Esto, que en aquel momento sonó sorprendente, será lo que mueva en 1919 al rey Alfonso XIII a consagrar España al Corazón de Jesús para, de alguna manera, hacer realidad por parte de la nación española esa recepción de la Gran Promesa. El rey sabía que se jugaba la Corona en ese acto, pues ya había recibido amenazas por parte de la Masonería, pero siguió adelante con el proyecto y en el Cerro de los Ángeles leerá la fórmula de la Consagración de España al Corazón de Jesús delante del Santísimo expuesto, es decir, del Corazón vivo del Jesús, y a los pies de un monumento en el cual figura inscrita la Promesa, pero proféticamente en presente: no dice “Reinaré en España”, sino “Reino en España”, como una manera de aceptar ese reinado de Jesucristo en nuestra Patria.

A mediados del siglo XX, el Papa Pío XII hablaba de como, por un lado, la fe de los buenos languidecía y se iba enfriando la caridad, desvaneciéndose esa presencia del bien y del amor en el mundo y, por otro lado, de como crecían las maquinaciones del mal y de los impíos, y que parecía que el mal iba ganando la batalla. Si ya Pío XII – en su encíclica “Haurietis Aquas” sobre el culto al Corazón de Jesús – miraba al Corazón de Jesús como la solución al enfriamiento de la fe y el avance del mal en su tiempo, cuánto más debemos contemplarlo ahora, en estos tiempos tan confusos que nos rodean.

Al final, de lo que se trata es de acercarnos al amor de Dios que, en tiempos de fría oscuridad como los que nos ha tocado vivir, se nos ha hecho tremendamente visible y cercano a través del Corazón de Jesús, presente en el Santísimo Sacramento. Ojalá sepamos responder a esa llamada de amor con el mismo “sí” de María, para que como lo hizo con Ella, el Sagrado Corazón triunfe y reine en nuestros corazones, en España y en el mundo entero.

 

Sagrado Corazón de Jesús, ¡en Vos confío! ¡Viva Cristo Rey!

 

Álvaro Chillarón de la Fuente.

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