La reforma del rito de la misa la disciplina de los ritos.

LA REFORMA DEL RITO DE LA MISA III: LA DISCIPLINA DE LOS RITOS

A partir de la publicación del Novus Ordo Missae en 1970, esta forma de la misa se vuelve la ordinaria en toda la iglesia latina, y a los pocos años sólo usan el rito anterior unos pocos sacerdotes a los que se dispensó por su ancianidad, y algunos sacerdotes y obispos tenaces que se resistían a cambiar de rito por las complicaciones doctrinales que encontraban en el nuevo. A partir de entonces, la disciplina de la misa tridentina pasa por dos fases: desde que se “indulta” el uso del misal antiguo en 1984 hasta el motu proprio Summorum Pontificum, y desde éste hasta el 16 de julio de 2021, cuando se publicó el motu proprio Traditionis Custodes.

En 1984 se permitió a los sacerdotes celebrar la misa según el misal de San Pío V con el permiso de su obispo, creándose en ese espacio 1984-2007 congregaciones dedicadas a la misa tridentina, tales como la Fraternidad Sacerdotal San Pedro y el Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote, en gran medida como reacción y “control de daños” frente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Con las ordenaciones de Êcone por parte de Mons. Marcel Lefebvre, en la dura carta de condena que el Papa hizo al respecto, declarándole excomulgado latae sententiae, añadió una petición a los obispos del mundo para “respetar en todas partes la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas para el uso del misal”[1].

Summorum Pontificum y Benedicto XVI

Esta situación se modificó con la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI en 2007, por el que declaraba que el misal antiguo nunca había sido abrogado y que representa la “forma extraordinaria” del rito romano. De esa manera, facultaba a cualquier sacerdote para celebrar la misa según ese rito sin necesitar el permiso de su obispo, y pedía a los obispos que proveyeran a cualquier grupo de fieles que pidiera un sacerdote para tener misa tridentina.

Es digno de destacarse que en la exposición de razones de su carta a todos los obispos del mundo concerniendo este motu proprio, no se limita a justificarlo por la necesidad de restaurar la unidad con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sino que, además de este objetivo, defiende también el valor intrínseco del rito antiguo de la misa, diciendo que “lo que las generaciones pasadas tomaron por sagrado, debe permanecer sagrado y grande para nosotros, y no puede ser de súbito prohibido o incluso considerado nocivo”, y apelando a un “enriquecimiento mutuo”.

Francisco y Traditionis Custodes 

Así, con estas nuevas libertades, la misa tridentina se mantuvo en crecimiento durante 14 años, hasta que el Papa Francisco lanzó un nuevo motu proprio, Traditionis Custodes. Los principales cambios que trae este documento son pasar a considerar el rito nuevo de la misa única lex orandi del rito romano, poner en manos de los obispos el permitir o prohibir la celebración de misas según el rito anterior, decidiendo caso por caso si conceden continuar a los sacerdotes que lo estén usando; establecer un encargado oficial en cada diócesis que se ocupará de la correcta celebración de la misa tridentina y de que los grupos adscritos a ella no rechacen el nuevo rito y el Concilio Vaticano; obligar a los sacerdotes que quieran empezar a usar este rito que reciban el permiso de su obispo y de Roma, y exigir que los obispos no permitan que se creen grupos nuevos de fieles adscritos a la misa antigua.

El objetivo es, tal y como expresa abiertamente, extinguir a largo plazo la práctica de la misa tridentina (“os corresponde trabajar por la vuelta a una forma unitaria de celebración”), para lo que se impide la creación de cualquier nuevo grupo, sea o no obediente al Papa, y sólo se mantienen los grupos ya establecidos mientras sea necesario para la salud de quienes “necesitan tiempo para volver al Rito Romano promulgado por los santos Pablo VI y Juan Pablo II”. La razón esgrimida para llevar a cabo este cambio radical no es otra que “mantener la unidad”, porque la liturgia tridentina se estaba, supuestamente, instrumentalizando por fieles opuestos al Vaticano II y a la reforma de la liturgia, llevados por “el rechazo de la Iglesia y sus instituciones en nombre de lo que consideran la ‘verdadera Iglesia’”.

La unidad ya estaba a salvo antes de Traditionis Custodes

Los motivos expuestos fallan por muchas razones, y sean las principales: en primer lugar, que saca totalmente de proporción el problema, tomando a una minoría ruidosa como representante de todos los fieles amantes de la misa tradicional, que en los más de los casos no son más que familias –a menudo jóvenes, lo que debería dar qué pensar a esos que no hacen otra cosa que hablar de una Iglesia joven y para los jóvenes– católicas normales que sólo quieren asistir a una misa solemne y agradable al Señor, reverente y bien hecha, en la que reciban sana doctrina que asegure la salvación de sus hijos y la suya propia.

En segundo lugar, que ni siquiera hace pagar a los justos junto a los pecadores, sino que muy al contrario castiga de forma casi exclusiva a los fieles que han querido asistir a misa tridentina sin alejarse en lo más mínimo de la balsa de Pedro (las misas “indultadas”, según las llaman algunos), –ya que los que van por su propia cuenta sencillamente no harán caso a esta norma –. Si lo que al Papa le preocupa son las actitudes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que se siente a dialogar con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, en vez de golpear con el báculo a quienes asisten a misas “indultadas”.

En tercer lugar, que no sólo está muy lejos de alcanzar los objetivos expresados, sino que logrará, según todas las apariencias, el perfecto contrario: este trato extremadamente duro –rígido– no hace otra cosa que indignar, y con razón, a muchos fieles amantes de la misa tridentina, que se ven desamparados del Papa al que tan fielmente han seguido, lo que lleva hacia la desobediencia de las normas que consideran injustas y, eventualmente, el odio a los que les azotan con ellas.

Mientras que a los que ya están en ese camino de rechazo a la Iglesia y a sus pastores en nombre de la liturgia tradicional, no hace sino confirmarles en su error, ya que, lejos de mostrar que la Iglesia sigue siendo la misma y que se mantiene en línea con esa lex orandi que siguieron los santos de la iglesia latina durante más de un milenio, les dice que no tienen sitio en la Iglesia, y que por querer preservar intacta esa tradición son unos apestados a los que en el mejor de los casos hay que tolerar hasta que se extingan, lo que no puede dejar de hacerles profundizar en la separación de la Iglesia, que es el camino de la perdición.

En cuarto lugar, va absolutamente en contra de la lógica del Evangelio, del pastor que arriesga las 99 ovejas para rescatar a una, pues condena y rechaza a todos los fieles que quieren asistir a la misa tridentina sin moverse un centímetro del seno de la Iglesia, que, incluso si fueran una minoría entre los amantes del rito antiguo, merecerían que se les abra una puerta –que se les tienda un puente– para seguir haciéndolo como un grupo de pleno derecho de la Iglesia, y no sólo como una panda de raros a los que sólo se tolera para que no se vayan al Infierno.

Juan Pablo II dijo en el apartado c, punto 6 del Motu Proprio Eclessia Dei: “Respetad su sensibilidad mediante una aplicación amplia y generosa”; Benedicto XVI dijo en el artículo 7 del Motu Proprio Summorum Pontificum: “Se invita vivamente al obispo a satisfacer su deseo”; y Francisco, finalmente, dice ahora: “Toleradles mientras se toman su tiempo para volver al rito de San Pablo VI, y no dejéis que crezcan”.  

Y, por último, deja totalmente de lado el valor intrínseco del rito antiguo de la misa, que Benedicto XVI sí que consideró en su carta a los obispos, de modo que toma el rito solamente como un instrumento para mantener la unidad, concluyendo que, como su legalización no ha servido para arreglar las cosas con el movimiento de Lefebvre, ya no vale la pena mantenerlo y conviene suprimirlo tan pronto como sea posible sin provocar un nuevo cisma. Que ni siquiera se pare a considerar el valor intrínseco del rito antiguo como un factor a tener en cuenta a la hora de regular su disciplina, muestra, por sí mismo, una carencia enorme en este motu propio, y que sería grave aún si no tuviera ya todos los demás problemas enumerados.

Un error extendido en torno a Quo Primum de San Pío V

Finalmente, para cerrar con la disciplina de los ritos, creo necesario hacer un comentario sobre un error muy extendido en el tradicionalismo respecto al rito de San Pío V. Muchos tradicionalistas sostienen que la bula Quo primum del Papa San Pío V promulga el rito tridentino de la misa a perpetuidad de tal manera que esto no puede modificarse ni abrogarse por ningún Papa ni Concilio Ecuménico posterior, de modo que cualquier disposición de los Papas desde Pablo VI dirigida a limitar jurídicamente el derecho de los sacerdotes a celebrar este rito o de los fieles a asistir a él es, por ese mismo hecho, nulo y viciado de raíz.

Este error proviene de una lectura superficial de la bula sin los conocimientos necesarios de derecho canónico, ya que ésta afirma repetida y enfáticamente que promulga la bula a perpetuidad, y condena duramente a quienquiera se atreva a cambiarla. Sin embargo, lo que ocurre es que en el derecho canónico “a perpetuidad” significa en estos casos indefinidamente, es decir, a perpetuidad mientras no se cambie, habiendo muchos casos de documentos papales que usaban tales expresiones y posteriormente han sido modificados.

Tales son la bula Quod a nobis del Papa San Pío V, promulgada “a perpetuidad” pero modificada por el Papa San Pío X en una polémica reforma; la bula por la que Clemente XIV suprimió a los jesuitas “a perpetuidad”, sólo para ser restaurados apenas 40 años más tarde; o las bulas papales que prohibieron el toreo a perpetuidad, hasta que el Rey de España convenció al Papa para que se lo pensara mejor.

Esto es, por otro lado, deducible del derecho natural y la ciencia jurídica, por la que se comprende fácilmente que un Papa no tiene mayor potestad que sus sucesores sólo por haberles precedido en el tiempo, con lo que es absurdo que pueda vincularles en materias disciplinarias que son mudables por su propia naturaleza. Tal conclusión se ve más plenamente confirmada por el Concilio de Trento, que dice que “en la administración de los Sacramentos ha tenido siempre la Iglesia potestad para establecer o mudar, salva siempre la esencia de ellos, cuanto ha juzgado ser más conducente, según las circunstancias de las cosas, tiempos y lugares, a la utilidad de los que reciben los Sacramentos o a la veneración de estos”.

Resulta obvio que cuando dice que “la Iglesia siempre ha tenido potestad para mudar lo que no es esencial a los sacramentos” no quiere decir “hasta que San Pío V establezca lo contrario en su bula Quo primum”, pues un Papa no sabría suspender lo que es una potestad natural de la Iglesia, intrínseca a su constitución y, por lo tanto, de origen divino directo e inalienable.

Finalmente, y para cerrar el asunto, está que Pío XII lo dice así en términos inequívocos en el punto 74 de Mediator Dei: “Únicamente al Sumo Pontífice le pertenece el derecho de reconocer y establecer costumbres referentes al culto, de introducir y aprobar nuevos ritos, y también de cambiar los que juzgue que necesitan modificarse”.

Ante la reforma del rito de la misa, ¿qué podemos hacer? 

Finalmente, hemos llegado a la parte más difícil. ¿Qué podemos sacar de todo lo expuesto? En primer lugar, que la misa tridentina es un tesoro de la Iglesia que no podemos permitirnos perder de ninguna de las maneras, y que debemos aspirar a restaurar en todo su esplendor y con todas las consecuencias. Sentado eso, si algo está claro es que la legítima resistencia a la actual disciplina será dura, penosa y puede que infructuosa en su mayor parte.

En los sitios donde ya está implantada, la lucha estará en mantenerla cueste lo que cueste, por la gracia de los monseñores obispos. Para eso, por supuesto, habrá que ser astutos como serpientes y sencillos como palomas. Y, además de mantener la misa, habrá que hacer todo lo posible para que cada vez vaya más y más gente, si no se pueden hacer nuevos grupos, que se desborden las parroquias cuando haya tridentina.

En los sitios donde no está implantada, sin embargo –y eso en España son la amplia mayoría de diócesis–, parece que con la nueva disciplina las posibilidades de traer misa tradicional diocesana o a alguno de los grupos de Ecclesia Dei se han reducido a cero. Allí habrá que hacer, a la espera de que vengan tiempos mejores, una constante evangelización en lo que es el espíritu de la misa tradicional: la reverencia, el respeto solemne, la recta doctrina, el conocimiento de los Padres y Doctores, la liturgia, la vida y la sociedad teocéntricas, el temor de Dios, la búsqueda constante de la salvación de las almas, el estudio del latín como lengua de la Iglesia, la obediencia al Papa y a todos los legítimos pastores, y el amor a la tradición como manifestación concreta de la indefectibilidad de la Iglesia. 

Para eso, y a falta de otra opción, habría que empezar a tomarse verdaderamente en serio la lucha contra los abusos en la liturgia, lucha que habría que organizar y sistematizar al nivel de toda España. Y, por último, cumpliendo todas nuestras obligaciones con Dios y con los hermanos, abandonarnos a la Divina Providencia y confiar en sus promesas, sabiendo que, por profunda que sea la crisis de la Iglesia, Dios jamás desamparará a su Iglesia ni dejará de darnos los medios para la salud espiritual.

[1] Motu Proprio Ecclesia Dei.

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