Chica tocando el chelo en busca de la belleza como necesidad humana del Creador.

Estamos viviendo una extensión del ateísmo en la época actual sin precedentes. La negación de la realidad, de la ley natural y por lo tanto, de la ley divina, está destruyendo  un mundo que no se entiende sin su Creador. Aquellos seres perdidos en un universo a la deriva bien pueden exclamar como en la narración del Sueño de Jean Paul: “Todos somos huérfanos, ¡no tenemos Padre!”.

La expansión de la cultura de la muerte, y por ende de la pérdida de Dios está causada por una exaltación de la libertad más allá de “viejos” y “relativos” conceptos como el Bien o el Mal.

Zola o el determinismo del Mal

Sin embargo, desde la literatura este ateísmo ha aparecido de diferentes maneras. En el siglo XIX, la época del realismo, los escritores ateos (llamados naturalistas, la línea más radical del realismo), quisieron ceñirse de tal modo a la realidad material que negaron la presencia sobrenatural en la vida del hombre; e incluso negaron su libertad, el libre albedrío que le caracteriza. Así cayeron en el determinismo, semejando el ser humano al animal, sin capacidad de elegir otro destino que el que le marcan sus condiciones de nacimiento.

Se reflejan estas teorías en, por ejemplo, las novelas del escritor naturalista Émile Zola, cuyos libros fueron enteramente incluidos en el Índice de Libros Prohibidos por la Santa Sede en 1894. En su serie de novelas que comienza con La fortuna de los Rougon, se cuenta la historia de dos familias entrelazadas cuyos descendientes no podrán huir ni elevarse de los vicios y crimines realizados por sus padres y parientes.

¿Quién puede encontrar la paz si cree que le espera la nada?

Jaime Balmes, en sus Cartas a un escéptico en materia de religión va refutando todos los argumentos posibles del escepticismo religioso. En la última carta, la 25, afirma que en la vida ordinaria y común del ser humano se asoma lo asombroso de lo sobrenatural: ¿Quién ha enseñado el habla a los hombres, quién cuajó de titilantes estrellas el firmamento, quién es el origen de todas las cosas? Todas esas preguntas nos llegan con solo alzar la vista hacia el cielo…

¿No vemos acaso todo aquello que nos rodea? ¿Cómo es posible que contemplemos el intricado ramaje de una enredadera, la fortaleza de un roble o la delicadeza de una mariposa sin preguntarnos quien está detrás de ello? ¿Quién ha pintado los pensamientos, quién alimenta y sostiene la hierba, quién mueve el mundo y sigue dando el calor al sol? ¿Quién le da la dulzura a un recién nacido? ¿Quién hace nuevas todas las cosas para nosotros?

El propio Jaime Balmes dirá que “la fe da tranquilidad al espíritu”. Pues, ¿quién puede encontrar la paz si cree que después de la muerte te espera la nada? ¿Quién sobrevivirá sabiendo que sus actos no tienen trascendencia? La condición del escritor español Miguel de Unamuno nos da cuenta de esto, pues vivía en continuo desgarro interior por considerar la fe solo desde la voluntad. En sus ensayos Sobre la europeización (arbitrariedades), llegará a decir que:

“Yo necesito la inmortalidad de mi alma; la persistencia indefinida de mi conciencia individual, la necesito; sin ella, sin la fe en ella, no puedo vivir, y la duda, la incredulidad de haber lograrla, me atormenta”

Al no poder huir de la realidad, desean cambiarla

Por otro lado, en la época actual, los ateos se sitúan en las antípodas del realismo. Ya no solo niegan la realidad de lo que nos rodea sino que pretenden ser capaces de transformarla al gusto del consumidor. El hombre ya no es un animal porque no tenga libertad, sino que es un animal por un uso excesivo de esta; ya no es la libertad el medio para alcanzar el Bien, sino que es un fin en sí misma. Y cómo dice el colombiano Nicolás Gómez Dávila: “Quien la toma como fin [a la libertad], no sabe qué hacer cuando la obtiene”.

Y esta nueva ideología, causa de la mayor parte de los problemas actuales a los que se enfrenta el cristianismo, va impregnando de manera sibilina nuestra cultura: se repite en las marquesinas de las calles, se canta en canciones, se plantea en las series de televisión, incluso en las películas y cuentos para niños. También se encuentra en la literatura moderna.

Quizá tendremos que renovar, o mejor dicho, recuperar nuestra cultura occidental. Quizá si volvemos a crear obras buenas, bellas y verdaderas llevaremos a Cristo donde más se necesita. ¿Acaso no dijo Dostoievski  que “la Belleza salvaría el mundo”?

Belén Gómez Carmena

Para leer más artículos de la autora, pinche aquí:

https://revistahispanica.com/inicio/category/columnistas/belen-gomez-carmena/

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