Asisto atónito a la enésima polémica desatada en redes sociales, grotescamente absurda a mi parecer, como todas las que suelen tener un alto grado de participación por esos lares. En este caso, la controversia gira en torno a Alvise y su –sobresaliente– trabajo revelando las miserias y constantes escándalos de la clase política más corrupta y pérfida de la historia. Concretamente, en este caso, la revelación de unas fotos que, dicen –y quizá no sin razón–, pertenecen a la esfera privada de determinados políticos. Hablando en plata: el excelentísimo señor Ábalos comiendo con una señorita joven que, en fin, dejo a su imaginación la ocupación laboral de ella. Este escrito no es tanto una defensa de Alvise, sino más bien una crítica a las razones que dan quienes lo atacan.

Para empezar, no son sencillamente «políticos» los afectados, sino detentadores del poder, a las órdenes de fuerzas malignas cuyo único objetivo es la destrucción de la Iglesia, la patria, las relaciones naturales, la familia… o sea el hombre y la Civilización. Sin paliativos. Es una obviedad supina pero es que… oigan, hay quienes –desnortados como si soltáramos a un anacoreta en una rave de Barcelona–  se creen que lo que se echa en cara a los «representantes de la soberanía nacional» es una gestión defectuosa del erario público. Algo así como si un concejal de su pueblo, estimado lector, hubiera construido un campo de fútbol en lugar de uno de baloncesto, siendo aquel más costoso. «El pueblo no da para más, señor concejal, mesura.», clamarían los vecinos, alarmados ante el despilfarro. No señor, no es así. Estamos hablando de unos señores que condenan a muerte a cien mil niños al año –¡Cien mil! ¡100.000! ¿Son conscientes de qué es eso? ¿De que uno de cada cuatro niños muere asesinado por los designios de una sociedad entregada a la sinrazón, que naufraga por seguir al flautista de Hamelín… o de Tel Aviv?– y, encima, han conseguido que en el imaginario popular se vea como algo irrelevante, en tanto que bueno y normal. Unos señores que han llevado los suicidios a unos números escalofriantes, convirtiéndose esta tragedia en la primera causa de muerte–anda, no es el covid, quién se lo podría imaginar, ¿verdad? –entre los jóvenes… siempre que no contemos a los bebés como tales. Realmente, este artículo no tendría ni sentido un país medianamente normal. Simplemente, cuando alguien cuestionara la moralidad de comportamientos como el de Alvise, habría que mentar, sólo mentar, la palabra «aborto». Un cerebro normal comprendería todo. No habría más que decir, pues es evidente que enfrente está el Mal y hay que destruirlo.

Pero tranquilos, que aún queda: no es sólo muerte lo que nos causan, no vayan a pensar… también dolor e infelicidad, para los que tengan la suerte de vivir. ¿Hablamos de divorcios, de familias rotas, de droga, de niños sin el más elemental de los derechos: tener padres? ¿Hablamos de padres llorando, sufriendo, yéndose a la cama con hambre porque si comen ellos no comen sus hijos? ¿De vasos de leche con más agua que leche, porque el tetrabrik tiene que aguantar toda la semana? ¿Hablamos de profanaciones de tumbas, destrucciones de recuerdos a hombres cuyo único «pecado» frente a la secta progresista fue el de ser virtuosos? ¿De cómo el pesado manto oprobioso del olvido cubre las heroicidades de tantos muchachos que, sin miedo, abrazaron la muerte? ¿Hablamos de los millones de almas que se condenan al infierno porque el sistema –para el que trabajan los políticos– está creado, expresamente, para ello? Todos sabemos que los dramas en Estepaís –me niego a utilizar el bello nombre de España para designar a este monstruo distópico–, y más con la pandemia –la pandemia de imbéciles covidiotas, digo, no de la COVID-19– son infinitos, así que tampoco vamos a estancarnos contando penas.

Hay quien me dirá –muchos de ustedes lo están pensando ahora, seguro–: «sí, sí, si tiene usted razón, son muy malos, son malísimos, ¡pero el fin no justifica los medios!». Por supuesto, es así y ahora entraremos en ello. Pero, en primer lugar, me gustaría saber cuántos de los que responden con esta afirmación a este dilema –afirmación, por otra parte, como digo, cierta; aunque fuera de contexto en este embrollo– han sido desahuciados de sus hogares, cuantos han tenido que ver a sus padres discutir a voces porque el vil metal se acaba antes de llegar a fin de mes, cuántos son militantes y han sufrido acoso, agresiones o persecución por sus ideas… Bien es cierto que habrá víctimas de este sistema que, aun así, seguirán en sus trece. Es lógico, se llama alienación. No en vano, es la única manera que tiene el sistema para mantenerse a flote, pues, en mayor o menor medida, la aplastante mayoría somos víctimas de la «democracia» liberal –que es un eufemismo muy cursi para no decir plutocracia oligárquica y globalista– pero no somos la mayoría quienes ejercemos una tenaz oposición. Pero, obviando a los alienados, volvamos a aquellos que critican desde la barrera –o, incluso, desde casa, si televisan la corrida–. No hay cosa, a mí, personalmente, que más rabia me dé que ver a burgueses trajeados discutir en un lujoso salón sobre las actuaciones de los soldados en el barro. Peor aún, ¡cuándo se permiten el lujo de criticarlos! Me recuerda un poco a los moralistas que criticaban que la Guardia Civil utilizara «métodos expeditivos» contra los etarras que capturaban. ¿Sabe usted qué es enterrar a un amigo, a un camarada, a un hermano? ¿Sabe usted qué es hablar con la mujer y con los hijos, sabiendo que esta vez puede ser la última? ¿Sabe usted qué es ese paro cardíaco de un segundo cada vez que enciende el coche? ¿Sabe usted qué es la rabia, el miedo, el estrés, el dolor, la tristeza? ¿Saben qué es la guerra? ¿Qué es ser soldado? Qué van a saber, desde la poltrona de la distancia, la seguridad y la tranquilidad. Si usted no se juega constantemente el futuro, el pellejo y la integridad –de forma literal, nada de figuras retóricas– por lo que cree, ¿cómo va a dar lecciones de moral a nadie? Y, máxime, de una actitud que, como veremos, nada tiene de censurable.

Traigo a colación un breve texto de «La Tregua», novela de Benedetti: «Pero una cosa es cierta: no me atrevo a juzgarte. Sé que cuando uno ve las cosas desde fuera, cuando uno no se siente implicado en ellas, es muy fácil proclamar qué es lo malo y qué es lo bueno. Pero cuando uno está metido hasta el pescuezo en el problema (y yo he estado muchas veces así), las cosas cambian, la intensidad es otra, aparecen ondas convicciones, inevitables sacrificios y renunciamientos que pueden parecer inexplicables para el que sólo observa.» Me van a permitir constantes analogías con la milicia –perdón por repetirme siempre–, pero no en vano la vida es milicia –no lo digo yo, lo dice el libro de Job y también Séneca; ahí es nada– y no en vano, estamos inmersos en la mayor guerra de nuestra historia, aunque el bando de los buenos sea incapaz de asestar golpes reseñables.

La clave de esto, pues, es discernir de qué sujeto vienen las críticas: ¿de un soldado o de un burgués? Si vienen del segundo, como es el caso, al soldado poco le han de importar. En la guerra se combate por unos objetivos, la labor del soldado es conseguirlos, y se acabó. Que los otros hablen y chismorreen: peor para ellos. Por supuesto, hay líneas rojas, no todo vale. Pero, ya adelanto a los desorientados, que las líneas rojas no son las que un cobarde pone en el salón de su casa, ni son unas fotos en un restaurante a la vista de todos. Efectivamente, no vivimos en el mundo de Winnie the Pooh. Habrá quien hable, entonces, de honorabilidad, de respeto, hasta de romanticismo. «No somos como ellos», dicen. No, por supuesto, son ustedes peores. Son o muy cobardes o muy ignorantes. Cobardes porque huyen de la lucha e ignorantes porque no se han enterado de qué va la lucha. Esto es como si uno se va a alistar al Ejército Inglés para luchar contra Alemania en la Primera Guerra Mundial y dice: «Oh, no, fusiles, trincheras… no. Yo sólo combatiré en un duelo individual de florete. Lo de pegarse tiros me parece bárbaro. Yo estoy por encima de eso.» Todo esto, claro, con cientos de miles de compatriotas muertos descomponiéndose entre el barro y la sangre en los campos de Europa. ¿Qué dirían de ese tipo? ¿No es un cobarde que intenta ocultar dicho defecto tras un velo de honorabilidad y caballerosidad? ¿No es, si no, un completo imbécil que no entiende nada de temas militares, de la evolución de la guerra y la importancia de la victoria para Inglaterra? ¿Me van a decir ustedes que ese mentecato es mejor que los soldados que están matando y muriendo en las trincheras, entre frío, dolor, hambre, enfermedades y sufrimiento? Claro, es que en la guerra hay líneas rojas, de acuerdo. Pero combatir en una trinchera, fusil en mano, no es una de ellas, muy señor mío. ¿No saben ustedes que las guerras son sucias, aún sin pasar las líneas rojas? Deberían darse un garbeo por la configuración de los conflictos bélicos actuales: ciberguerra, desinformación, guerras proxy, híbridas, zonas grises, contratistas, espionajes, sabotajes… les da algo si se enteran de que la época de la caballería ha desaparecido –y creo que a nadie en el mundo le duele más que a mí, conste–. A ver si lo que pasa es que están ustedes confundiendo la guerra con una partida de parchís con sus primos en casa de su abuela.

No obstante, pareciera que estamos hablando de la licitud de realizar actuaciones armadas dónde inocentes pudieran ser víctimas mortales. No, no; no se lo pierda, que todo esto está motivado por unas fotos. Ni siquiera por un montaje, ni siquiera por imágenes sacadas de la intimidad de un hogar, sino por unas fotos realizadas en público, en un restaurante, en este caso. Así pues, es de reseñar, que más allá de las razones que puedan mover a Alvise a actuar así, la defensa que se ha hecho de su actuación, en muchos casos, es totalmente absurda: «para vencerles, tenemos que ser peores que ellos», «siendo buenos nunca vamos a ganar»… Que no, que eso no es tampoco así. De hecho, las críticas que se han hecho a la labor de Alvise se han apoyado en atacar la defensa que otros han hecho de él. Así que, como siempre, entramos en las absurdeces hempiléjicas. Es como cuando quienes intentan atacar el individualismo, abrazan el colectivismo. Como la derecha y la izquierda. O sea: aquello del error contrario. Pues, efectivamente, ya lo dijo Codreanu, es mejor caer luchando por el camino del honor que vencer por medio de la infamia. La actitud de José Antonio es bastante elocuente al respecto: tanto los perdones, como las respuestas tras lo de Juan Cuéllar, como las contenciones previas. Castigar con honor; ni lo uno sin lo otro; ni lo otro sin el uno. «Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado sus ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa indigencia delitos contra los delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente. Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos. (…) A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que, mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores». Así rezan algunos de los versos de la Oración por Caídos de Falange, que recomiendo –exhorto– leáis con notable frecuencia.

Efectivamente, el fin no justifica los medios. ¿Eso significa que un medio desagradable sea, necesariamente, malo? ¿Significa que el medio tiene siempre una bondad –o maldad– intrínseca mayor a la del fin? ¿Significa que el beso –un beso: amor, cariño, afecto… ¿o no? – de Judas es más bondadoso que la agresión –la violencia nunca está justificada, Santo Cielo, qué bárbaros… diálogo y talante son nuestras armas– de Cristo a los mercaderes del templo? ¿A qué no? ¿A qué comprendemos aquello de: «siendo lícito el fin, también lo son los medios que se ordenan naturalmente a su mejor consecución»? Hay que tener claro que cualquier actitud de este calado ha de estar subordinada al bien común, no a una venganza personal, no al odio, no a pagarles con su misma moneda. Estas actitudes no pueden ir sino destinadas a la edificación de una patria libre y feliz, solidaria, donde el principio de la comunidad reine: la restauración del derecho natural y del orden social fundado en Cristo. También para la familia de Ábalos, aunque para ello tenga que sufrir viendo las dichosas fotos –bien es cierto que no creo que le sorprendan mucho, pero bueno–. También para los que nos están destrozando; para todos. Es humano y natural querer vengarse de ellos, pero a ello no han de estar encaminados nuestros actos. Más bien al revés, han de estar encaminados a la salvación de todos, también de los malos. Para lograr eso, aunque sea en su mínima expresión, es imperativo la destrucción del sistema, de su ideología y de todas las encarnaciones del mal en el ámbito político, tan arraigadas desde hace dos siglos –con la notable excepción de los cuarenta años de paz y prosperidad–. Los españoles tenemos, entonces, una labor, a corto plazo, para ayer: erosionar al gobierno, desgastarlo, propiciar su caída. ¿Alguien tiene alternativas mejores al trabajo de Alvise? No digo trabajos complementarios, digo alternativos. Que sustituyan lo que hace pero de forma más bonita y entrañable. ¿A qué esperan? Les recuerdo, que alguno sigue tan desnortado como aquel anacoreta en la rave: cien mil abortos al año. Naturalmente, la caída de este gobierno genocida no es más que el primer paso de los varios millones que debemos dar –que deberíamos haber dado ya–. Si para lograr dar el primer paso de un camino, cuyo final es la redención y el bien, es indispensable transitar por senderos oscuros, donde se juntan los limpios de corazón con los que buscan venganza o divertimento, sea. Si para encontrar el bien hay que sufrir las miradas de desaprobación del burgués, ese que te mira de arriba a abajo con cara de estirado, mientras estás lleno de barro y exhausto, sea. Si para vencer, para restaurar la verdad, el bien, la belleza; hay que padecer la incomprensión de quien nunca se mancha las manos por un miedo camuflado en prudencia, sea.

Aguanta, no te rindas, y al carajo con los moralistas que no han roto un plato en su vida; con los que te quieren callado y sumiso, con los que temen ser defenestrados por disidente. Combate siempre, hasta el final, como dicen –decían– los hijos del héroe homérico coruñés: sin contar los días, ni los meses, ni los años… Combate, que nos va la vida en ello.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like