Eduardo Gómez Melero Fundamentalismo Democrático

Las condenas democráticas no son más que el profético estertor de una democracia condenada. Durante los días previos a las elecciones  en Madrid, mientras se excomulgaba al partido Vox de la democracia por presunta herejía fascista, se deslizaba uno de los mantras mas suicidas para toda comunidad política: la condena de todo tipo de violencia a raíz del hecho circunstante de unas cartas amenazantes a varios politicastros. Allá que fue la izquierda despojo de la trituradora capitalista, a escandalizarse y espetar a los cuatro vientos cuan loro el término “ultraderecha “. Soniquete repicado una y otra vez por los hierofantes del fundamentalismo democrático.

Por  fundamentalismo democrático se entiende la elevación de la democracia a medida de todas las cosas

La democracia como medida de todas las cosas

Para quien aún no lo sepa, por  fundamentalismo democrático se entiende la elevación de la democracia a medida de todas las cosas, o sea, vestir sin el más mínimo pudor el sufragio con el traje de gala de la ontología: la razón, la verdad, el deber ser y la naturaleza de las cosas residen en el presunto pensamiento libre de la marabunta; en lo que se conoce como voluntad popular o de las mayorías. Dicho de otro modo; la conversión de la aritmética en metafísica. Pensamiento revolucionario éste, que por otra parte ha hecho de la nación española una heredad política apta para todo de tipo de tarados.

Uno de esos delirios es el de la condenación de todo tipo de violencia: pacifismo en estado químicamente puro. La antipolítica

De Pilatos a Lutero, exponentes del Fundamentalismo Democrático

El fundamentalismo democrático es un aberración con un bagaje histórico que alcanza la categoría de hecho en la época de Pilatos (aunque Pilatos lo emitiera puntualmente por conveniencia política) y que Lutero eleva a la categoría de principio para vindicar que cualquiera (y por tanto el pueblo) sea capaz de interpretar las Sagradas Escrituras. Fuerza decir que el fundamentalismo democrático es una modalidad de fundamentalismo político cuyo germen (como todo elemento revolucionario) se encuentra en la mal llamada Reforma; en aquel hereje que iba a otorgar la autoridad religiosa a los príncipes alemanes. Ahí se sienta el precedente del poder político como fundamento de todas las cosas.

Hogaño, el fundamentalismo político es aún más truculento al ser exhortado por los subjetivistas modernos de psique freudiana; con unos resultados si cabe más enloquecedores. Uno de esos delirios es el de la condenación de todo tipo de violencia: pacifismo en estado químicamente puro. La antipolítica. Este pacifismo pende de una supercehería segun la cual la democracia parlamentaria es la única forma de gobierno capaz de impedir que los hombres se maten entre ellos.

Condenar todo tipo de violencia es algo tan banal y temerario como loar todo tipo de anhelos, recomendar todo tipo de lectura o aceptar toda clase de pareceres

Condena banal y temeraria

Para hacerse una idea, el pacifismo es una secularización del irenismo, de igual modo que el optimismo lo es de la esperanza. Solo que la esperanza es virtud teologal y el irenismo  una doctrina errónea refutada y superada en la noche de los tiempos, pero rescatada desafortunadamente por los incautos de los órdenes político y religioso. Un error teologal secularizado y en manos de una plétora de politicastros y moralistas del periodismo, puede llegar a acabar con el discernimiento del hombre como animal político.

Condenar todo tipo de violencia es algo tan banal y temerario como loar todo tipo de anhelos, ora dignificar todo tipo de trabajos, ora bendecir todo tipo de agua, ora recomendar todo tipo de lectura, ora aceptar toda clase de pareceres. Un esquematismo propio de infantes amaestrados por la institutriz a la hora de sentarse a tomar el desayuno. La simpleza de condenar la violencia deviene del tósigo del consecuencialismo; principio moralizante de la democracia frailuna, según el cual solo las últimas consecuencias  determinan lo que está bien o mal.

Unos renuentes mejor adiestrados habrían denunciado los millones de abortos perpetrados, los golpes a la nación, o la cacería a la que se ven sometidos los españoles que cuestionan la pseudociencia moral de los democratistas.

La verdadera condena a la violencia

Así como el fundamentalismo democrático infantiliza a pueblos como el español, no ha de extrañar que en las contiendas políticas, los periodistas hierofantes del fundamentalismo con su pacifismo acrisolado den la razón al primer politicastro indignado por recibir unos mandobles dialecticos, al cual se le arbitra la autoridad moral aunque haya perdido la razón.

Los periodistas hierofantes  frisan su estrategia de maniqueísmo párvulo a la voz de “ultraderecha” contra  aquel que no condene todo tipo de violencia. Para colmo y perfección democráticas, los señalados en lugar de desmontar tamaño absurdo, entran en el juego de los hierofantes, doblan la cerviz y sancionan la violencia en abstracto, como acto de palingenesia política.

Unos renuentes mejor adiestrados habrían denunciado  las funestas consecuencias de una doctrina para mochales plena de crímenes y desmanes;  los millones de abortos perpetrados, los golpes sediciosos a la nación española, o la cacería civil a la que se ven sometidos los españoles que cuestionan la pseudociencia moral de los democratistas.

Poco importaba que ardiera en la hoguera del pacifismo el orden de la nación española, por las tonticies de una democracia condenada en cuerpo y alma por su propia doctrina: la antipolítica

Una democracia condenada

Tal como dice el Santo padre, la política es un santo deber que a veces degenera. Sobre todo cuando está mal encauzado y en lugar de dignificar el deber, se beatifican las creencias párvulas de los hierofantes del fundamentalismo democrático, que, por otra parte, no olvidermos, consuman el tósigo revolucionario de los derechos del hombre y del ciudadano.

Compelidos a asentir con la condena democrática,  llegó el turno para que los dignatarios de la partitopública española condenaran enérgicamente la violencia en abstracto, y ¡vaya si lo hicieron!, todos y sin ambages. Poco importaba que ardiera en la hoguera del pacifismo el buen orden de la nación española, por las tonticies de una democracia frailuna condenada en cuerpo y alma por su propia doctrina: la antipolítica.

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