Marín Blazquez Contramundo Homolegens

Hace algunas fechas una discusión sobre el papel del intelectual católico –e incluso sobre su existencia– dio en acrecentar el usual talante acerbo de las redes sociales, donde toda causa es dirimida con vitriólica ferocidad y con epidérmica hondura columbrada.

Entonces, muchos se enzarzaron en la ríspida discusión, aportando su pizquita al mejunje barullento de dimes y diretes; y mientras unos, con encono y contristados, aseguraban que el pensamiento cristiano había sucumbido en una soterrada batalla contra la tibieza eclesial, el liberalismo y los políticos conservadores, con idéntico encono afirmaban otros que aquél estaba vivo como nunca, aunque preterido o siquiera arrumbado al más oscuro rincón de las publicaciones, como una Iglesia de catacumba.

Pocos incidieron, sin embargo, en el papel que desempeña el «consumidor» en todo esto, al que se ha acostumbrado a tragar con delectación la basura que le endilgan y a olvidar, en consecuencia, que puede optar por platos más sabrosos y nutricios. Y así, de resultas de ello, el consumidor termina con empacho de basura y pensamientos de boñiga. Pero sin duda existen, sí, intelectuales que se nos antojan platos más sabrosos y nutricios; intelectuales católicos que se nos hacen reparadores y que logran, con sus escritos luminosos, que a nuestra mente advengan ideas igualmente luminosas.  

Uno de estos intelectuales que algunos pretenden desaparecidos es Carlos Marín Blázquez, magnífico escritor que viene de reunir más de setecientos aforismos en un volumen que Homo Legens, siempre tan atinada en su catálogo, ha publicado con el título de Contramundo; y con el que conforma, o así me lo parece, en homenaje a los escolios del insigne filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila, una suerte de general refutación de la postmodernidad, a la que Marín Blázquez devela y deja en bolas, y de ese Estado que se ha convertido en «celoso terrateniente de nuestras vidas laboriosas».

Según él mismo ha reconocido, al aforismo llega Blázquez tras el nacimiento de su hijo, cuando el tiempo necesario para escribir textos más extensos se le hizo esquivo y hasta falto. Decidió, entonces, quizá mientras calentaba un biberón, destilar sus digresiones y, así, aquilatarlas, como el lapidario hace con un diamante en bruto, en un proceso mental que tiene un mucho, supongo, de parto (o de alumbramiento).

Imagino que a la mente lúcida de Blázquez adviene de golpe la idea sin pulir, y que, pugnaz, ésta le merodea las meninges sin cesar, como una mosca que revolotea. E imagino que poco a poco, con vocación de miniaturista, nuestro autor la escruta y desmenuza, le escaria las escorias y se queda con la esencia pura, alumbrando frases que de pronto nos descubren las entrañas empodrecidas de la sociedad –o del trampantojo que se nos ha puesto ante los ojos, para domeñarnos más fácilmente–.

Pues, en Contramundo, Blázquez nos advierte de un sistema que domina, «succiona, doméstica y, finalmente, fagocita»; nos advierte de un Estado que, separado de la Iglesia, deviene él mismo en Iglesia, como «correlato de una sociedad sin Dios»; de un Estado donde «las grandes corrientes de opinión se fabrican en antros que huelen a azufre», y a la persona se le ha privado de toda sustancia ancestral, para así convertirla en un gurruño incognoscible en el que ya no quede rastro de lo que antaño fue; de un Estado, ¡coñe!, que para devorar al hombre, lo enaltece y deifica.

Y es que Marín Blázquez sabe, además, que cuando sólo el hombre importa, tampoco el hombre importa, de forma que en este mundo donde nada es sólido y sólo quedan despojos «es posible invocar la compasión hacia el pueblo para legitimar su asesinato», pues «no hay mandatario que oprima sin ponerse una máscara benefactora». Y contra todo esto se rebela Blázquez y le lanza sus venablos, para al menos desangrar un tanto a tanto sindiós.

Como también lanza Blázquez sus agudos venablos contra una modernidad que personifica en un Occidente moribundo y deletéreo, donde «el uniforme se lleva por dentro»; donde «el hombre ya no cree en lo eterno, pero se atiborra de sus simulacros», y la «lealtad, el honor, la abnegación y la disciplina ya nada significan»; un Occidente, en fin, herido de muerte, que «ha depositado su salvación en manos de sus sepultureros» y en el que «el fin ya fue, aunque no sabemos cuándo».

Y sin embargo, aunque tal vez el fin haya sido, aún hay restos de esperanza en este mundo horrífico y desesperanzado, como nuestro autor nos enseña en el capítulo dedicado a las «Iluminaciones», gozosa coda de un opúsculo que se vuelve imprescindible y remediador, pues, como reza el aforismo 531, «leer los libros adecuados es remedio para un mundo que ciega, aturde y entontece».

Y aunque uno tal vez pudiera pensar que una extensa colectánea de aforismos es algo saturnal o pesadísimo, le aseguro a usted, estimado lector, que este libro que ahora tan plúmbeamente reseño es, en realidad, todo un corpus doctrinal contra este mundo que nos asuela y envilece, que nos vuelve imbéciles y muy pequeños y nos empacha de esa basura que nos acostumbra a deglutir.

Y es, amén de ello, una lectura en la que uno se engolosina con avidez, como un brandy añoso que nos patina el paladar y nos lo vuelve más grato; una fuente a la que amorrarrse y en la que, buchito a buchito, saciar la sed. Pues, pese a breve y magra –o quizás por ello–, es la de Marín Blázquez una prosa musculada y con redaños; taxativa, aunque elegante, y  esclarecedora como la candela de un noctívago. Y así, con esa prosa iluminadora, nos descubre que los oropeles con que el mundo actual se cubre ocultan, en realidad, una aterradora podredumbre que nos deja pochos y a la postre huecos, hasta convertirnos en espectros o estantiguas de los que tan solo brotan pensamientos de boñiga.

Lea usted por tanto, estimado lector, este Contramundo que termino de glosar, pues no hay mejor remedio para este mundo que nos ciega, aturde y entontece.

Gervasio López

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