La reforma de la misa II: el tradicionalismo heterodoxo.

LA REFORMA DEL RITO DE LA MISA II: LOS ERRORES DEL TRADICIONALISMO HETERODOXO

Después de este duro juicio del espíritu conservador y sus errores, y el análisis crítico de las circunstancias de la reforma, se hace necesaria una crítica correlativa de los errores contrarios, los de aquellos autodeclarados tradicionalistas que se mantienen en realidad alejados de cualquier genuino tradicionalismo por las opiniones erróneas y heréticas que han venido a sostener, fruto en la mayoría de casos de una reacción virulenta ante los males que aquejan a la Iglesia.

Los tradicionalistas radicales, cismáticos o tradilocos están impulsados por un rechazo profundo e intenso a todos los errores y abusos que campan a sus anchas por muchas parroquias de la Iglesia de hoy: falta de solemnidad en la liturgia cuando no abierta profanación, propagación de herejías ante la impotencia de los obispos –cuando no, como en Alemania, con su apoyo alegre–, pérdida del sentido de lo sagrado, pérdida de la conciencia soteriológica –Cielo, Purgatorio e Infierno–, naturalismo, deísmo, feminismo –el objetivo de la ordenación femenina, al que algunos pretenden llegar a través de la extensión constante de la participación de las mujeres en la liturgia–, homosexualismo[1], música guitarrera horrenda, impropia de la liturgia y obstruyente para la oración; y un largo etcétera de tristes escándalos que cubren una gran parte de las iglesias católicas en las naciones occidentales.

El maniqueísmo del antes y después del Concilio Vaticano II

Todo esto son verdaderos problemas que hacen bien en denunciar. Sin embargo, lo distintivo del tradiloquismo es un estado de mente en el que, horrorizado por estos errores, se crea una visión maniquea de la historia de la Iglesia, dividiéndola en antes y después del Concilio Vaticano II, siendo el tiempo anterior a éste tan bueno como malo es el tiempo actual, y considerando el propio Concilio y las reformas que de él salieron la fuente de todos los males que padecemos.

Esto que expongo, por supuesto, se podrá matizar, pues hay también tradicionalistas heterodoxos que analizan más profundamente la historia y encuentran las semillas del Concilio en los pontificados anteriores (los hay incluso que consideran a Pío XII un Antipapa); pero es, sin embargo, el cuadro general más común, y del que surge, en referencia al tema que nos ocupa, un rechazo absoluto e integral del rito de la misa del misal de Pablo VI, que es, en última instancia, incompatible con la doctrina católica sobre la indefectibilidad de la Iglesia.

Que esta posición es de hecho sostenida por muchos tradicionalistas heterodoxos está fuera de duda, ya que algunos de los principales grupos tradicionalistas, así lo han defendido públicamente durante años. Esas posiciones se resumen en la célebre conclusión de la Breve crítica del Novus Ordo Missae de los Cardenales Ottaviani y Bacci, aunque es digno de mencionarse que, después de una serie de aclaraciones del Papa Pablo VI, Ottaviani se retractó de esa opinión, y terminó celebrando la nueva misa de modo habitual:

“El Novus Ordo Missae (…) se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, tal y como fue formulada en la XXIII Sesión del Concilio de Trento” 

¿Puede decirse que el Novus Ordo es “una liturgia no católica”?

Como lo puso Mons. Marcel Lefebvre, “la nueva Misa, aunque se diga con piedad y respeto a las normas litúrgicas (…) está impregnada de espíritu protestante. Lleva en ella un veneno perjudicial para la fe” (si bien es cierto que durante varios años mantuvo posiciones mucho más matizadas[2]). No son pocos los que la consideran “un peligro para nuestra fe, y, en cuanto tal, mala en sí misma”, con lo que “el Novus Ordo es impío”, y por tanto “la Nueva Misa apenas puede decirse católica, y ni es obligatoria ni basta para satisfacer la obligación dominical” y “debemos tratar la cuestión de la asistencia como si se tratase de una liturgia no católica”[3].

¿Es esto posible? Muchos de mis lectores pensarán que sí. Sin embargo, la teología católica a través del Magisterio más autoritativo ha dicho de modo constante lo contrario: el Concilio de Trento dictaminó en su sesión XXII, Canon VII: “Si alguno dijere, que las ceremonias, vestiduras y signos externos, que usa la Iglesia católica en la celebración de las Misas, son más bien incentivos de impiedad, que obsequios de piedad; sea anatema”. Ahora bien, es evidente que toda la liturgia del nuevo misal entra dentro de “las ceremonias, vestiduras y signos externos que usa la Iglesia en la celebración de las misas”, con lo que contradice los cánones infalibles de Trento el decir que las nuevas rúbricas y normas son en sí mismas un incentivo de impiedad.

Pío VI y el Concilio de Pistoya

El Magisterio rechazó la posibilidad  de que la Iglesia imponga disciplina esencialmente inmoral en la condena por el Papa Pío VI el Concilio de Pistoya, en la que se rechazó como “Falsa, temeraria, escandalosa, perniciosa, ofensiva a los oídos píos, injuriosa a la Iglesia y al Espíritu de Dios, por el que es regida, a lo menos errónea la proposición de que “en la disciplina se debe separar lo que es necesario y útil para conservar e el espíritu a los fieles de aquello que es inútil, y mucho más de lo que es peligroso y dañoso, como que induce a la superstición y el materialismo”.

Gregorio XVI y Mirari vos

Esto fue reiterado por El Papa Gregorio XVI en la encíclica Mirari vos, que afirma que “Sería reprobable y muy ajeno a la veneración con que deben recibirse las leyes de la Iglesia, condenar la disciplina por ella sancionada, que abarca la administración de las cosas sagradas, o censurarla como opuesta a determinados principios del derecho natural o presentarla como defectuosa o imperfecta”. Este mismo Papa denuncia en la encíclica Quo graviora a los que dicen que la Iglesia ha errado doctrinalmente con la disciplina de sus sacramentos, preguntándose retóricamente “¿Puede la Iglesia ordenar, generar o autorizar cosas que tienen por consecuencia la destrucción de las almas y la desgracia o detrimento de los sacramentos instituidos por Cristo?”.

Pío XII y Mediator Dei

En tiempos más recientes, Pío XII dice en los párrafos 67, 78 y 81 de su encíclica Mediator Dei que la jerarquía eclesiástica está asistida por el Espíritu Santo a la hora de modificar y crear ritos, y que “no estaría animado de un celo recto e inteligente quien quisiera volver a los antiguos ritos y usos repudiando las nuevas normas introducidas” por los pastores de la Iglesia, pues “son dignos de estima y respeto los ritos litúrgicos más recientes, porque han surgido bajo el influjo del Espíritu Santo, que está con la Iglesia siempre, hasta la consumación de los siglos”.

Lo distintivo del tradiloquismo es un estado de mente en el que, horrorizado por estos errores, se crea una visión maniquea de la historia de la Iglesia, dividiéndola en antes y después del Concilio Vaticano II

Un nuevo rito puede ser deficiente, pero no herético

De todos los anteriores argumentos de autoridad se extrae sin ningún género de dudas que la Iglesia al promulgar un nuevo rito o modificar uno antiguo no puede errar hasta el punto de que apruebe un rito herético y malo en sí mismo, no-católico, que no sirva para cumplir el precepto dominical y que no pueda ser atendido en conciencia por un fiel, cuando se hace según las normas y sin ninguna clase de abuso, ya que de otra manera perdería su indefectibilidad, que es su carácter principal, según las palabras del Señor: “Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”.

Que el promulgar un rito herético e impío es incompatible con la indefectibilidad es evidente del hecho de que fallar no es otra cosa que dejar de alcanzar el fin propio, y el fin propio de la Iglesia es santificar a los hombres. Ahora bien, la sagrada eucaristía en el santo sacrificio de la misa es el principal medio por el que Dios otorga su gracia santificante, por lo que, si la Iglesia promulgara un rito herético e impío, y además lo volviera el principal de la Iglesia latina y el único al que tienen acceso la amplísima mayoría de bautizados, fallaría totalmente proveyendo los medios para la santificación, con lo que habría fracasado en su fin, lo cual es imposible.

Los orígenes de la reforma, muy lejos del Concilio Vaticano II

Si bien un análisis en profundidad de los detalles de la reforma –centrándonos en las rúbricas, antes que en las circunstancias mismas de la reforma y los errores que se cometieran o no– está más allá de mis capacidades, para matizar los excesos tradilocos conviene aclarar ciertos puntos: en primer lugar, lo cierto es que la reforma —aunque el resultado final seguramente fue mucho más allá de lo inicialmente pretendido— no fue mera creación del Concilio, sino que se funda ya en los pontificados anteriores.

San Pío X hizo una (muy criticada) extensa reforma del Breviario, Pío XII reformó el orden litúrgico la Semana Santa y estableció una comisión para la reforma de la liturgia ya en 1946[4], y tenía ya la intención, según dice Juan XXIII en su motu proprio Rubricarum instructum, de hacer una “reforma general de las rúbricas del Breviario, el Misal y la Liturgia”. La reforma en sí salió del llamado “movimiento litúrgico” que se había desarrollado con los anteriores Papas, y que Pío XII alababa en 1956[5].

La participación activa de los fieles

Uno de los ejes centrales de la reforma, que es la llamada “participación activa de los fieles”, ya llevaba muchas décadas siendo promocionado por los Papas, como San Pío X en su encíclica Tra le sollecitudini, donde manda que “se procure que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente”. Asimismo, promueven la “participación activa” Pío XI en su Carta apostólica Divini cultus sanctitatem y Pío XII en su encíclica Mediator Dei, hasta el punto de que Pío XI permitió sub conditione la celebración de las llamadas misas dialogadas, y llego a celebrar una él mismo[6].

La lengua vernácula

Por otro lado, algunos aspectos trascendentales y extremadamente polémicos de la reforma, como sean el uso de la lengua vernácula y la posición del celebrante cara al pueblo, aunque se puedan considerar indeseables y no estar de acuerdo con ellos, son en primer lugar asuntos disciplinarios que no han sido siempre regulados de la misma manera por la Iglesia. El primer punto es fácil de demostrar: muchos de los ritos católicos ya usaban como principal la lengua vernácula antes del Concilio Vaticano II, y la propia misa en latín se instituyó en el siglo III con el objetivo de que los fieles la entendieran, sustituyendo al griego anterior.

La misa de cara al pueblo

De igual manera, si bien la misa cara al pueblo nunca ha sido la regla, lo cierto es que la disciplina litúrgica sobre la orientación de los fieles y el sacerdote en la misa no ha sido siempre la misma, según describe la Enciclopedia Católica de 1913 en el artículo “Historia del Altar Cristiano”, habiendo habido una tradición inmemorial de celebrar mirando al oriente que se relajó en la Edad Media, y también una antigua costumbre en las basílicas romanas de celebrar el sacerdote desde detrás y no enfrente del altar, costumbre que continuaría modificada hasta el siglo XX en algunas iglesias de Roma, y de la que en el postconcilio se extraería –si bien es dudoso que la práctica actual sea una imagen fiel– la disciplina de celebrar “cara al pueblo”[7].

De ahí no se saca que esas prácticas, particularmente la misa versus populum, sean algo realmente deseable, pero sí por lo menos que son cuestiones disciplinarias antes que dogmáticas, respecto a las que ha habido diferentes prácticas en la historia de la Iglesia, con lo que esos cambios no pueden hacer la misa “mala en sí misma” o “impía”. Además, en realidad son (pese a que se han generalizado abusivamente) elementos opcionales, y una misa según el misal nuevo puede hacerse (y debería hacerse) ad orientem y en latín.

De hecho, lo que en realidad dictaminó el Concilio Vaticano II sobre el tema en su constitución Sacrosantum Concilium sobre la sagrada liturgia es que “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”. Aquí se contempla el latín como la regla y la lengua vernácula como excepción, permitiéndose por el Obispo para cosas importantes como “en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos”. La misa cara al pueblo es asimismo una mera “opción pastoral” que no es esencial a la misa nueva, pese a que tristemente en la práctica parezca lo contrario.

La naturaleza sacrificial de la misa

También se le acusa al nuevo rito de ocultar la naturaleza sacrificial de la misa. Sin embargo, más allá de que en el rito antiguo ésta esté expresada más clara y más abundantemente, es una exageración evidente decir que se niega en el rito nuevo, cuando en realidad menciona explícitamente el sacrificio en varios puntos, tales como el ofertorio (“Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro (…) el Señor reciba de tus manos este sacrificio”), y varias veces en el canon romano y la plegaria eucarística III.

La segunda plegaria eucarística (la que hizo Louis Bouyer en las lamentables circunstancias que recordaréis) es entre todas la que menos claramente expresa la naturaleza sacrificial del acto de consagración, pero aunque no use la palabra “sacrificio” textualmente, está muy lejos de negar la teología católica de la misa, sino que expresa claramente la transubstanciación y la santificación de los dones, que implican necesariamente la naturaleza sacrificial del acto, y además, por mucho que les duela a los protestantes, esta naturaleza sacrificial es evidente por las propias palabras de la consagración que dijo Nuestro Señor (“entregado por vosotros, derramada por vosotros y por muchos”), contenga o no la oración inmediatamente anterior la palabra “sacrificio”.

Además, cualquier duda que pudiera haber sobre si el Concilio Vaticano II cambió la naturaleza sacrificial de la misa se deshace ante el hecho de que esta doctrina ha sido y sigue siendo constante y claramente enseñada por la Iglesia antes, durante y después del Concilio, lo que se puede ver en el Catecismo de la Iglesia Católica punto 1330, la constitución Sacrosantum Concilium punto 47, la audiencia general del Papa Pablo VI de noviembre de 1969 y su Instrucción general del misal romano de 1969, repetidos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y la del Culto Divino, y una infinidad de lugares en los que la Iglesia ha expuesto su doctrina desde el Vaticano II sin un atisbo de ambigüedad.

Que el promulgar un rito herético e impío es incompatible con la indefectibilidad es evidente del hecho de que fallar no es otra cosa que dejar de alcanzar el fin propio, y el fin propio de la Iglesia es santificar a los hombres

Abusos generalizados que parecen la regla

De todo esto se ve que no sólo la misa según el misal de 1970 no es herética e impía en sí misma cuando se realiza siguiendo todas las normas y rúbricas, sino que no puede serlo, según el Magisterio unánime de los Papas y el Concilio de Trento. Sin embargo, el valor de este rito se ve reducido a los ojos de los tradicionalistas por culpa de los abusos generalizados, que llegan en muchos sitios a parecer, más que un abuso, la regla, y es en reacción a esos abusos tan a menudo sacrílegos que muchos tradicionalistas heterodoxos se mueven hacia sus posiciones extremas de rechazo a la misa nueva siempre, en sí misma y se haga como se haga.

Pero, muy al contrario, por malos que sean estos abusos, éstos no suponen en nada un argumento contra el uso, incluso a pesar de que en varios lugares lleguen a estar extendidos, lo cual habla mal, más que del rito, de los obispos que no quieren o no pueden defenderlo.  En realidad, el Magisterio de los Papas posconciliares ha condenado repetidamente los abusos en la liturgia, desde Sacrosantum Concilium 22.3, que lo prohíbe terminantemente diciendo “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia”.

Las condenas de los abusos litúrgicos

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos condena en la instrucción Redemptionis sacramentum “todos los abusos contra la naturaleza de la liturgia y los sacramentos y la tradición y autoridad de la Iglesia”, ordenando que se terminen inmediatamente, y diciendo que “cualquier católico, tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico ante el Obispo diocesano o ante la Sede Apostólica”. Juan Pablo II condena repetidamente los abusos en la aplicación de la reforma litúrgica en Ecclesia de Eucharistia y Dominicae Cenae, insistiendo en que éstos no se adecúan a su verdadera naturaleza.

También habla del asunto y condena aquellos abusos Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum. La Congregación para la doctrina de la fe, en su carta a los presidentes de las conferencias episcopales sobre la interpretación de la doctrina del Concilio Vaticano II (1966), condena la minimización de la transubstanciación y la confesión, y en otros lugares[8] condena el uso fuera de la estricta necesidad de ministros extraordinarios de la comunión, y el auto-servirse la comunión.

En la Instrucción Redemptionis Sacramentum la recitación por cualquiera fuera del sacerdote de las oraciones eucarísticas, las homilías hechas por fieles, así como las dedicadas a temas profanos; el signo de paz dado sin necesidad o alejándose del sitio, convertir la misa en un espectáculo profano, introducir elementos de cualquier otra religión, negar la comunión de rodillas y en la boca, hacer misa fuera de lugar sagrado sin necesidad, o hacerlo en un templo no-católico sean cuales sean las circunstancias, También ha confirmado la prohibición del uso de cualquier clase de baile en cualquier clase de liturgia[9].

Sobre el arte y la música litúrgica

En el uso de la música se ha impuesto asimismo la mundanidad a través de la violación sistemática de las órdenes litúrgicas romanas: según la Sacrosantum Concilium en su punto 120, el órgano de tubos es el instrumento musical ordinario de las iglesias, y cualquier otro sólo se puede introducir en el culto divino a juicio y con el consentimiento de la autoridad competente, que tendrá que asegurarse de que son aptos para el uso sagrado, la dignidad del templo y la edificación de los fieles.

Juan Pablo II insiste en su discurso a los alumnos y profesores del instituto pontifical de música sagrada (19 de enero de 2001) en que los medios musicales privilegiados por el Concilio Vaticano II son el canto gregoriano, la polifonía sagrada y el órgano. Se dice en la Instrucción Redemptionis Sacramentum punto 57, concerniendo a todo esto, que todos los fieles tienen derecho a que la música sagrada sea genuina e idónea, lo que incluye el derecho a pedirlo y a quejarse ante su falta. Como podemos ver, también en esto la generalización de la infame, pérfida, horrorosa y diabólica guitarra no es otra cosa que un grandísimo abuso que hay que combatir a capa y espada, con el Magisterio en la mano.

Respecto al arte en general, también manda el Concilio en el documento ya mencionado que se excluya cualquier clase de arte que no sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia, que repugnen a la fe, a las costumbres y a la piedad cristiana y ofendan al sentido religioso.

Cualquier movimiento tradicional genuino debe preocuparse de toda la Iglesia… no conformándonos con montar nuestra propia “High Church” tridentina, dejando que se pudra el resto de la “Low Church” diocesana

Muchos de los males criticados provienen de abusos y negligencias

De todo lo anterior puede verse que los mayores males que suelen vincularse con la misa nueva –arte inadecuado, música guitarrera, creatividad litúrgica, etc– son o abusos, o excepciones toleradas que han venido a hacerse comunes a través de la negligencia de los pastores obligados a seguir las prescripciones sobre la liturgia. Si bien es algo grave y habla mal de la labor de muchos obispos, no es algo que pueda achacarse indistintamente a toda la misa nueva como si esas fueran sus rúbricas.

Estos males, en cuanto abusos, pueden y deben ser combatidos mediante quejas a los obispos y a Roma, y cualquier movimiento tradicional genuino debe empezar a preocuparse, además de la promoción de la misa tridentina, del combate organizado y sistemático contra todos los abusos en toda la Iglesia, no conformándonos con montar nuestra propia “High Church” tridentina, dejando que se pudra el resto de la “Low Church” diocesana, sino combatiendo el error allí donde está.

 

 

[1] Al respecto puede leerse la serie de artículos de Alonso Pinto en Revista Hispánica “Los teólogos de Sodoma”, en la que analiza el fenómeno de los infames activistas contra la doctrina católica como James Martin, en EEUU, y sus fieles imitadores en España.

[2]  Consideraba lícito (y en un primer momento incluso obligado) ir a la nueva misa si estaba bien hecha y no quedaba otra opción al menos hasta 1975, según expone este artículo de la FSSPX en el que se presenta la evolución de sus posiciones al respecto. Según el antiguo miembro de la FSSPX Guérard des Lauriers (en su carta abierta “Monseigneur, nous ne voulons pas de cette paix”, fácil de encontrar en Internet en francés e inglés), incluso llegó a celebrarla él mismo en alguna ocasión.

[3] Citas extraídas del artículo “¿Cuál es el problema de la nueva misa?”, ubicado en la página oficial de la FSSPX en España.

[4] Véanse Glendinning, C. J. (2010). The significance of the liturgical reforms before the Second Vatican Council. Studia canonica, 44 (2), 293. p. 325 y Reid, A. (2005). The Organic Development of the Liturgy. Ignatius Press, p. 150-151. Es digno de mencionarse que Mons. Bugnini fue secretario de esta comisión preconciliar.

[5] Véase el discurso dirigido al Congreso Internacional de Liturgia Pastoral, que se puede encontrar traducido al inglés aquí.

[6] Véase Glendinning, C. J. (2010). The significance of the liturgical reforms before the Second Vatican Council. Studia canonica, 44 (2), 293. p. 313-314.

[7] Véanse La reforma de la liturgia romana: sus problemas y trasfondo, de Klaus Gamber, y el mencionado artículo de la Enciclopedia Católica que se puede leer en castellano aquí.

[8] Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, 1997; y la Notitiae 10 (1974) p. 308 de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que se puede leer aquí en el original en latín y traducido al inglés.

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Saramentos, Notitiae 11, “La danza nella liturgia”, pp. 202-205: “Non si può introdurre nella celebrazione liturgica qualcosa del genere”. Se puede leer el texto en italiano aquí.

Puede consultar más artículos del autor en este enlace: https://revistahispanica.com/inicio/columnistas/fray-nadie/la-reforma-de-la-misa-el-error-conservador-fray-nadie/ .

 

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