Mártires cristianos asesinados por el Estado Islámico.

Cuando se habla de mártires cristianos nuestra imaginación no puede evitar dirigirse inmediatamente hacia los primeros tiempos del cristianismo. Por un acto reflejo de nuestra mente, asociamos a los mártires con la persecución que en los primeros tres siglos sufrieron los cristianos, y al momento acuden a nuestra memoria nombres de emperadores como Diocleciano o Nerón, siempre con el Imperio romano como escenario de fondo.

Todo está teñido por cierto tono romántico, envuelto en la misma luz que ilumina los sueños sólo durante un instante recordados. La lejanía desdibuja los perfiles, la pátina del tiempo oscurece la sangre. Fueron hechos, pensamos, sólo concebibles en una época remota y no suficientemente civilizada, de la que la nuestra se halla menos distante por el tiempo que por la superioridad moral.

Pero la realidad es que el martirio cristiano es tan actual hoy como lo fue entonces, y que no es la crónica de un tiempo ajeno al nuestro. El tono que vemos ahora mismo a nuestro alrededor es el que ven por última vez los mártires del momento; su sangre es contemporánea de la nuestra, el aire que la seca es el mismo que podría haber movido nuestros cabellos.

No pasa un solo día sin que sea asesinado un cristiano por causa de su religión, y las cifras anuales son tan altas que el silencio que se le tributa por parte de los medios sólo realza la crueldad. Precisamente hoy, cuando se intenta que cualquier asesinato haya sido cometido por un motivo de odio hacia determinado “colectivo”, la mayoría de veces forzadamente y sin razón, se guarda un silencio sepulcral y elocuente sobre el asesinato sistemático de cristianos.

Un estudio reciente calcula que unos tres mil cristianos han sido asesinados por su religión desde el inicio de este año 2021 hasta el 18 de junio. Cualquier ideología moderna tendría más que suficiente con este número de asesinados a nivel mundial para hacer una campaña violenta y ensordecedora con la colaboración y mecenazgo de los gobiernos europeos, pero el hecho de que esa cifra sólo se refiera a cristianos, y no a nivel mundial, sino sólo en Nigeria, no es suficiente para ocupar la portada de un periódico o abrir un telediario.

Nada demuestra mejor el fraude de la compasión moderna, la impostura de la lucha por los débiles, marginados y perseguidos, que esta indiferencia ante una verdadera matanza de personas con motivo de su religión. Afónicos de tanto gritar contra injusticias ficticias y manufacturadas, los modernos ya no tienen voz para clamar ante las injusticias reales.

Pero pensemos que el silencio de hoy será un motivo de honor y gloria en el futuro. Cuando nuestros descendientes recuerden la memoria de algunos de estos mártires hoy anónimos, se contará entre los elementos de la tortura la impasibilidad de sus coetáneos, el disimulo de los que luchaban por una paz sin Dios, la omisión de socorro de tantos gobiernos laicos.

“¿Es posible —se dirán— que una época en apariencia tan civilizada diera esas muestras de barbarie?” Nosotros respondemos por anticipado: “sí, es posible”.

Pero así como nuestra religión se fundamenta en el triunfo de la muerte en la cruz, así no nos debe parecer extraño que se fortifique con la muerte de los cristianos, que se expanda con su persecución, que cobre vigor con el martirio. Lo que ha sucedido en la Cabeza debe realizarse en sus miembros, y el mismo motivo que nos entristece es el que alimenta nuestra fe. Hoy como ayer, como lo ha sido y lo será siempre, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

Puede consultar más artículos del autor en este enlace https://revistahispanica.com/inicio/category/colaboradores/alonso-pinto/ . 

 

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