Este fin de semana pasado (13-15 de septiembre) pudimos asistir a una de las más intensas manifestaciones de la fe católica y juvenil en lo que lleva de año. Esto fue la peregrinación a Fátima que ya veníamos anunciando aquí, y que por fin tuvo lugar. Copiamos al respecto un escrito publicado en Paso al frente por Angel Romero:

 

Sangre que se desborda. Juventud que se atreve. ¿Cabe mejor definición en ocho palabras? Ha sido Fátima, bajo el signo del Amor de nuestros Padres, una avalancha de entusiasmo. Un mar de sentimientos rebosantes que ha roto, vehemente, los diques de la distancia y el desasosiego.

Unidos por algo más elevado que un mundo endiosado y soberbio que sólo cree en sí mismo. Unidos en el Amor que viene de lo alto, con el afán de hacernos pequeños para caber en el regazo de nuestra Madre. Una Madre que viajaba con nosotros, desagraviada y orgullosa del cariño de sus hijos, en un autobús que era todo un convoy de ilusiones, de esperanzas, de sueños individuales y colectivos. Una riada de Gracia arrasando y venciendo al siglo infame.

Lugares evocadores, bellos, repletos de una santidad buscada por jóvenes débiles pero a la vez fuertes, sencillos, puros de intenciones y de corazón, ansiosos de amar a sus Padres y hermanos más que a sí mismos. Una FAMILIA. Porque sólo vale quien sirve, y sólo ama quien se entrega.

Sonrisas que no eran, como las del mundo, reticencias ni estafas sino transparentes confesiones de amor. Un aire fresco que nos limpiaba los pulmones para para el batallar de la Caridad en atmósferas viciadas. Un cantar joven que era expresión viva de la alegría de vivir sirviendo a lo Alto. Un recogimiento que era disidencia frente a la dictadura del ruido.

Almas ardientes y vivas, felices en el amor que es milicia, en el sacrificio que es salvación, en una Tradición que nunca pasará de moda, en un Dios que nunca muere. Diciéndole al mundo que aquí estamos, con la alegría por bandera frente a sus depresiones y sus drogas.

Volviendo por una carretera que era torrente iluminado por las llamas de esas almas, tomadas del Inmaculado Corazón de la Madre. Desbordando la felicidad, porque no la hemos recibido para que sea sólo nuestra.

Apurando los minutos de un exquisito cansancio y, al fin, la despedida, que aprieta los abrazos en que rebosan, de nuevo, tantos anhelos, tantos deseos, tantas emociones. Muy poco antes, la certera profecía:

“La salvación del mundo está en el corazón de las almas que tienen fe.”

Una fe que es alegre cantar. Que es soñar, y es velar.

Laus Deo.

 

Ángel Romero.

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