Por todos es conocida la obra pictórica, enmarcada dentro de las Pinturas Negras, de Francisco de Goya en la que Saturno, con una expresión terrible –a mí siempre me dio la sensación, de que, de alguna manera, nos suplicaba clemencia, que le arrancáramos de ese infierno en el que vive– devora inmisericorde a su hijo. Es, realmente, una obra aterradora, muestra de un filicidio y, además, caníbal, contrario a cualquier idea de Civilización, pero con un singular simbolismo, sobre el que se han dado multitud de explicaciones. No obstante, no es propósito de este artículo el análisis de esta obra, sino su utilización como punto de partida metafórico para explicar un fenómeno en el que estamos inmersos hace ya algún tiempo.

Goya pintó a Saturno devorando a su hijo, sin embargo, en la modernidad ocurre más bien lo contrario. En dos sentidos: primeramente, es la propia posmodernidad –hija natural y resultado lógico-formal de la modernidad– quien devora, en bloque, a la modernidad. En segundo lugar, tanto ayer, en la modernidad;  como hoy, en la posmodernidad, es sencillo constatar cómo cada nueva ideología ha ido devorando a la anterior. Han hecho de la falacia ad novitatem una premisa fundamental: sostienen que una idea es mejor que otra por ser más nueva.

La dinámica de la Revolución

Nos podemos imaginar, ya de primeras, que, utilizando como premisa una falacia, los argumentos que puede tener alguien para defender el progresismo van a ser extremadamente endebles. Cada ideología nueva es hija de la anterior, pero se rebela contra ella. No es más que, a fin de cuentas, la dinámica de la Revolución. Una dinámica fácil de entender y que ha sido magistralmente explicada en infinidad de ocasiones. No obstante, intentaré, humildemente, dar algunas pinceladas en este sencillo artículo. No necesariamente explicar este fenómeno en su totalidad, sino comentar algunos detalles del mismo.

Parece fácil de comprender que al partir de premisas relativistas, al no tener un puerto fijo del que se parte, unos mínimos comunes, el caos y el desorden van a ser norma. Lo que ayer era maravilloso, hoy es abominable; así que el que ayer era un incansable y admirado luchador por las libertades, hoy no es más que un carcamal pasado de rosca.

Feministas VS feministas

Un ejemplo clarificador hasta el extremo de estas chifladuras anticientíficas propias del progresismo han sido las polémicas dentro del feminismo, con Lidia Falcón o con Lucía Etxebarria como víctimas. Como imaginará el lector –y a riesgo de parecer algo soberbio o presuntuoso– las peleas de enanos mediocres no me importan lo más mínimo y, naturalmente, no les he prestado excesiva atención. Podría parecer, a priori, algo anecdótico, una discusión más en ese mundo de neuróticos, pero sí que tienen algo de interesante. Son el patrón que se repite constantemente en las sociedades relativistas nacidas de las revoluciones liberales.

El feminismo es, como a nadie se le escapa, uno de los puntales del progresismo, su actor estrella. Es por eso lógico que las características esenciales, incluso fisiológicas, del progresismo se desarrollen prácticamente en plenitud en el feminismo.

Así vemos como una de las mujeres más importantes de la historia del feminismo en España, Lidia Falcón, es atacada inmisericordemente por otros feministas más progresistas y más modernos que ella. Ayer, ella era progresista, hoy, en cambio, las tornas han cambiado. ¿Por qué? Porque ella defiende el progresismo de hace X años, pero que hoy ya ha quedado desfasado. Lo mismo ha ocurrido con Lucía Etxebarría y su oposición a la deriva absurda del trato del transexualismo dentro del feminismo. Las ideas que ellas originalmente defendían, han ‘evolucionado’, han seguido transitando la vía del progreso y se han vuelto contra ellas mismas. Ellas son Saturno y sus hijos –o hijes– se las han comido.

Progresismo y conservadurismo…

El progresismo no defiende nada concretamente, ninguna realidad exacta, sólo toma como partida unas premisas generales: el dualismo entre ética y política, la reducción de la religión a la esfera privada –clara influencia protestante, como en todas sus propuestas e ideas–, la ética subjetiva, el individualismo… Para conseguir unos fines: atomización y descristianización de la sociedad, disolución de los vínculos sociales orgánicos (la familia, sobre todo)… en última instancia: deshumanizar a la persona. Así pues, va dando pasos en esa dirección.

Su error contrario –el conservadurismo– busca conservar los pasos dados hasta ese momento. Decía el inigualable Chesterton que el mundo moderno se divide en conservadores y progresistas. Por un lado, la labor de los progresistas es cometer errores, uno tras otro. Por otro, la labor de los conservadores es evitar que esos errores se corrijan. Así que, efectivamente, se puede decir que el conservadurismo es progresista, ya que acepta las tesis liberales, modernas etc., pero es un progresismo con retraso.

…en España

En España hemos recibido una lección magistral los últimos 45 años por parte del PSOE y del PP. El PSOE propone algo, el PP se posiciona en contra. El PSOE lo saca adelante, el PP lo acepta. El PSOE propone algo nuevo, el PP vuelve a posicionarse en contra porque defiende ese algo anterior propuesto por el propio PSOE. El PSOE saca adelante ese algo nuevo. El PP lo acepta. Parece un trabalenguas, pero es el drama partitocrático. ¿Qué diferencia hay entre ambos partidos? Sencillamente, el PP es el PSOE con unos años –cada vez menos– de retraso. O sea, diferencias temporales, no de ideas o principios

 Así pues, como digo, son, a fin de cuentas, etiquetas vacías, simples marcas temporales: el progresista defiende lo nuevo, el conservador lo antiguo. Así pues, como ejemplo, aún a riesgo de resultar redundante en tan evidente tema, podríamos hablar del drama descorazonador del aborto.

El aborto como paradigma

La ley del aborto de Felipe González de 1985 era progresista; hoy, defender aquello es ser conservador. El resultado, como no podía ser de otra manera, es la imposición paulatina de la agenda progresista –aterradora, enfermiza y totalmente demoníaca– con la inexcusable colaboración de los conservadores; necios a veces, cobardes siempre. ¿No creen ustedes que una persona, para obrar correctamente, debería tener unos principios, unos valores y una ética que sean inamovibles? Más allá de que la aplicación de estos en cuestiones políticas o económicas pueda ser, en cierto grado, variable. ¿No les parece a ustedes, al menos a los que tienen dos dedos de frente ­–o incluso medio– que la postura respecto al asesinato de niños inocentes de manera brutal e inmisericorde no debería tener una correlación con el año en el que estamos? ¿Cómo de torpe –muy benévolo estoy siendo con dicha calificación– hay que ser para pensar que asesinar niños puede convertirse en algo bueno por algo tan relativo como el tiempo? Como si el tiempo indicara algo, más allá de una magnitud física para medir la duración o separación de acontecimientos. Espero que los lectores más doctos y versados en la materia puedan perdonar las digresiones constantes –las hechas hasta ahora y las que vienen– a temas tan banales como los partidos, las ideologías posmodernas o grupos-sectas de diverso pelaje, pero es una manera fácil de explicar según qué cuestiones teóricas o filosóficas, pese a que, indudablemente, haga algo más zafio este escrito. Sacrificaremos –como excepción extraordinaria, que quede bien remarcado– belleza por utilidad.

Constitucionalismo

Otro ejemplo estrella de esto es la sacrosanta, intocable e idolatrada, como el becerro de oro, Constitución de 1978. Recordemos que cuando se aprobó, recibió apoyo expreso del  independentismo –con la excepción de algunos sectores, de justicia reconocer que mayoritarios, del separatismo etarra y sus análogos en diversas regiones–, del comunismo y de toda la izquierda en general, además del centro y los sectores más liberales y moderaditos de la derecha. O sea: la anti-España. Huelga decir que ni siquiera Alianza Popular apoyó en bloque a la Constitución y la postura oficial del partido motivó la escisión de los sectores católicos y patriotas.

¿Quién estuvo en frente? Pues, por un lado, la derecha conservadora y, por el otro, las fuerzas católicas, patrióticas y tradicionalistas, al margen de su adscripción partidista; las llamadas fuerzas nacionales. Esto es lógico, ya que el texto constitucional tenía un marcado carácter progresista. Hasta aquí todo bien. Lo interesante es revisar quien apoya, más de 40 años después, la perfecta, excelsa y orgásmica Carta Magna. ¿Quién esgrime con más fiereza y tesón la defensa de un texto considerado, hace 40 años, progresista? Ah, sorpresa, ¡los conservadores!, los antaño opositores.

Los hijos devorando a sus padres

Lo que hace cuatro décadas era progresista hoy se convierte en conservador, porque los progresistas han ido avanzando con la imposición de su agenda. Así, ahora, los progresistas hablan, los más moderados, de reformar profundamente el texto; los más extremistas, de derogarla o reescribir una nueva más acorde, como no, a los tiempos que corren. Como si fueran los tiempos quienes nos dijeran, como una especie de poder totalitario y tiránico, que debemos pensar. Es lo que tiene, decíamos, el relativismo. De nuevo, la inversión del cuadro de Goya, los hijos de la Constitución y del Régimen del 78 devoran a sus padres. Por otro lado, el tercero en discordia, el tradicionalismo, el patriotismo, el catolicismo político, sigue oponiéndose frontalmente a esta Constitución y a este Régimen. La desaprueba por, refresco la memoria, todo aquello de los valores eternos, el bien, la verdad, la Religión y demás cuestiones no sujetas a cambio, mucho menos por algo tan ramplón como el tiempo. ¿Qué le importara a la verdad el patrón con el que medimos una magnitud física?

Desde el tradicionalismo, al ser Dios el origen legitimador, en última instancia, de este corpus doctrinal, se lleva defendiendo los mismos principios siempre, pues se defienden realidades científicas, objetivas, antropológicas, no sujetas a cambio por algo tan intrascendente como es el devenir de los acontecimientos –Dios, patria, familia, orden, trabajo, heroísmo, santidad, sacrificio, ética, belleza–. ¿Deja el hombre de ser hombre porque sea un año u otro? Si el hombre sigue siendo hombre, si la antropología no cambia, ¿por qué iban a cambiar cuestiones que, realmente, dependen únicamente de que el hombre siga siendo hombre? Si decíamos hace unas líneas que los conservadores defienden lo antiguo y los progresistas lo nuevo, el tradicionalismo defiende lo eterno, lo atemporal.

Una época líquida

Vivimos en una época líquida, sin apenas realidades sólidas a las que adherirnos y este es un ejemplo clarísimo. La Revolución –aclaración para lectores: cuando hablamos de Revolución nos estamos refiriendo a la disrupción que se da en el devenir de los tiempos, al interrumpir la tradición (el proceso de transmisión que veremos más adelante) con las revoluciones liberales y su posterior desarrollo hasta nuestros días–  no espera y, esto es muy importante, el progreso no se puede paralizar indefinidamente –efectivamente, amigo lector, el conservadurismo liberal es una payasada anticientífica de dimensiones siderales–.

O lo rechazamos de pleno o nos subimos a su barco, sin solución de continuidad, hasta donde nos lleve. Realmente, sólo hay esas dos opciones. Por eso, demuestran no haber entendido nada quienes defienden ideologías modernas, mientras rechazan la deriva lógico-formal de sus propias ideologías modernas, que no es otra que la posmodernidad. Es aquello que dijo Vázquez de Mella: «poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias». O sea, nos gusta el 2+2 pero rechazamos el 4.

Así pues, sí queremos ser coherentes y tener un pensamiento sin excesivas contradicciones sólo se abren dos puertas: el progresismo o el tradicionalismo. Si bien la primera es falsa –niega la antropología y, por resumir, prácticamente todos los saberes científicos– no cae en contradicciones absurdas –bueno, en realidad sí, pero no tanto–, como el conservadurismo o cualquier ideología que se erija en antiposmoderna.

El error de la posmodernidad

Ciertamente, las ideologías modernas sí hacían un intento de revestir sus ideas de científicas u objetivas, aunque erraran constantemente, por sus puntos de partida idealistas y, directamente, falsos. Pero, verdaderamente, intentaban tener un pensamiento científico y razonado, aunque el asumir las premisas de la modernidad hace que, inevitablemente, erraran el tiro. Por lo que podríamos considerar al marxismo o al liberalismo como pseudocientíficos, pero ideas con las que puede haber una cierta confrontación dialéctica.

Sin embargo, los posmodernos dan una vuelta de tuerca más al asunto. Tienen un problema grave: no defienden realidades objetivas. No tienen premisas científicas sobre las que empezar a trabajar. Defienden opiniones, sentimientos, emociones, percepciones subjetivas… pero sin tener necesariamente ningún nexo de unión con la realidad. Por ejemplo, la idea tan en boga y financiada con millones y millones de euros por el poder, del antiespecismo. Esa idea que iguala en derechos –y yo me pregunto, ¿qué pasa con los deberes?– a un pez con un hombre. O la idea de que un torero es un asesino por matar un toro. ¿Cómo confrontar con gente que tiene un pensamiento tan anticientífico? ¿Cómo debates con un tipo que, donde tú pones ciencia o razón, él pone sentimientos o emociones personales?

Es gente, a fin de cuentas, que está rechazando, como digo, la ciencia –todo tipo de ciencia, ya sean sociales o naturales, desde la antropología a la medicina, pasando por el derecho– como fuente del saber. Si la Tradición defendía la fe y la ciencia ­–fides et ratio; o sea, el llegar a la Verdad mediante la revelación divina y mediante nuestra razón, la de los hombres. Dos caminos, una Verdad–, la modernidad ya negó la Fe y se quedó sólo con la razón ­la –principal causa de su error. Dijo Chesterton: «quitad a un hombre lo sobrenatural y no quedará lo natural, sino lo antinatural»–, pues la posmodernidad niega, claro, la Fe, pero además, niega también la ciencia, la razón.   

Black Lives Matter

Los ejemplos son infinitos, tratemos, por seleccionar uno, el movimiento Black Lives Matter, que niega las estadísticas más elementales. Niega el porcentaje de blancos asesinados por la policía, niega las cifras de negros asesinados por negros, niega las cifras de blancos asesinados por negros, niega la correlación evidente entre que un negro acabe en la cárcel y la ausencia de figura paterna durante su infancia –recordemos que uno de los objetivos principales del progresismo es, precisamente, ese, la destrucción de la familia–, niega que la tasa de criminalidad entre negros ricos es mayor que entre blancos pobres (lo cual echa por tierra la absurda idea reduccionista de que el principal factor que explica la delincuencia es el nivel de renta) y un sinfín de cuestiones.

Pero no es que las niegue porque no se las crea y plantee otras, haciendo un ejercicio de revisionismo. Lo que hace es situar un sentimiento de opresión –introducido artificialmente– y una serie de emociones subjetivas, por encima de realidades objetivas. Es una extraña y patológica manera de pensar que sostiene que una opinión personal y subjetiva está por encima de la verdad.  O sea, de nuevo, para desmontar el movimiento BLM, ¿qué necesitamos? Ciencia, sencillamente. Pero no imaginen ustedes batas blancas y probetas, sino la ciencia más elemental, más básica. Saber, por ejemplo, entender una gráfica, como es capaz de entenderla cualquier ser humano de más de 9 o 10 años. No existe mucho debate en esto, sabemos que son movimientos ideológicos que se fundamentan en la mentira para manipular emocionalmente a los sectores más débiles y mediocres de la sociedad. De lo que se podría hablar algo más es de por qué se hace, a qué intereses obedece etc., lo cual, no es objetivo este pequeño escrito, aunque se hayan dado, indudablemente, algunas pistas.

Otro ejemplo, también vinculado a la negación científica de estadísticas para poner sentimientos o emociones personales –en este caso, como en el anterior, el de sentirse oprimidos. No hay base científica para ello, pero han inoculado ese veneno entre los enanos de nuestras sociedades, que llamamos habitualmente ‘progres’– es la Ley de Violencia de Género, enmarcada dentro de un tema más amplio como es la ideología de género, merecedora de los mismos calificativos que venimos aplicando hasta ahora.

Movimientos dirigidos

En fin, creo que hay un número enorme de casos, que el lector conocerá, por lo que no vamos a entretenernos en estos  movimientos de una zafiedad y una mediocridad tan extrema, ejemplos toscos y chabacanos, que no me gustaría que enfangaran y ensuciaran con su vulgaridad un tema tan maravilloso como la filosofía y la historia de las ideas, que ha de ser punto de encuentro para gente que aspire a cuestiones superiores. Baste decir que no son más que movimientos dirigidos, de corte anticientífico y antinatural, que apelan los sentimientos de los más débiles para conseguir tontos útiles con los que imponer su agenda progresista, cargada de odio, maldad y resentimiento. Se trata de conseguir destruir el amor, la confianza, las sociedades cohesionadas y homogéneas y las formas más elementales de organización orgánica del ser humano, como es la familia, y, en última instancia, todo lo bueno, bello y verdadero que este mundo tiene.

Otra evidencia que se desprende de lo que comentamos es la atomización –tendencia ya acusada, claro, durante la modernidad– hasta el extremo en el pensamiento posmoderno. Quien comenzó esto fue el protestantismo, como muchos supondrán, y es hoy palpable a ver la cantidad de congregaciones que existen, cada una con una idea distinta, claro. Desaparecen por completo el principio de jerarquía y el principio de unidad – ¿Dónde se ven aún hoy estos principios? en el Ejército y en la Iglesia, las dos instituciones más atacadas y que, poco a poco, están consiguiendo desinflar. También se veía en otras, hoy ya fenecidas, como la Monarquía–.

¿Sectas?

Todo ello da un lugar a un millón de sectas, que a su vez se dividen en otro millón de sectas, siendo el ejemplo más claro el feminismo –hay otros muchos, como el animalismo–, con sus mil variantes, enfrentadas entre ellas, incluso violentamente como vimos en el 8M de 2019, donde una feminista de raza blanca fue agredida por una de raza negra ­–al paradójico grito de, perdonen el exabrupto, « ¡Racista! ¡P*** blanca!»– al ocupar en la manifestación un lugar que no le correspondía, ya que no formaba parte del grupo «racializado» ­–el feminismo racializado es uno de las múltiples sectas neuróticas en las que se divide el, ya de por sí neurótico, feminismo–. Vemos, por enésima vez, los hijos devoran a Saturno.  No querría pecar de soberbio, pero creo que esto le debería parecer demencial a cualquier persona medianamente normal, sin embargo, la gran mayoría de españoles dan su apoyo –tácito o expreso– a estas actitudes propias de frenopático.

Claro que, como decíamos, el posmodernismo busca devorar todo lo anterior, a sus padres. Por eso son, por ejemplo, –pese a que alguno le implosione la cabeza– fervientemente anticomunistas y fervientemente antiliberales, si nos atenemos, claro, a la concepción clásica de ambas ideologías, y no a las tesis revisionistas que las han retorcido, para, precisamente, llegar al pensamiento único de hoy, el progresismo posmoderno. Porque, claro, resulta que el propio progresismo posmoderno es el hijo natural de estas ideas. Parte de sus mismas premisas, a fin de cuentas. Es como un padre que ha malcriado a su hijo y ahora se queja de que éste le maltrate o se aproveche de él, pero, para más INRI, el padre aún sostiene –pese a ver, y condenar, los catastróficos resultados– que a su hijo le dio una buena educación. Tronos a las causas…

Es un pensamiento anticientífico –en tanto que absurdo e ilógico– y más propio de un manicomio que de una sociedad de hombres libres. Pues en eso se mueve una aplastante mayoría de los miembros de las sociedades occidentales, máxime en un país tan sumamente y desquiciadamente progresista como el nuestro.

Adanismo, soberbia y narcisismo

Es detectable, por encima de otra cosa, –y creo, firmemente, que es el quid de la cuestión y la parte más importante del tema que hoy tratamos– un profundísimo rasgo de adanismo, que lleva aparejado, como no podía ser de otra forma, una profunda soberbia y un tremendo narcisismo. En las ideologías modernas, por supuesto, pero más aún en las ideologías posmodernas. El adanismo es una tendencia a comenzar una actividad sin tener cuenta los avances que se hayan hecho anteriormente. Es decir, rechazar todo el conocimiento descubierto, y transmitido de generación en generación, por nuestros antepasados. Literalmente, eso es la Tradición, la transmisión del saber –curiosamente tradición viene del vocablo latino «traditio» que significa «transmisión»–. Creo que es palpable donde está aquí la soberbia y el narcisismo.

Por eso, es cuánto menos gracioso como en nuestra actual sociedad se crean debates sobre temas que, por ejemplo, Aristóteles superó hace ya miles de años. Además, curiosamente, el progresismo posmoderno no es que busque crear su propia tradición, como sí hicieron, de alguna manera, las ideologías modernas. Es decir, diversos autores iban sumando sus aportaciones y conocimientos a la «nueva tradición» liberal, comunista… palpable, por cierto, de nuevo la atomización: la Tradición frente a las ‘tradiciones’. Pero, como decíamos, el progresismo posmoderno ni siquiera aspira a eso, ya que, literalmente, cada ideología nueva rechaza a la anterior… y más aún, cada actualización de cada ideología rechaza lo que habían construido los predecesores de su propia ideología. ¿Ejemplos? De nuevo, las feministas más progres atacando a las feministas más ‘clásicas’, como comentábamos de Lidia Falcón. Los hijos vuelven a devorar a Saturno…

Reírse de la normalidad

Por esto, precisamente, son los progresistas quienes viven en las cavernas y no los trasnochados, carcas y casposos –entiéndase la ironía de tales adjetivos– tradicionalistas. Porque el progresista es un tipo que rechaza todo lo anterior y se vuelve a situar en el principio: en la cueva. El tradicionalista recibe la transmisión del conocimiento legada por los antepasados, ya sean los grandes pensadores o un sencillo agricultor arando su tierra, y busca perfeccionarlo, embellecerlo, añadir nuevos atributos –sin que entren en colisión con lo recibido– que harán que entregue a sus descendientes y a las generaciones venideras una herencia mejor que la recibida. Se detecta, en el pensamiento tradicional, esa idea de humildad. Humildad para aceptar lo que los otros hicieron, vernos atados a ello –pero no como una especie de castigo, sino como una realidad antropológica, exactamente igual que una madre está atada a sus hijos– y no caer en esa tentación narcisista de que cientos de generaciones estaban equivocadas y que los listos somos nosotros.

Les confieso, y con esto acabo, que a mí me produce una incontenible risa –a veces desazón, también es cierto– ver a mediocres, tontos, ignorantes, codiciosos, egoístas, cobardes… criticar, con una tranquilidad y un sosiego terroríficos, a grandes filósofos, artistas, héroes militares… hombres que tras tantos siglos aún resuenan en los ecos de nuestro propio ser, aunque tamizados por la constante propaganda progresista -adanista. O sea, hablando en plata, vemos a jóvenes y adultos que lo último que han leído es la lista de la compra criticando la doctrina de Aristóteles, además mediante simples opiniones, claro. Dijo el poeta francés Robert Brasillach que si buscábamos justicia en vez de tranquilidad en este mundo democrático, haríamos mejor en suicidarnos. Decía, que para vivir hoy –y eso que fue asesinado, por los adalides de la tolerancia, en 1945, así que se ahorró muchos disgustos– había que saber reírse de la estúpida realidad. Como somos católicos, lo del suicidio es impensable, así que no queda otra, amigos, que reírnos de esta estúpida –y amarga, añado yo– realidad.

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