Quisiera guardar de él una imagen sepia y con arrugas, como esas estampas de santos que uno apretuja mientras susurra una oración; y así, mientras rezo, solicitar su intercesión. Pero tan solo tengo una imagen recogida de internet, que un día logré escamotear del blog de un amigo para traérmela hasta las tripas de mi ordenador. En ella, el rostro se le ve un tanto regordete, y a los ojos negros una chispa se le asoma muy vivaz, casi coruscante, para revelarnos su carácter bonancible y la dicha que le inunda los adentros. Emboscadas tras la barba oscura, dos arrugas hondas le flanquean el mostacho y le resaltan los mofletes, gordos como los de un duende bonachón, y un bonete negro le corona la cabeza y parece derramársele por sobre las orejas, como anticipando la aureola de santidad que sin duda hoy le adorna. Mi tío abuelo se llamaba Dositeo López Pardo, y cuando murió, asesinado por los comunistas chinos, tenía 35 años.

Nacido en los más postreros estertores de 1899, en un pequeño pueblo del municipio lucense de Fonsagrada, donde los valles reciben el prestigio de la fraga feraz y en los montes altos se pasean las reses, Dositeo pronto recibió la llamada al sacerdocio, como antes y después —y discúlpeseme la imprecisión cronológica— les sucedería a cinco de sus diez hermanos (cuatro hermanas ingresaron en la Congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, y un varón, José María, el mayor de todos ellos, se ordenó sacerdote). Ya con el sacramento remetido en las entrañas, las primeras lides sacerdotales las celebra Dositeo en diversas parroquias de su municipio natal, donde ejerce como coadjutor de su hermano. Son días, supongo, muy felices y entregados, entre aquellos que le han visto desde niño corretear por las corredoiras de su aldea o trabajar en los predios de sus padres, como uno más. Pero pronto estas parroquias se le harán demasiado pequeñas, quizá sabiéndose llamado a geografías más exóticas y peligrosas, donde la cruz se lleva sobre el hombro arpado. Imagino que a sus sueños advendrán, como gozosas estantiguas, las figuras usualmente enflaquecidas y rientes de los misioneros; esos hombres que, armados sólo con su fe y con su cruz, se lanzan a tierras ignotas para anunciar un Tiempo nuevo. Siente entonces —supongo— que su carisma se asemeja al de San Ignacio de Loyola, y que los días que le queden por vivir ha de entregarlos como a modo de simiente. Recordará, entonces, a San Francisco Javier, aquel santo enorme, de pecho hercúleo y tendones como maromas, que se fue al Oriente más lejano para hablar de Dios. Y así, Dositeo siente que ha de unirse a la Compañía de Jesús, donde su vocación tendrá un nido gozoso.

En la Compañía es admitido el 3 de septiembre de 1927, cinco años después de su ordenación sacerdotal, y el nido comienza a hacérsele cálido y grato. Inicia sus estudios en Salamanca y pasa por Burgos, donde complementará su formación. Pero llega la 2ª República y Dositeo ha de poner pies en polvorosa, pues los “demócratas” de aquella época y los masones que los pastorean acostumbran a vomitar fumarolas cuando ven a un jesuita, como locomotoras estropeadas o posesos a los que se ha atizado con el hisopo. Así que a inicios de 1932 lo tenemos en Bélgica, donde coincide con el brillante aunque polémico Pedro Arrupe, quien será Prepósito general entre los años 1965 y 1983. Pero tampoco en Bélgica hallará terreno sobre el que derramarse como él desea. Dositeo ansía hacer la obra de Dios. Así que en noviembre de 1932, junto a siete hermanos jesuitas, parte del puerto de Marsella hacia el que será su nuevo hogar. La ruta les lleva a través del Canal de Suez por Bombay, Colombo, Singapur y Hong Kong. Son 28 días, poco más o menos, de crespones blancos sobre un fondo azul, de olor a sal y paseos con zarandeo, de oraciones impetradas a un cielo ora gris, cuajado de tormentas, ora límpido y gozoso, donde el asombro por la Creación se suma a la prez esperanzada. Y así, tras esos 28 días, poco más o menos, el 4 de diciembre de 1932, cuando cumple 33 años, Dositeo desembarca en Shangai e inicia su camino hacia Anking, adonde llegará el 16 de abril.

Quiero imaginar que en ese instante, en una China acuchillada por la guerra, donde muchos le tendrán un odio preternatural, Dositeo es tan dichoso como un niño recién comulgado, pues sólo en una tierra donde Dios es preterido el cristiano se entrega verdaderamente a Él, en auténtica oblación. Ante sus ojos asombrados se extiende un territorio que nutrir, unas tierras y unas gentes sobre las que derramar ese hondo amor que le traspasa el alma; un territorio en el que la Palabra sigue casi sepultada en el silencio, como en los páramos brumosos se sepultan los lamentos del errante. Y allí, en ese páramo que yace bajo las nieblas del paganismo y de la guerra, donde la Palabra es casi silenciada y a menudo perseguida, él la gritará como un Esténtor redivivo, sembrándolo de salvación.

Allí vive en una casa muy humilde; apenas un caramanchón que le recuerda al portalito de Belén, como él mismo afirma en una de sus cartas: el piso de barro, las paredes también, el techo de paja; no es mucho lujo que digamos; pero en otro semejante al mío, y a mi lado, se hospeda en los días de mi estancia en ésta, un personaje de tan alta alcurnia que le apellidamos Señor de Cielos y Tierra. Yo de mí sé decir que en ella, y sirviendo a tal Amo, duermo sueños tranquilos, que ya los quisieran para sí muchos de los que habitan palacios. Y sobre todo, cuando miro las comodidades, la patria, la familia, la vida… al lado de estas almas, ¡qué pequeño me parece todo! ¡Cuán poco vale todo al lado de un alma!”.

Vemos, así, a través de sus escritos nocherniegos (permítaseme la licencia, pero imagino que escribiría por las noches, a la luz de una vela, derrengado de ayudar), que las privaciones se le hacen naderías, pues es allí, en un Anking donde se arraciman siete millones de personas ignaras de Dios, donde Dositeo quiere estar. Pasará allí dos años de fecundo apostolado, y el 15 de octubre de 1934, festividad de Santa Teresa de Jesús, se encamina hacia Mitosze, donde le han confiado “otro campo de operaciones, en el que no tendré más compañeros que al Divino Jesús, que, fiel a sus promesas, me acompaña a dondequiera que vaya. Con El trataré y consultaré todos los negocios que me ocurran, en especial la conversión de los miles de paganos de mi nuevo distrito”.

Pero Dositeo ya no tendrá tiempo para más negocios ni más catequesis; o, si acaso, tan solo tendrá tiempo para la catequesis del martirio, pues cuatro días después de su llegada a Mitosze (y aquí pienso en lo que va del Domingo de ramos al Triduo Pascual), los comunistas arriban al pueblo y se dirigen hacia su casa. Supongo que por algún chivatazo —pues el diablo siempre se sirve de mamporreros para sus villanías y gatuperios—, saben a las mil maravillas que hay allí un sacerdote, así que la idea de apresarlo hace que de sus bocas desabastecidas mane todo un reguero de babas. Irrumpen, entonces, con escándalo de maderas quebradas e insultos en mandarín, los criminales en la casa de Dositeo, pero éste salta la tapia de la huerta que hay tras la casa y huye al bosque. Horas después, unos vecinos le ofrecen un escondite donde permanecer hasta que pueda desplazarse a Taibu, por aquel entonces gobernada por los regulares. Pero Dositeo, preocupado por aquellos que le acompañaban cuando la irrupción, desea regresar a casa y ver qué ha sucedido. Así que el 21 de octubre, tras haber permanecido oculto dos días, retorna al centro de su campo de operaciones.

Hoy, cuando pienso en esos momentos, me imagino a un Dositeo fatigado y sacudido por el miedo que, noctívago, recorre a hurtadillas las calles de Mitosze. Acezante y con un penacho de niebla entre los labios, quizás escucha el jolgorio que se traen los comunistas a escasos metros de donde él se encuentra; quizás llegan hasta él las órdenes de alguno de los jefecillos comunistas, dictando muerte, o los quejidos de algún moribundo, cuyos golpes han cobrado ya prestigio de gangrena. Imagino que se detiene de cuando en vez y pega la espalda a un muro frío; que se agacha en algún rincón oscuro y aguarda en silencio, sujetando en la garganta un aliento ya casi hostil; o que eleva la vista al cielo —o quizá cierra los ojos— y musita una prez.

Pero los comunistas esperan por él, y apenas ha entrado Dositeo en la pequeña misión irrumpen ellos en batahola, fusil en mano y odio en ristre, seguros, esta vez, de que el sacerdote no se escapará.

De nuevo Dositeo intenta huir a través de la huerta, pero esta vez la tapia se le hace una suerte de olivar en jueves de Pasión, insalvable y providencial. Y así, al saltarla y lanzarse a la floresta, se fractura una pierna y cae al suelo. Los comunistas van tras él, y al imaginarlos, se me hace que la rabia que les han inoculado les deja en los rostros una huella de maldad, como un resabio de viruela.

—¡Atrapadle! —gritarán, e insultos como gargajos gordos les saldrán disparados por entre los labios.

Y aunque Dositeo intenta arrastrarse y ocultarse entre los árboles, los comunistas logran capturarle y sepultarlo en ligaduras.

A partir de este momento, poco sabemos de lo que pudo suceder en los días siguientes. Tan solo que sus captores hacen noche en Lowfang, en casa de unos cristianos, donde éstos logran hablar con el jesuita; o que un militar que ha huido del cautiverio confirma que Dositeo permanece aún apresado. Finalmente, su asesinato lo confirma Luei Tchengchi, un muchacho que ha sido liberado por los comunistas.

Su apostolado termina entonces, a finales de noviembre de 1935, en algún reducto ignoto cerca de Honan, supongo que con la pierna fracturada carcomida por la infección y, sin duda, con una prez entre los labios. Pero hoy Dositeo López Pardo  es un santo en ciernes, y mientras solicito su intercesión, observo esa imagen que un día capturé en internet, donde el rostro se le ve un tanto regordete y a los ojos negros una chispa se le asoma muy vivaz, casi coruscante, para revelarnos su carácter bonancible y la dicha que le inundaba los adentros.

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