¿Qué hay detrás de la Guerra Cultural?

Son ya muchos los pensadores cristianos (sobre todo de índole conservador), que nos hablan de que estamos inmersos actualmente en una contienda, una batalla, la llamada “Guerra Cultural”. ¿Pero de dónde procede éste término y cuál fue su evolución hasta la actualidad? ¿Se puede realmente aplicar a la teología cristiana o en realidad es una farsa de los liberales capitalistas para desviar la atención de lo realmente importante? Aquí analizaremos las diferentes formas de explicar esta guerra cultural desde la mirada conservadora (conservador en sentido concreto) y la tradicionalista.

El término tiene su origen en la palabra alemana Kulturkampf, que se acuñó en algunos periódicos alemanes en la década de 1870 para describir los enfrentamientos de ideas políticas y religiosas durante el imperio de Otto von Bismarck contra la influencia de la Iglesia Católica.

Desde entonces, este concepto ha estado muy presente en Estados Unidos, recuperado por los neoconservadores para englobar su oposición a ideas progresistas como el aborto, el matrimonio homosexual, el feminismo radical, la inmigración, etc. Ideas que en muchos casos contradicen la tradición de la enseñanza de la Iglesia desde milenios; que defiende la vida y la familia natural.

El marxismo cultural como chivo expiatorio

Estos pensadores conservadores hablan del llamado marxismo cultural, y ponen la base de las ideologías modernas en un recorrido filosófico que tiene su origen en Marx. La lucha de clases marxista basada en la revolución de los medios de producción se habría dado la vuelta, sobre todo gracias a la filosofía de postmarxistas como  el italiano Gramsci o los alemanes de la Escuela de Frankfurt, de manera que ahora no sería la estructura material la que influiría en la superestrucutura ideológica sino al revés. Es decir, es necesaria la revolución de las ideas y costumbres para cambiar realmente el mundo.

Estos pensadores conservadores se inclinan por la democracia cristiana y una cierta defensa del capitalismo como oposición al comunismo, proveniente, quizá, de la Guerra Fría.

Dice el politólogo Agustín Laje en cuanto a Gramsci:

La idea de “hegemonía” en Gramsci ha superado, en este orden, la mayor parte del economicismo que aquélla contenía. ¿Por qué? Porque ahora la hegemonía precisará en adelante de un accionar cultural que Gramsci llamará “intelectual-moral”: la hegemonía se realiza generando cambios al nivel cultural, y no es una simple alianza económico-política como pregonaba Lenin, ni es la asunción de tareas externas a la propia clase como planteaba Plejanov. La hegemonía en Gramsci se da en un terreno de gran trascendencia: el de los valores, creencias, identidades y, en definitiva, el de la cultura.

En busca del origen del ¿marxismo? cultural

Sin embargo, los tradicionalistas católicos dan una explicación basada en las ideas políticas y religiosas. Niegan la existencia del marxismo cultural, y frente a ello explican las ideologías modernas por el liberalismo, es decir, la exagerada libertad del hombre por encima de la ley de Dios, la cual le hace revelarse contra Él y crear su propia realidad.

La Cristiandad de la Edad Media habría sido truncada por la Reforma Protestante y las ideas ilustradas que dieron lugar a la Revolución Francesa; consiguiéndose la entrada de la democracia en las antiguas monarquías, y con ella, el relativismo moral por la permisión de las ideas erróneas por la sucesión de partidos políticos.

Afirma Miguel Ayuso que:

En cuanto al pensamiento tradicional no es sino la oposición a la revolución, entendida como acción descristianizadora sistemática por medio del influjo de las ideas e instituciones políticas. De consuno la filosofía política clásica y la doctrina social de la Iglesia han consistido en una suerte de “contestación cristiana del mundo moderno”. Hoy, no sé hasta qué punto su sentido histórico –el de ambas, aunque de modo distinto– está en trance de difuminarse, pero en su raíz no significó sino la comprensión de que los métodos intelectuales y, por ende, sus consecuencias prácticas y políticas, del mundo moderno, de la revolución, eran ajenos y contrarios al orden sobrenatural, y no en el mero sentido de un orden natural que desconoce la gracia, mas en el radical de que son tan extraños a la naturaleza como a la gracia.

Los liberalismos

Para cierta aclaración, quisiera clasificar los diferentes tipos de liberalismo, y su conformidad o no con las ideas de la enseñanza de la Santa Madre Iglesia:

El Liberalismo económico, también llamado por algunos capitalismo, defiende una economía absolutamente libre, es decir, sin ningún tipo de intervención por parte del Estado u otra entidad. Sus defensores afirman que lleva a la riqueza y al progreso. Muchos pensadores católicos han buscado otras alternativas arguyendo que esta lleva al individualismo y al consumismo. Es el caso de Gilbert Keith Chesterton y Hillaire Belloc, cuya alternativa basada en la doctrina social de la Iglesia es el distributismo.

El Liberalismo moral, por otro lado, es la línea ética que exalta la libertad por encima del Bien; o destruye el Bien para exaltar la libertad; cuando en realidad la libertad es el medio que nos dio Dios para alcanzar el Bien (el Bien es el fin último para la libertad). Al desaparecer el Bien de la ecuación, el hombre caerá en un voluntarismo sin sentido que le llevará a guiarse por sus deseos primarios en un egoísmo individualista y un nihilismo sin precedentes. Un católico no puede ser liberal moralmente hablando, pues va en contra de la doctrina de Dios. Una de las consecuencias es  la actual ideología de género.

El Liberalismo político, por último, es la línea de pensamiento político que defiende la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de conciencia, muy ligado al pensamiento democrático. La mayoría de católicos demócratas están a favor de este. Sin embargo algunos afirman que este puede llevar al relativismo; y que es el principio del liberalismo moral. Se plantean las preguntas: ¿todas las ideas son igualmente válidas, aún en una democracia? La Verdad siempre supone una jerarquización de las ideas.

Las ranas del Apocalipsis

Teniendo todo esto en cuenta, se podría decir que mientras que los conservadores están en contra del liberalismo moral, sí están a favor del liberalismo económico y el liberalismo político. Y esto es precisamente lo que les critican los tradicionalistas.

¿Cuál es la conclusión? Tanto el capitalismo como el socialismo acaban por degenerar la sociedad si no tienen en cuenta a Dios. Ambos se volverán esencialmente materialistas y querrán crear el paraíso terrestre sin Él. Pero sólo aquel que quiera alcanzar la Ciudad Celestial conseguirá construir una ciudad terrenal.  Sobre esto es realmente profético Leonardo Castellani, que, además de afirmar que el comunismo, el catolicismo liberal y el modernismo son las tres ranas del Apocalipsis, compara el comunismo con la herejía albigense:

Sus jefes hacían gala de austeridad y desinterés y se autodenominaban perfectos o puros; los otros, los creyentes, hacían vida desordenada, la fornicación y el adulterio les eran permitidos, desechaban los sacramentos, difamaban el matrimonio, condenaban el derecho de propiedad y se salvaban por la imposición de manos de los perfectos.

¿Guerra cultural?: combate espiritual

La tradición de la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha condenado tanto el liberalismo (sobre todo el moral, aunque algunos Papas se podría decir que también el político), como por ejemplo en los cinco últimos puntos del Syllabus y la encíclica Quanta Cura de Pío IX; como el comunismo, como se puede deducir por el Pontificado del Papa San Juan Pablo II, y que el mismo Pío IX ya condenó en su momento. También se ha criticado desde la Iglesia el capitalismo como deseo desmedido de riquezas, como se puede ver en la Rerum Novarum de León XIII.

También numerosos santos hablan de la batalla espiritual, la eterna lucha que se da entre el Bien y el mal hasta el deseado regreso a la Tierra de Nuestro Señor Jesucristo; en el que todo deseo de destrucción y de odio será expulsado al abismo, y vendrá a nosotros al fin El Reino de Dios.

Y ciertamente los católicos debemos luchar en esta batalla, con toda nuestra oración y toda nuestra fuerza e inteligencia.

Dice Peter Kreeft, americano tomista, que esta guerra cultural es, en realidad, la misma guerra espiritual; que ataca lo más íntimo de la esencia del hombre, y que se está colando de manera sibilina en las almas de los más pequeños de mano de la cultura.

En cuanto el hombre esté sano espiritualmente, también lo estará culturalmente, pues toda obra cultural o artística es reflejo de la profundidad del espíritu que crea. Así como la complejidad, belleza y perfección del universo nos hablan de la inmensidad de Dios, así nuestra cultura hablará de nuestro interior. Por ello comportémonos rectamente, buscando la santidad y luchemos por poner a Dios en su lugar, tanto en el centro de nuestro corazón como en el centro de la sociedad. Y todo el resto, (consecuencia del liberalismo o del marxismo), se nos arreglará por añadidura.

Belén Gómez Carmena

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