Nos dicen que estamos en el siglo XXI, que todo aquello que no sea libertinaje es retrógrado y que la sociedad española ha avanzado, pero aún queda mucho por hacer. Eso dicen los mismos que manipulan y se aprovechan del auténtico retroceso intelectual de un país que ha tenido grandes oradores y escritores. Oradores que recibían halagos de sus contrincantes y reproches por no aceptar la victoria, oradores que no requerían de folios y folios para expresarse y mucho menos de un circo que le aplaudiera con cada palabra.

¿Dónde queda esa España que perdimos? Se pregunta Loquillo en una de sus muchas canciones. Y es que España está perdida desde hace mucho, desde que un sistema moderno se instauró provocando que inútiles jugaran con la vida y la educación de los españoles. ¿Dónde quedaron esos discursos de Lerroux, de Azaña, de Ortega y Gasset, de José Antonio? ¿Dónde están esas palabras de Blas Piñar, sin nada más que su garganta y un micrófono y esos debates con Calvo Sotelo, de réplicas sin folios ni ayudas? Puede usted, lector, compartir o no las ideas de alguno de los mencionados, pero aquellos discursos eran por y para España. Podría añadir incluso al gran Matías Prats cuando retrasmitía ya sea un pase de pecho de Curro Romero, ya sea un gol de Di Stefano. Ese uso de la palabra y dominio de los sustantivos, adjetivos y pronombres y la forma de expresarse hoy no existe, aunque nos vendan los clubes de debates. Véase el mejor ejemplo: Albert Rivera, campeón de debate; gran perdedor de la democracia.

Hoy, los miles de asesores buscan el chiste fácil y la frase que enmarque un titular. No escriben para los medios de comunicación, inexistentes ya pese a los millones de euros que reciben del Estado. Hoy los políticos no hablan para los españoles ni para los medios. Atrás quedaron los mítines que justo a la hora de la comida, cuando retrasmitían en directo, acuñaban la frase de campaña machacona. Hoy no; hoy hablan para redes sociales, para todas las aplicaciones, para Facebook y Twitter, pero no porque la gente haya abierto los ojos y no crea en los medios, sino porque saben que tienen miles de seguidores borregos que no hacen más que pulsar el botón para darle publicidad pese a que sea mentira.

Los políticos, durante este sistema horrendo y demoníaco que es la democracia, nunca han tenido vergüenza y siempre han sabido escabullirse con la famosa coletilla «y tú más» para así poder robar más, mentir más y jugar a destruir España. Con las redes sociales pueden no solo hacerlo con mayor facilidad, sino también acusar a aquellos que les muestran las pruebas de su engaño, de provocadores, de antidemócratas. Porque les da igual la verdad, sólo quieren que se recuerde su frase.

El último ejemplo de todo esto es la futura y poco fructífera moción de censura donde unos diputados, utilizando las armas de la mentira, acusaban a los otros, ya sea en el propio Congreso, ya sea en las redes sociales, de marchar de vacaciones para no presentarla en el momento del anuncio, -el periodo de sesiones comienza en septiembre-¬. ¿Y qué consiguieron con eso? Volver a dividir a la sociedad, crear debate en torno a una mentira y que sus borregos sigan más borregos y repitan como loros una frase.

Lo lamentable es que cada vez hay más personas que no leen, que no escuchan, que no investigan y que sólo se quedan con una frase argumentando que «en Facebook dijeron tal» y «en Twitter he visto esto». Y ya está. Y es palabra de santo. Desgraciadamente esta ausencia de criterio seguirá aumentando ya que, acabando con el sistema escolar como están haciendo cada vez que entra un nuevo gobierno, consiguen que los jóvenes no piensen y aquellos que se supone que lo hacen son aplaudidos porque defienden sus discursos modernos, progresistas, anti-católicos.

Los auténticos jóvenes que defendemos la verdad nos vemos cada vez más cercados, cada vez más perseguidos, cada vez más censurados -en nombre de la libertad-; pero no van a callarnos, no van a conseguir engañarnos, no podrán quemar los libros de historia, no podrán manipular a nuestros hijos, tendrán que luchar contra un enemigo mayor del que creen. Como escribió San Pablo a los Romanos (Rm 8, 31): «Si Dios está con nosotros, ¿quién está contra nosotros?».

Somos esa juventud luchadora que siempre se enfrentó al poder; somos esos pocos católicos de Covadonga que expulsaron a los musulmanes; ese puñado de almogávares que asaltaron las murallas de Córdoba y aguantaron hasta la llegada de Fernando III el Santo; somos esos resistentes del Alcázar de Toledo; somos los que se enfrentaron a comunistas en mayo del 68’ italiano y francés. Somos los que sonreímos cuando todo el mundo está triste; los que nos abrazamos cuando te dicen que no lo hagas porque vas a contagiarte; los que hacemos la genuflexión frente al Santísimo Sacramento. Somos, en definitiva, la primavera que lucha contra la oscuridad de la modernidad. Somos el pasado, presente y futuro. Los que damos un paso al frente cuando otros dan mil hacia atrás.

No miento, acabo de sonreír. Sé que no veré esa victoria, ¿y? Lo que sí sé es que mis hijos y nietos lucharán y qué mejor alegría que saber que no estaré solo. Tu herencia, mi herencia y nuestra descendencia acabará lo que hemos empezado. Esa es nuestra victoria: la familia católica y tradicional.

 

Rafael Bocero.

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