Non Possumus.

Non possumus”(¡No podemos!). Esta frase podría representar un absoluto pesimismo, la incapacidad del ser humano que, en la actual modernidad y ofuscado por un voluntarismo exagerado, cree que es capaz de todo lo que se le pase por la cabeza, incluido el cambiar la esencia de sí mismo. Por ello, en nuestros días esas dos palabras serían rechazadas como tóxicas, intolerantes o quizá subversivas; seguramente porque esconden la realidad de nuestro ser: ¡no podemos!

Pero vayamos a la tradición, que ella siempre pone luz en nuestro entendimiento y nos hace ver la profundidad de lo que tratamos.

Esta pequeña (y gran) frase se remonta a los tiempos de las primeras persecuciones al Cristianismo.

En concreto fue acuñada como propia por los mártires de Abitinia (Túnez, África) ajusticiados por el emperador romano Diocleciano en el 304 d.C. a pena de muerte por celebrar la Sagrada Eucaristía en domingo, custodiar en sus casas las Escrituras y erigir locales para reunirse. Su fiesta se celebra el 12 de febrero.

La frase completa original se trataba la oración latina “Sine dominico non possumus”. Sin el domingo no podemos.

¿No podían el qué? Preguntaría el hombre moderno laicista; y todo cristiano católico romano amante de su Señor le contestaría sencillamente: vivir. Porque para todo cristiano que se precie Jesucristo es la Vida; y si nos quitan el Pan de Vida estamos muertos para la Gracia. Esta frase expresa por tanto la más ortodoxia católica y la resistencia a obedecer al poder terrenal por encima de los mandamientos de Dios.

Precisamente, uno de los mártires, san Félix, contestará así al procónsul que les interrogaba:

¡Un cristiano no puede existir sin celebrar los misterios del Señor y los misterios del Señor no se celebran sin la presencia de los cristianos! El cristiano vive de la celebración de la liturgia… Sábete que cuando oigas el nombre cristiano es uno que se reúne con otros hermanos ante el Señor, y cuando oigas hablar de reuniones, reconoce en ellas el nombre de cristiano.

Mucho más tarde, esta frase sería la inspiradora para el papado de los siglos XIX y XX: desde Pío IX hasta Pío XI.

Poco antes, en 1809, el Papa Pío VII había utilizado la fórmula de “Non debemus, non possumus, non volumus” (no debemos, no podemos, no queremos) para responder a la petición de Napoleón de que le entregase los Estados Pontificios.

Especialmente fue importante durante el pontificado de Pío IX, el cual fue recluido como prisionero en el propio Vaticano por causa de la captura de Roma por los nacionalistas italianos en 1870 y la desaparición de los Estados Pontificios. Este Papa beato, autor de encíclicas tan relevantes como  Qui pluribus o Quanta cura, se negó a colaborar con las múltiples ideologías de su tiempo.  Entre ellas el liberalismo filosófico, que quería la separación completa entre Iglesia y Estado y consideraba la religión como un asunto privado. Precisamente en su encíclica Ubi nos de 1871 es la que incide en el tema arriba comentado:

Siendo así las cosas, como muchas veces declaramos y afirmamos, Nosotros no podemos admitir ninguna conciliación que de alguna manera destruya o menoscabe Nuestros derechos, que son los derechos de Dios y de la Santa Sede, sin incurrir en culpa por violación de la fidelidad prometida bajo juramento; por eso ahora por considerarlo obligación de Nuestro oficio, declaramos que nunca admitiremos o aceptaremos ni podremos admitir o aceptar aquellas cauciones o garantías excogitadas por el gobierno piamontés, cualquiera sea su forma […].

En 1926, el presidente revolucionario y masón Plutarco Elías Calles publicaba en México una ley anticristiana que prohibía cualquier manifestación religiosa en este país. La jerarquía eclesiástica redactó tres cartas colectivas en las que declaraban la imposibilidad de someterse a las disposiciones del gobierno, y animaba al pueblo mexicano a dar su vida por la defensa de la fe. Esta carta será una de las primeras consecuencias de esta ley, seguida de un boicot económico y la posterior Guerra Cristera, que duraría hasta el año 1929.

En la primera y la tercera carta colectiva se podía leer lo siguiente:

Las condiciones actuales son ya insostenibles y con cuánta razón hemos creído que ha llegado el momento de decir: Non possumus! ¡No podemos! […]. Sí perseveráis en vuestra digna y enérgica resistencia, amigos y enemigos comprenderán al fin que es imposible arrancaros la fe de vuestros padres sin herir de muerte al alma del pueblo mexicano. Mas si por vergonzosa cobardía desertáis de las filas, o cesáis en el combate, humanamente hablando  estamos perdidos y México dejará de ser un pueblo católico; […]. Imitad a todos los amantes de las libertades patrias, que en todas las épocas de la historia han sabido mantenerse firmes en la brecha, hasta vencer o morir; imitad la constancia de los primeros cristianos

Casi 30 años más tarde y en plena Guerra Fría; Polonia se encontraba bajo el yugo del totalitarismo comunista. Debido a las presiones por parte del gobierno, el 8 de mayo de 1953 los obispos polacos enviaron una carta formal a los líderes del Partido Popular Comunista de Polonia negándose en redondo a subordinar la Iglesia al Estado. Como respuesta, el gobierno encarceló al cardenal Stefan Wyszyński, el ahora beato y amigo del Papa San Juan Pablo II.  Estuvo encarcelado unos 6 años, teniendo consigo solamente un rosario y un breviario.

Este cardenal había titulado la carta con la frase “Non possumus”:

Del mismo modo, si tuviéramos que elegir entre la jurisdicción eclesiástica entregada como herramienta de las autoridades seculares y el sacrificio personal, no dudaríamos. Seguiremos nuestra vocación y conciencia pastoral y seguiremos nuestra paz interior y el hecho de que no hemos proporcionado ninguna razón para la opresión y que ahora experimentamos sufrimiento por nada más que por Cristo y la Iglesia cristiana. No podemos sacrificar los asuntos de Dios en el altar de César. Non possumus!

Esta sencilla frase ha recorrido toda la historia de la Iglesia hasta la actualidad.

¿Seguimos siendo fieles a nuestros mártires y nuestros santos? ¿Somos capaces de exclamar “Non possumus!” ante la negación de la Eucaristía o ante la imposición de leyes contrarias a Dios por el Estado? ¿Nos ceñimos a lo proclamado por el Papa San Juan Pablo II en su carta apostólica Dies Domini o por Benedicto XVI en  Congreso Eucarístico Nacional Italiano de Bari; en los que ambos hicieron recuerdo de los mártires de Abitinia? ¿No se moriría nuestra alma sin el alimento del Cielo justo en la máxima dificultad; cuando fallecen nuestros seres más cercanos? ¿No es la Vida Eterna más importante que la terrenal?

Por otra parte, la antimodernidad de la frase (que en España relacionamos rápidamente con cierto partido político); es bien reconocida: nada podemos sin Dios.

Los grandes místicos, como Santa Teresa de Ávila o los más sencillos santos como Santa Teresita del Niño Jesús, eran bien conscientes que para llegar a la completa unión con Dios era necesario el reconocimiento de la propia debilidad.

Sin embargo, esta debilidad absolutamente negativa para el hombre moderno, se hace positiva para el creyente. En esa curiosa ecuación en el que el Infinito se suma a la debilidad de una persona el resultado es el Infinito. Él era, es y será nuestra Fortaleza en los momentos oscuros que atraviesa la Iglesia en estos tiempos. Sigamos confiando, creyendo y luchando, sabiendo que la victoria está en manos de nuestro Rey, y exclamemos como San Pablo:

¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!

Belén Gómez Carmena

 

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