En toda España ha florecido siempre de entre rastrojos y espinas la expresión inefable y sublime de la contemplación de Dios. Aquellos buscadores de la belleza tanto en las pequeñas como en las grandes cosas nunca nos han faltado en España. E incluso “Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”; y si la poesía nos facilita el encuentro con la Belleza a través del lenguaje, ¡qué honor y que gloria para aquel poeta que alabe a Dios en sus versos! Pues Él es la Belleza, siempre nueva y siempre antigua de la que ya nos hablaba San Agustín.

En este artículo queremos recordar aquella poesía menos conocida, pero no por ello menos valiosa, de nuestra tradición española; aquellos escritores que por mantenerse al lado de la verdadera fuente de la alegría, actualmente son menos reconocidos. Pues todos conocemos los platónicos versos de Fray Luis de León, las increíbles paradojas de Santa Teresa o incluso las contradicciones espirituales de Unamuno. ¿Y quién recuerda los pacíficos y sinceros versos de José María Gabriel y Galán? ¿Y la profundad intimidad religiosa de Ernestina de Champourcín?

Desde los comienzos del desarrollo de la literatura en lengua castellana encontramos sencillos versos que nos hablan en coplas o en rima asonante los misterios tradicionales que vivían día a día los católicos de entonces. Un ejemplo es este romance que aún se sigue bailando en los pueblos de Asturias, el cual narra el encuentro de un pastor con la Virgen María, al cual hace su mensajero, y que comienza así:

Cuando a las tres de la tarde,
vi que bajaba de un cerro
una hermosa peregrina
con un infante pequeño,
con un báculo en la mano,
su madre un rosario al cuello,
bordado de quince rosas,
divididas en tres tercios,
y vi que se aproximaba
donde el pastor tenía el puesto.

Ya en el siglo XV encontramos unos versos más elaborados, es la época del paso de la Edad Media al Renacimiento. Aquel tiempo marcado por las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, y por el reinado de los Reyes Católicos, ofrezco esta pequeña estrofa del escritor y judío converso Juan Álvarez Gato, una breve canción para encomendarse a la Virgen como intercesora en el momento de nuestra muerte:

Dime, Señora, di, 
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

Cuando sean publicados
mis tiempos en mal gastados
y todos cuantos pecados
yo mezquino cometí,
si te acordarás de mí.

En el siglo duradero 
del juicio postrimero,
donde por remedio espero
los dulces ruegos de ti,
si te acordarás de mí.

Juan Álvarez Gato
Juan Álvarez Gato

Y no hay mejor poema del desengaño del mundo y de sus placeres que aquel que en coplas de pie quebrado escribiera Juan Rodríguez del Padrón (1390-1430), el cual se convirtió de su vida disoluta al experimentar de cerca la muerte de su amigo el trovador Macías, tras lo cual decidió entregar todos sus bienes y servir a Dios como franciscano:

Fuego del divino rayo, 
dulce llama sin ardor, 
esfuerzo contra desmayo, 
consuelo contra dolor,
 ¡alumbra a tu servidor!

¡Adiós, real esplendor,
que yo serví y loé
con lealtad!
¡Adiós, que todo favor
y cuando de amor hablé
es vanidad!
¡Adiós los que bien amé!
Adiós mundo engañador,
adiós dueñas que ensalcé, 
famosas, dignas de honor:
¡orad por mí pecador!

Juan Rodríguez del Padrón

En tiempos de Felipe II, Luisa de Carvajal y Mendoza (1566-1614), huérfana de la corte del rey que se hizo monja y que consiguió su anhelado martirio en Inglaterra, fue también poetisa. Escrito en redondillas, elaboró un extenso poema al Cristo doliente, al Ecce Homo que Pilatos presenta ante el pueblo judío poco antes de ser crucificado. He aquí algunos fragmentos:

Ver a Dios en tal estado,
y, con la fuerza de amor
 más herido en lo interior,
que no en lo exterior llagado.

Y aunque era luz penetrante,
nos lo aclaró este cielo,
porque echaron otro velo
 al corazón de diamante.

Y cual abrasada fragua 
que a toda furia se ardía,
cuanto el pueblo más pedía
su muerte, más la aceptaba.

Que era de amor mar profundo,
y con él se había juntado
el que faltaba al helado
pecho, del aleve mundo.

Luisa de Carvajal y Mendoza

En el poema “¿Habrá semejante amor?” de José María Gabriel y Galán (1870-1905), poeta salamanqués de los tiempos de Unamuno que cantaba en verso a la vida sencilla; se expresa como el amor de la Virgen hacia su hijo-Dios que lleva en su seno es el más grande que podemos encontrar en esta vida terrena:

¿Habrá semejante amor
al que con hondas ternuras 
sintió en sus entrañas puras
la Madre del Redentor?

¿Puede tu mente alcanzar,
 o en sueños puede haber visto
 lo que la Madre de Cristo
pudo a Cristo Dios amar…?

José María Gabriel y Galán

Ya mucho más cercana a nuestra época, la poetisa Ernestina de Champourcín (1905-1999) perteneciente a la Generación del 27, describe en la siguiente “Décima” el momento de la tentación que es superado por la solicitud y la gracia de Dios, que la salva de la perdición y el extravío:

¡Esta noche interminable
en que me buscas, Señor,
mientras voy tras otro amor
y su delicia palpable!
Dulce visión codiciable
que entre las sombras se crece.
Tu piedad no desfallece
a pesar de mi desvío.
Por fin venciste, Dios mío.
¡Qué lentamente amanece…!

Ernestina de Champourcín

Y estos autores españoles son sólo un ejemplo entre muchos más a través de nuestra historia: Juan Arolas, Manuel María de Santa Ana, Fray Luis de León, Gerardo Diego, Carlos Bousoño, Federico Balart, Gloria Fuertes, etc. También hay, actualmente, muchos poetas jóvenes aún desconocidos que en lo íntimo de su ser quieren alabar con sus palabras al Dios de sus padres y de su patria.

¿Seremos fieles a nuestra tradición, a la glorificación continua del que es Nuestro Creador y Salvador? ¿Alzaremos los ojos al Cielo buscando encontrar el origen de la hermosura de las estrellas? ¿O nos dejaremos llevar por el sinsentido de nuestra época, ahogada de relativismo, nihilismo y horror? Ojalá que al leer estos versos muchos puedan decir, a la par que lo hizo Rosalía de Castro al entrar en la capilla de Santa Escolástica, del Monasterio de san Martín de Pinario, en Santiago de Compostela:

¡Hay arte! ¡Hay poesía…! Debe haber cielo. ¡Hay Dios!

Belén Gómez Carmena

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