Nosotros no hemos nacido para este mundo. Hay un ansia natural en el hombre por lo eterno, tiene necesidad de trascendencia, su corazón le pide mirar a lo alto. Sin embargo, la libertad del hombre es también sagrada y puede no querer responder a esa llamada de lo sublime. Entonces su ansia jamás será saciada, y en su corazón tendrá un gran vacío difícil de llenar con lo meramente superficial o material. Este es el punto en el que nuestra sociedad se precipita.

¿Por qué ha ocurrido? Porque el hombre ha dejado de asombrarse, ha dejado de mirar la profundidad de lo que le rodea. Esta admiración (o emulación, como diría Aristóteles), nos permite captar el Orden Bello en la Naturaleza, en el exterior. Este asombro nos permite concebir el fin teleológico de todo lo creado, o la causa final de todo ello según el Insigne Aquinate.

Este orden exterior conforma también el orden interior, por lo tanto. Si creemos que nuestra existencia no es fruto del azar, entonces podremos establecer un orden moral, y de ahí también político, religioso e incluso artístico. Este Orden Bello, al que tenemos referencia por la creación, no es más que el reflejo de la mano de Dios. Tanto es así que San Agustín llegaría a exclamar: “¡Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé![1]Este Dios que es la Belleza, la Verdad, el Bien, la personificación de aquella palabra que usaban los griegos para expresar la unión de los trascendentales: Kalokagathía.

En la Belleza de la naturaleza encontramos la mano de Dios.

Pero, ¿qué ha ocurrido en el mundo moderno para que nos hayamos olvidado del asombro? Desde la filosofía, sobre todo a partir de Kant, se empieza a dar cierta desconfianza al conocimiento del mundo exterior, y esto, poco a poco, provocará el desorden en los demás ámbitos: si no reconocemos el orden exterior, o no confiamos en la percepción de este. La Estética Moderna cambiará el foco de atención del exterior (la objetividad del Orden Bello exterior) al interior (esto es bello porque yo lo capto o lo percibo así). Esto introducirá también el relativismo en el Arte. El pensador Ilia Galán dirá que:

Suele decirse y explicarse cómo el clima de nuestros días está también favorecido por la deconstrucción e igualación de valores llevada a cabo por los autores denominados posmodernos (Derrida, Vattimo, Lyotard, Baudrilland…). La falta de un consenso fijo y seguro en la ética ha conducido a un relativismo cada vez más marcado y de tendencia sofística en lo político o en lo moral, de modo que la estética y la teoría política –pese a la sacralización de la democracia – han sido llevadas por los mismos derroteros. [2]

Es por todo esto por lo que el Arte Cristiano tiende al Realismo, pues toma el mundo como modelo, hace mímesis de lo que hay en la realidad. El Arte puramente moderno o vanguardista, más abstracto, tiende a romper con la realidad. Aunque algunos artistas han querido salvar este arte afirmando que lo que busca es expresar aquello que está más allá de lo material, su verdadero origen lo encontramos en el movimiento romántico. Es, por lo tanto, revolucionario, nietzscheano y destructivo.

Los artistas y los pensadores modernos afirman que es necesaria la destrucción del Orden para volver a crear.

El Arte Cristiano tiene a la Creación por buena y la tiene como modelo, pues es obra de Dios. Sin embargo, el ateo se encuentra incómodo en el mundo pues no se reconoce como criatura, no acepta este mundo como regalo, y necesita destruir para volver a crear. No es extraño que filósofos ateos militantes se dieran cuenta de esto. Nietzsche hablará en uno de sus libros de cómo destruyendo el lenguaje se podrá crear uno nuevo, diferenciando el hombre indigente ceñido a la realidad y el intelecto liberado y creador:

Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, […]. […] para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, […].[3]

También Karl Marx seguirá en esta línea de destrucción en sus muy poco conocidos poemas; que rozan lo satánico, como por ejemplo, en su poema “Invocación de un desesperado” o en su drama poético de juventud “Oulanem, Una tragedia”:

Erigiré mi trono muy en lo alto,
su cima será fría, descomunal.
Su baluarte –el temor supersticioso
su capitán –la congoja más lúgubre.[4]

… el mundo sombrío nos tiene apresados,
y nos encontramos encadenados, aniquilados, vacíos, atemorizados,
eternamente sujetos a esta roca marmórea de la Existencia…
y nosotros,
nosotros somos los monos de un Dios frío.[5]

En ellos mostrará su odio hacia todo lo creado, el mundo hecho por Dios, y su deseo de ser él el creador de un nuevo orden. Pues es esto lo que ocurre cuando se niega a Dios por completo. El ser humano se encumbra como si fuera dios, aunque este mismo camino le llevará a una infinita insatisfacción y a una negación de su propia naturaleza. Se refleja esto muy bien en la cultura Posmoderna actual, en la que los movimientos LGTB pretenden hacer del hombre una esencia cambiante según los caprichos de cada momento.

La tentación del Demonio a Adán y Eva se hace completamente actual: “Seréis como dioses” (pinchar en el título para adquirir el libro de Gustave Thibon). Sin embargo, esa pretendida subida hacia lo alto se convertirá en una bajada, en una reducción del hombre, en una destrucción de lo que le hace mejor. Para los creyentes, sabemos que la subida más rápida es la bajada. “El que se humilla será enaltecido”[6]. Por eso la estética cristiana se caracterizará por la humildad y la aceptación de la realidad, por el asombro y por la creatividad según los parámetros de Dios. Mientras que la estética atea se caracterizará por la soberbia, el aburrimiento y el desprecio ante lo creado; y la destrucción antes de una pretendida nueva creación.

Busquemos ante todo esa Belleza que se nos revela en nuestro mundo, dado como regalo y don a los hombres. Asombrémonos con las cascadas espumeantes, con los árboles floridos, con el sonrosado petirrojo, con la luz de las estrellas en la noche. Asombrémonos también con el orden en el cuerpo humano, con las alas de las mariquitas, con las anaranjadas puestas de sol. Asombrémonos con la Belleza de los actos bondadosos de los hombres: la ternura de una madre por sus hijos, la entrega laboriosa y esforzada de un padre cada día. Entonces podremos decir a los perdidos, a los que han dejado de tener esperanza: “¡Despierta! ¿No lo ves? Ahí está Dios.”

 

Belén Gómez Carmena

 

[1] SAN AGUSTÍN: Las Confesiones. Biblioteca de Autores Cristianos, p. 344.

[2] GALÁN, ILIA: Teorías del arte desde el siglo XXI. Sapere Aude, p. 31.

[3] NIETZSCHE, FREDERIC: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Editorial Tecnos, p. 36.

[4] WURMBRAND, RICHARD: Marx and Satan.

[5] PAYNE, ROBERT: The Unknown Karl Marx.

[6] Evangelio San Lucas 14, 11

 

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