Historia de la literatura: Vanguardismo Tristan Tzara

En la literatura siempre se estudiarán las relaciones entre la forma y el fondo; el tema y la forma de expresar este. Esto ocurre porque el Bien, la Verdad y la Belleza están íntimamente unidos en Dios; y por ello la estética estará muy unida a la ética.

A lo largo de la historia de la literatura ha habido numerosos cambios en la manera de expresar los diferentes temas; y curiosamente todos estos cambios han coincidido o han ido acompañadas por cambios en la concepción del ser humano y de la sociedad.

Primer cambio: el Renacimiento

El primer ejemplo se dio en el Renacimiento, que dio lugar a disputas en España entre los que defendían los versos tradicionales castellanos y los que introducían las nuevas formas italianas de la escuela de Sicilia tales como el soneto o la lira.

Precisamente Petrarca, el famoso poeta italiano, fue el que dio nombre a la Edad Media como época oscura entre la Edad Antigua y la Edad Moderna. Ellos defendían un humanismo basado en los clásicos. Uno de los escritores que entró en esta disputa fue Cristóbal de Castillejo (1490-1550?), el cual, en su Sátira contra los que dejan los metros castellanos y siguen los italianos, dijo octosílabamente, así:

Por supuesto, y gracias al Cielo, los renacentistas siguieron creyendo en Dios y confiando en los ideales de los tres trascendentales. Todos conocemos como la lira sería utilizada por Fray Luis de León o la silva por San Juan de la Cruz; estas formas no estaban exentas de belleza.

El Romanticismo

Sería en el Romanticismo donde encontraríamos ya un claro deseo de romper con las reglas morales a la vez que con las reglas artísticas.

Los románticos serían los promotores de la exaltación del yo creador por encima de todo, sin ninguna barrera ni límite. El filósofo Nietzsche sería el que, en esta línea, propusiese la muerte de Dios para conseguir esta libertad omnipotente.

Sería entonces cuando se produciría el famoso cambio de paradigma en la literatura, concebida antes como imitación de los grandes modelos para pasar a ser la originalidad y la subjetividad como principales líneas de creación artística. Aquí tendríamos ya el principal problema de la modernidad, pues ¿qué nuevos valores encontraremos si hemos perdido a Dios, fuente de los valores?

Pero en los poemas románticos aún encontramos un deseo de absoluto, eternidad y Belleza que quizá les salve. Un ejemplo podría ser el escritor francés Víctor Hugo (1802-1885), conocido por su defensa de la Revolución Francesa pero que introdujo elementos católicos en sus obras como la conversión de Jean Valjean en Los Miserables, lo que se ve en el siguiente poema claramente romántico La tombe dit à la rose:

Vanguardismo: desaparición de la belleza

Sería con la llegada de las Vanguardias donde las ideas de Nietzsche se harían forma poética. Los vanguardistas no solo querían romper con las reglas establecidas para formar otras, sino que querían destruir la forma, y con ella el sentido que siempre la acompaña.

De ahí que escogiesen el verso libre, el léxico oscuro y las metáforas extravagantes. Realzaron el desorden, el azar y la locura. No queda aquí ni siquiera rasgos bellos formalmente hablando. Desaparece la Belleza, y con ella el Bien y la Verdad; pues no hay nada que valga la pena comunicar al otro. De ahí que Tristan Tzara (1896-1963) escribiese en su Manifiesto Dadaísta:

«Que grite cada hombre: hay un gran trabajo destructivo, negativo, por cumplir. Barrer, asear. La limpieza del individuo se afirma después del estado de locura, de locura agresiva, completa, de un mundo dejado en manos de bandidos que desgarran y destruyen los siglos. Sin fin ni designio, sin organización […]»

Los vanguardistas realizaban experimentos para crear literatura, como la creación colectiva; en la que cada uno de los presentes escogía una palabra al azar y se mezclaban dando lugar a un verso; sin embargo ese verso estaría intrínsecamente vacío pues no contiene fondo; y la forma sin fondo pierde completamente el sentido.

El vanguardismo es pues el reflejo de una sociedad sin ideales, perdida en un universo que ya no le habla, como hacía a los medievales. Ojalá que el mismo vacío que se encuentra en sus obras les lleve a una búsqueda; que al igual que la de San Agustín, les conduzca finalmente a  exclamar extasiados:

¡Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! 

Belén Gómez Carmena

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