Este artículo es una adaptación de un hilo de twitter sobre el rito Novus Ordo de la Misa, lo que todo católico adherido a la Tradición y el Magisterio debe sostener sobre éste, y su relación al rito tridentino.

En primer lugar: ¿Qué es el Novus Ordo? El rito NO es un nuevo rito de la Iglesia romana aprobado por el Papa Pablo VI en su misal de 1970. No es una simple modificación del rito anterior, el del misal de San Pío V (1570), cuya última edición es la de Juan XXIII de 1962, y por tanto tampoco lo deroga, sino que, según la bula Summorum Pontificum, éste sigue plenamente vigente, siendo el “rito extraordinario” de la misa, y el de Pablo VI el «rito ordinario». ¿Y cuál es el fundamento teológico de ese cambio? Que los sacramentos tienen, según definió el Concilio de Trento, partes esenciales y accidentales, pudiendo éstas segundas cambiarse por la Iglesia según la necesidad de los tiempos y lugares. El mencionado Concilio su Sesión XXI, Capítulo II, dice:

«En la administración de los Sacramentos ha tenido siempre la Iglesia potestad para establecer o mudar, salva siempre la esencia de ellos, cuanto ha juzgado ser más conducente, según las circunstancias de las cosas, tiempos y lugares, a la utilidad de los que reciben los Sacramentos o a la veneración de estos».

Algunos católicos sostienen que la bula Quom Primum Tempore de San Pío V prohíbe cambiar su misal o hacer cualquier nuevo rito en el futuro, pero ese es un error originado de una mala lectura, ya que, en derecho canónico, términos como «para siempre» o «a perpetuidad» pueden no querer significar «a perpetuidad absolutamente», sino sólo «a perpetuidad mientras no sea cambiado». Esto también se da con el Breviario de San Pío V, que, pese a que en la bula Quod a Nobis estableció «que se observe este breviario y que en ningún tiempo se pueda variar, añadir, ni quitar nada en todo o en parte», eso no impidió que fuera cambiado por un Papa tan indudablemente tradicional como San Pío X. Esa interpretación del Concilio de Trento y la autoridad de las bulas de San Pío V, que deja la puerta abierta a posibles cambios litúrgicos, fue la seguida también por los Papas anteriores a este cambio en la misa, diciendo Pío XII en su Encíclica Mediator Dei que:

«El Soberano Pontífice disfruta del derecho a reconocer y establecer cualquier práctica relacionada con la adoración a Dios, a introducir y aprobar nuevos ritos, y también a modificar los que juzga que requieren de modificación».

Entonces, establecido el hecho de que a priori los cambios por parte del Papa de los ritos y sacramentos, «salva siempre la esencia de ellos», son lícitos y perfectamente válidos, ¿exactamente qué clase de cambios introdujo el misal de Pablo VI?

El cambio más evidente es la introducción de la lengua vernácula, que, si bien en un primer momento se pretendía combinar con el latín, en la práctica ha supuesto la casi total desaparición de éste de la amplísima mayoría de las misas. La segunda más evidente es el cambio en la dirección del sacerdote: en la misa tridentina, de San Pío V, pasa la mayoría de la misa (y la consagración) vuelto hacia el altar, en la misma dirección que el pueblo; mientras que en la misa NO, de Pablo VI, pasa la mayoría de la misa de cara al pueblo.

Hubo muchos otros cambios más sutiles, pero que suponen también una gran diferencia todos juntos: muchas oraciones tradicionales fueron suprimidas, acortadas o

sustituidas; se redujeron el número de signos de la cruz del sacerdote sobre las hostias y el cáliz de 25 a 1; se redujo el tiempo que pasan los fieles arrodillados, que de ser gran parte de la misa pasó a sólo durante la consagración y a veces ni siquiera eso; se reformó también el confíteor, acortándolo y quitando la mención a la mediación sacerdotal; y muchos otros cambios más, que, aunque no son algo impuesto necesariamente por el misal, son permitidos por éste, además de que se acompañó por la introducción de otros cambios en el uso de los sacramentos que redujeron la reverencia general hacia la eucaristía: la comunión de rodillas y en la boca pasó de ser obligatoria a meramente recomendada, pero con el tiempo ha desaparecido casi totalmente, pese a ser lo óptimo según el propio Magisterio actual, y hoy en día casi todo el mundo comulga en la mano (lo que, entre otras cosas, ha facilitado a muchos enemigos de la Iglesia el robar hostias consagradas); también se generalizó el uso de «ministros eucarísticos» que reparten las hostias consagradas sin ser sacerdotes (ministros que, aunque se pretendió al principio que fueran algo excepcional que se diera sólo en casos de necesidad, también se han vuelto la regla en muchos lugares); se permitió también la asistencia de «monaguillas» al sacerdote, cosa que ha sido aprovechada para tratar de impulsar el llegar a tener «sacerdotisas» (algo herético e imposible); y, por acabar, se cambió la música permitida en misa, pasando de haber sólo canto gregoriano a popularizarse las canciones de guitarra que todos conocemos. En resumen, los cambios tendieron a eliminar lo más característico de la liturgia barroca y contrarreformista, con su pompa y boato, que suele asociarse al catolicismo, para pasar a ser algo más «moderno» y menos solemne y sagrado.

¿Cuáles fueron las consecuencias de eso? Terribles. No es algo que digan unas pocas sectas tradicionalistas, sino que los propios Papas y particularmente Benedicto XVI han tenido que aceptar que, si bien no ven como mala la reforma en sí, ésta dio pie a un caos litúrgico en el que los abusos se generalizaron totalmente, llegando en muchos casos a volverse regla, debilitando así la fe y haciendo huir de la Iglesia a infinidad de fieles. La cuestión sobre el nuevo rito no es sólo cómo es éste cuando se hace siguiendo todas las reglas litúrgicas adecuadas y se lleva a cabo lo mejor posible, sino también el hecho de que, aflojando las reglas y dejando más libertad a cada sacerdote, llegó a provocar que se generalizaran los abusos. Y si no, habría que preguntarse qué es lo que ha hecho, por ejemplo, que cosas como las de la imagen de abajo hayan sido posibles.

Obispo auxiliar de Merlo Moreno, durante la JMJ de Brasil.

A mediados del siglo pasado una locura y un sacrilegio como ese, que un Obispo haga misa en bañador en una silla de bar, no sólo es que no se dieran: es que habrían resultado impensables. No es sólo el cambio que haya habido en reglas y cánones, sino que ha habido un cambio general en la mentalidad tendiente hacia la falta de reverencia y hacia la «originalidad» en la liturgia, que tiene efectos horribles.

Y entonces, ¿qué deberíamos pensar de ese rito y de los cambios que se dieron? Pues, antes que dejarnos cegar por los peores abusos que se han hecho de la liturgia y juzgar precipitadamente, cualquier católico adherido a la autoridad de la Iglesia y la Tradición lo que debe hacer es ir al Magisterio. Algunos tradicionalistas, basándose sobre todo en los abusos y en las malas consecuencias generales, rechazan la misa nueva como intrínsecamente mala, modernista, protestante, etc. Pero esto es imposible. ¿Por qué? Por el dogma de la indefectibilidad de la Iglesia, que supone que la Iglesia nunca puede fallar en proveer a los fieles de los medios necesarios para la salvación, y por tanto no puede ofrecer oficial y generalizadamente una misa objetivamente mala o no-católica. Eso es confirmado por el Papa Pío IX en Mirari vos, que dice

«La disciplina sancionada por la Iglesia nunca debe ser rechazada o (…) llamarse inválida, imperfecta o sujeta a la autoridad civil. Esta disciplina abarca la administración de los ritos sagrados».

Por tanto, esa posición va en contra del Magisterio de la Iglesia, ya que la Iglesia no puede fallar en dar a sus hijos sacramentos que les aporten gracia, ni ordenarles participar en ritos desagradables a Dios. Por eso, aunque algunos digan que es una misa con elementos «protestantes», debe hacerse una distinción importante: una cosa es que pueda decirse «protestante» subjetiva (porque se introdujeron elementos que se suelen asociar a los cultos protestantes, pero que en sí mismos no son necesariamente protestantes) y extrínsecamente (por la intención de algunos de sus artífices, como el Cardenal Bugnini, del que se ha dicho que era modernista y masón y que fue más tarde «exiliado» a Irán), pero es imposible que sea protestante o herética objetiva e intrínsecamente, porque eso supondría que la Iglesia es defectible y «las puertas del Infierno» han prevalecido contra ella.

Y entonces, ¿debe darnos igual la misa VO y NO? ¿La diferencia de «calidad» entre ellos es meramente subjetiva? No. Porque la indefectibilidad de la Iglesia supone que siempre dará medios para la salvación, pero no que todos los medios que da sean útiles en igual grado. No puede decirse que un rito debidamente aprobado sea «malo», pero sí puede decirse que es más o menos bueno, tanto en sí mismo como en relación a los tiempos y lugares (si no, no habría ninguna razón para hacer ningún cambio litúrgico, y seguiríamos igual desde el año 33 d.C.). Por ejemplo, es perfectamente lícito sostener que fue una mala decisión el abandono del Coro Alto que separaba el pueblo del altar mayor que se hizo en la Contrarreforma, perdiéndose una parte muy rica de la liturgia y los templos católicos. Pero eso no supone que ese cambio que quitó un elemento de solemnidad a la misa fuera de tal calado que dejara de hacerla santa en sí misma. De la misma manera, se puede (y, según mi opinión, debe) sostener que los cambios litúrgicos de los 70’ y el modo en que se implementaron fueron, en su mayor parte, algo que quitó a la misa elementos que movían a la piedad y al mayor aprovechamiento de la gracia. En toda misa, en cuanto hay eucaristía, hay gracia infinita por parte de Dios, pero por nuestra parte la aprovecharemos más o menos según estemos mejor o peor dispuestos, y en la misa VO hay objetivamente más elementos que mueven a tener esa buena disposición.

Por todo lo anterior, y dado que, como ya he dicho antes, el Misal de San Pío V nunca ha sido abolido y sigue siendo un rito plenamente vigente, termino el artículo animando a todos los que lo lean a asistir a esa liturgia y, si no la tiene en su diócesis, tratar de cambiar eso según sus posibilidades, pues, por las mismas órdenes del Papa, todo Obispo está obligado a ofrecerla, si hay fieles dispuestos y sacerdotes capaces.

Para acabar, un resumen de las conclusiones:

– La Iglesia tiene la potestad de cambiar los sacramentos, manteniendo siempre salva la esencia de ellos.

– Uno de esos cambios, el nuevo rito promulgado por Pablo VI, ha tenido ciertas malas consecuencias (cuyo alcance no entro a discutir aquí) tanto por su abuso como por ciertas cualidades del uso.

– Sin embargo, por la indefectibilidad de la Iglesia sabemos que ningún error puede ser de tal calado que los sacramentos y ritos que se nos ofrecen sean malos de por sí.

– Pero puede haber algunos mejores que otros, así que animo a todos a asistir a misa tridentina.

 

 

Fray Nadie

@neorreaccionario (Twitter)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Nunc coepi – Visita del abad de Clear Creek

“Y dijo Yahvé a Gedeón: Por medio de estos trescientos hombres, os…

Entrevista al P. Javier Olivera

El P. Javier Olivera es un sacerdote argentino, graduado en la Facultad…

El Arte. Posible nueva víctima del hombre moderno

El pasado mes de enero de 2018 se retiró una de las…