“La inmensa desgracia del hombre moderno es no saber amar.”

                                                   Fray Petit de Murat

 

 

Podría resultar curioso que un profesor universitario de Metafísica y Teología, agudo artista, sacerdote dominico atraído por la vida monástica, nos hablara sobre la crianza de los hijos; que este “hombre completo y eminente” –como lo recordó el padre Leonardo Castellani al momento de su partida, 1972– pusiera sus altos conocimientos intelectuales, su fina intuición y sus manifiestas cualidades docentes al servicio de un puñado de padres sencillos, deseosos de esculpir varones santos en las almas noveles de sus niños. Curioso, pero cierto. Y cierto porque –como bien lo señala Miguel Cruz en el Prólogo– si algún pedante considera minucias estos temas, es porque ignora que “para la sabiduría no hay minucias, que el universo entero cabe en una brizna de paja”.

En efecto, el padre Mario José Petit de Murat, durante la década del `50, en San Miguel de Tucumán (Argentina), dio una serie de pláticas sobre la crianza y educación de los hijos. Las mismas, gracias a la tarea inspirada y ardua de hombres desconocidos para mí, fueron grabadas, transcriptas, editadas bajo el título de “El amanecer de los niños” y leídas por cientos de padres y maestros católicos del país. Todavía recuerdo ver la primera edición del libro en la mesa de luz de mamá –todo remendado, subrayado y anotado– cual consejero viejo en sus noches de sosiego o agotamiento. Aquel libro es el que ahora tengo delante con propósito de reseñar; y el que luce hoy, lo mismo que ayer, en otra mesilla de luz, la de mi esposa y madre ya de cinco retoños.

(Quienes deseen saber de buena tinta vida y obra de Fray Petit de Murat, pueden arrimarse a las breves pero nutridas semblanzas que trazaron sobre él argentinos notables; entre ellas –anoto hasta donde sé–, se cuentan las de Héctor Padrón, Antonio Caponnetto, los escritos de sus discípulos Pascual Viejobueno y Enrique Prevedel, quien transcribe, organiza y prologa esta obra singular del sacerdote dominico).

Bien. La lectura del libro nos descubre, al menos para mí, dos notas características. La primera es su sentido de universalidad y unidad. En cada charla que dio el P. Petit –aquí separadas en capítulos– se nota un conocimiento acabado del tema, intelectual y cordial. Porque no solo conocía, y conocía bien, la teología y filosofía perennes, la historia y la tradición, al hombre y la Creación toda. También poseía un conocimiento cordial de las cosas, ese que tienen los artistas y se llama conocimiento por connaturalidad. Y tenía, finalmente, todo el bagaje de experiencia que le dieron tantos años de labor sacerdotal y docente. Por todo esto era capaz de hablar, por ejemplo, del perjuicio de los nervios en las madres, de la necesidad del castigo para los niños, de la vocación religiosa o los riesgos del humor desmedido, con buen gusto y tino, criterio y mesura, y siempre en estrecho contacto con la realidad visible e invisible. Quiero decir que su libro no es un manual de comportamientos hogareños decentes sin vínculos con el orden superior, las verdades más altas que iluminan; ni es tampoco un tratado teórico con notas al pie sin volcar en ejemplos cotidianos el caudal de su luz. No. Son consejos para la buena crianza de los hijos atendiendo, a un mismo tiempo, el orden de lo universal y las realidades cotidianas más frecuentes. Por eso, al leerlo, uno tiene la impresión de que cada cosa está en su lugar (v. gr., varón y mujer, temperamento y virtud, inteligencia y voluntad, etc.); y cada consejo práctico –algunos de los cuales podrían escandalizar a padres desprevenidos o engañados por modernas ideologías– posee un hondo fundamento tradicional, filosófico o Escriturístico.

Una segunda nota que resalta enseguida es la amenidad y sencillez expositiva del autor, que nos habla tan naturalmente a través de sus páginas y nos invita, una y otra vez, a detenernos en la reflexión o el examen de nuestra propia vida. Es una amenidad que no es blandura y una sencillez que no es vulgaridad. El padre Petit es recio y les dice a las madres las cosas como son, pero las anima a cumplir su tarea con el poder de Dios. Nos hace asequibles sus pensamientos –a veces salpicados de fino humor–, sin hundir al decoro en los fangos de la grosería. Es que hay armonía en sus palabras porque antes la hubo en su inteligencia y en su mismo ser. La unidad a la que aludía se nos presenta ahora sin fisuras ni desproporciones, con la palabra sopesada del que sabe; o sea, del que ha saboreado la verdad con mirada diáfana y actitud contemplativa. No solo del que sabe, sino del que es capaz de compendiar bellamente, en una frase, una verdad luminosa sobre Dios, el hombre o el arte de la crianza.

En el primer capítulo del libro, “Varona y madre”, escribe Fray Petit de Murat sobre la mujer: “… lo que es el Verbo respecto al Padre, es la mujer respecto al varón. Al varón pleno, al varón hecho; (…) siempre la mujer es la palabra del varón (…) La mujer es vida (…) Es la corola eminente de un mundo sensible (…) Ella es femenina con respecto al varón y varona con respecto al hijo, tiene que formar al hijo y comunicarse al hijo (…) La madre tiene que retratarse en el hijo…”. Y lo mismo que comienza a hilar con la mujer y mujer madre, lo hará con todo el ovillo. Es decir, va sentando las bases teológicas y antropológicas sobre las que irá vertiendo sus enseñanzas, para que ellas queden comprendidas y justificadas por la misma naturaleza de las cosas. Así siguiendo, si menoscaba la ciudad o advierte sobre los estragos de la moda, es porque antes nos habló de los beneficios del campo y la vida de la tradición. Si acomete contra la exasperación, el consentimiento o la sobreprotección para con los niños; es porque, conjuntamente, caracteriza y salvaguarda ternura, protección y castigo genuinos… y todo ello con ejemplos plásticos, de aplicación inmediata.

Lo del párrafo anterior son botones de muestra nada más, pues no he querido resumir el libro sino mostrar sus rasgos sobresalientes y algunas estampas que sugiriesen el realismo y sentido común que este libro puede derramar en los hogares cristianos. En suma, se trata de un libro breve (unas 170 páginas distribuidas en 15 capítulos), sencillo y necesario para quienes procuren la humanidad y santidad de sus hijos. Es una bocanada de normalidad –no de la “nueva”, que es perversión; sino de la de siempre, de la única real– contra el avance permanente de la ideología y la estulticia, que sigilosamente penetra hasta en los ambientes cristianos y frustra las mejores intenciones. Porque son muchos los padres deseosos de llevar a sus niños por las sendas de la virtud, pero no siempre saben cómo hacerlo; y pequeños errores o descuidos al comienzo pueden echar raíces peligrosas en las almas niñas –como los baobabs–  y de las que no podrán fácilmente desembarazarse. Filii tibi sunt? Erudi illos, et curva illos a pueritia illorum, nos enseña el Eclesiástico (“¿Tienes hijos? Adoctrínalos, y dómalos desde su niñez”).

Por todo esto, porque la crianza es un arte y la santidad de nuestros hijos una misión primordial, valen estas lecciones de Fray Petit de Murat. Dirigidas especialmente a las madres, ellas ayudan a disponer el ánimo, reavivar el seso, orientar sus acciones e inclinarlas a reflexiones y lecturas más altas, hasta arribar en La Sagrada Escritura, fuente de todo consejo, consuelo y oración… Para que una madre, ahora, vele por la conducta de su familia; y en el día postrero, se alcen sus hijos y la llamen bendita (Cfr. Prov. xxxi, 27 y 28).

 

José A. Ferrari.

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