Gárgola de Notre Dame de el diablo y los leprosos.

El Diablo nunca debió haber pasado de puntillas por los manuales de historia. En líneas generales, al defenestrar la Teología, los historiadores han pasado por alto la personalidad y la personificación del mal. Personalizado en el anticristo y personificado en hombrecillos llamados al orden sin saberlo, el maestro del mal debió ser estudiado meticulosamente.

La personalidad del Mal 

Otros lo hicieron. El gran poeta francés Charles Baudelaire en sus poemarios captó, como por instantánea, esa siniestra habilidad que tiene el maestro del Mal para adentrarse en los designios de los hombres y hacerlos suyos. Sabiendo que el diablo “lo deforme intentó amar”, Baudelaire describe con cierta prolijidad la personalidad luciferina: una personalidad furtiva e incitadora de vivir en la clandestinidad de Dios, una personalidad de esas que solo hacen prisioneros.

Especialmente adivina la fineza del diablo en el manejo de las apariencias, en como remozar la cizaña de belleza para sembrar discordia. Por aquel entonces el poeta francés ya pudo antever su facultad  para sacar ventaja de la inconsciencia lacaya de los posesos. No tenía Baudelaire ninguna duda que el innombrable maestro del mal movía los hilos de nuestras vidas.

Matemáticas populares, el dogma de la sociedad suicida

Truncado el  primer plan de las matemáticas populares para  acabar con la Verdad Encarnada, el Diablo se decidió, a continuación, a mover los hilos de los utopistas y degenerados con poder, y más tarde, a trasmutar las naciones en un nido de víboras a las que engaitar con sonatas democráticas.

A día de hoy ha vuelto a hacer de las matemáticas populares, el dogma de la sociedad suicida en que vivimos. Se quiera o no, la sumisión a las mayorías es la síntesis del pensamiento gregario, la evocación de la fe en la marabunta. Un caso particular de idolatría y superstición política. Así se inventó el Estado Leviatán con el que domesticar y monopolizar la razón y voluntad humanas.

La segregación del Estado granjero

Con motivo de la pandemia, en varios países europeos se ha impuesto un certificado de vacunación obligatorio para poder acceder a determinados establecimientos. La marca del diablo para la ocasión es la segregación que prepara el Estado granjero, eutanásico, y pandémico (más conocido como Estado leviatán) en el paraíso de los “libres e iguales”.

Esta vez, el yugo político del redil es un infamante certificado sanitario con el que separar a los sanos de los apestados. Han pasado unos dos mil años desde que el demonio movió los hilos de la voluntad popular para condenar la verdad, En la época contemporánea, ha refinado su histórica fórmula y entrevemos como la avidez democrática de las turbamultas queda reducida a la elección de otros títeres, que, en esta ocasión, apisonarán a los apestados por guardarse de unos fármacos en fase experimental dignos del profesor Bacterio.

Los nuevos leprosos

Especialmente en Francia e Italia, a los no inoculados la afrenta les ha costado un apartheid sanitario como aquellas troupes de leprosos que otrora debían ser aislados en poblachos arrabaleros. Al no ser factible inocular a la gente por lo criminal, en las democracias de los libres e iguales, se compele a los nuevos leprosos (sanos ciudadanos) a vivir bajo sospecha, segregación y oprobio. Se cumple así una de las máximas de Baudelaire sobre el diablo: “todo el mundo lo siente y nadie cree en él “. He ahí la sutileza captada poéticamente por el escritor francés.

El destino es irónico con los nihilistas paranoicos que atisban fundamentalismo en el frontispicio de cada catedral. ¡Pobres nihilistas!, tanto quejarse del fundamentalismo religioso, y no sospechar que estaba por llegar el poder temporal del Estado permanente, como fundamento de todo derecho y libertad cognoscible.

Tiempo de abrir las tragaderas con el antifundamento. Tiempo de elegir entre los fármacos experimentales del profesor Bacterio, o el apartheid. Si de veras, alguna vez la voluntad popular no hubiera significado otra cosa que una engañifa para marabuntas engaitadas por la sonata democrática, el apartheid hubiera durado un suspiro.

Pero la voluntad popular fue creada hace unos dos mil años para domeñar a las naciones y condenar la Verdad. Hoy es el mamporrero numero uno del Estado Leviatán, que, a estas alturas, ya se posturea, sin rubor, como dios de muertos, cruz de vivos, y oráculo de turbamultas. Por algo, el sublime Baudelaire decía que el diablo cuando actúa es irreprochable.

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