No a la guerra contra la familia.

Todas las guerras de la historia pueden considerarse como una misma guerra que ha ido cambiando de actores y de escenarios. Considerada como un arte, o al menos como una habilidad, uno puede observar el recorrido de esa guerra y señalar los recursos y elementos que se le han ido incorporando. Los propios avances de la civilización en una fase concreta de esa guerra, el ambiente moral en la que tenía lugar, la religión de los hombres que luchaban en ella, la tecnología armamentística que se había desarrollado hasta ese momento, junto a mil otras circunstancias de diversa índole, iban cambiando el aspecto de esa guerra y sus resultados.

En la evolución de esa continua guerra, también la táctica se ha ido desarrollando y adquiriendo nuevas formas. Sin embargo, hay tácticas guerrilleras ancestrales que nunca han dejado de utilizarse, aunque se hayan sofisticado, como el principio expresado en la divisa divide et impera, o la maniobra de atacar al enemigo escalonadamente.

En la guerra que cada Estado en particular y la unión de esos Estados en general ha iniciado contra la familia, se utiliza una combinación simultánea de varias tácticas guerrilleras primitivas, aunque para ello se empleen medios modernos. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta del ataque continuo hacia la familia: se la acorrala por todos lados, se la agrede desde varios puntos a la vez, se le infligen toda clase de torturas, se la somete a todo tipo de experimentos, y a toda costa se pretende o evitar que llegue a formarse, o arruinarla una vez formada.

1º Un ataque preventivo: el aborto

Uno de esos ataques contra la familia es preventivo, y tiene lugar con la legalización y promoción del aborto. Con esta ofensiva se intenta que no tenga lugar la creación de la familia, o que no aumente si ya existe, es decir, que no se reúnan quienes, como enemigos, más tarde habrá que intentar dividir. Es otro axioma de la guerra: debe aprovecharse la debilidad del enemigo para atacarle. ¿Qué mayor momento de debilidad que la gestación?

2º Enloquecer a la mujer 

Pero este ataque preventivo no ha podido realizarse de la noche a la mañana, sino que ha sido necesaria toda una ingeniería previa que lo hiciera posible. La mujer no iba a dejar que mataran a sus hijos utilizando como escenario de la carnicería su propio vientre; por lo tanto, había que convencerla de que lo hiciera ella misma, fascinarla con la idea de que destruir el fruto de sus entrañas, de que negar su mayor don iba a empoderarla. Pero sólo una mujer que ha perdido la cordura puede creerse tal monstruosidad, y por eso se necesitaba al feminismo, que demuestra una maestría asombrosa a la hora de enloquecer a la mujer.

No hace falta decir que se consiguió el propósito, y que hoy en día una gran parte de las mujeres participa en su mayor deshonra y desgracia. Pero aunque este ataque preventivo debilita a muchas familias, evitando que lleguen a formarse o que aumenten, no todas sucumben, y es necesario combinar este ataque con otros.

3º El amor convertido en lupanar

Por ejemplo, con el desorden sexual. Podríamos hablar de todos los tipos de aberraciones sexuales que la hidra globalista ha promovido e inculcado entre los jóvenes para atacar a la familia, pero me limitaré a señalar una de sus últimas producciones. En realidad, no sé muy bien cómo llamar a esta nueva aberración, si no es con algún oxímoron como “poligamia no matrimonial” o “infidelidad consentida”. Entre sus adeptos recibe nombres como “poliamor“, “relación abierta” o “libertad sexual”, aunque al fin y al cabo todos ellos son eufemismos para encubrir la actividad típica de un lupanar. De nuevo, como nadie que mantenga la cordura quiere sufrir una infidelidad, había que convencer a hombres y mujeres de que sufrirla y cometerla eran señales de progreso y modernidad. Sólo había que utilizar la lujuria para enloquecerlos, cosa a la que el ser humano suele estar de por sí predispuesto. Por una parte, con esto se conseguía que las familias ya formadas se deshicieran, y por otra, que las que se planeaban formar abandonaran su proyecto.

4º La promiscuidad como base de la unión

Si la promiscuidad ha sido desde siempre una de las principales causas de rupturas, quien pretendía destruir a la familia o impedir que se creara debía convencer a hombres y mujeres de que la promiscuidad podía ser una de las condiciones de la unión. Idea maquiavélica, si no fuera porque al mismo Maquiavelo le hubiera repugnado. Así es como se logra que muchas relaciones empiecen desde su tierno comienzo precisamente con aquello que pone fin a las relaciones incluso más duraderas y vigorosas. Creen que no existe la traición sólo porque está consensuada. 

5º Matrimonio sin Iglesia

Aun así hay hombres y mujeres dispuestos a practicar la monogamia y a tener hijos, por lo que en la guerra contra la familia se reserva un nuevo ataque, que consiste en evitar al menos que contraigan matrimonio por la Iglesia. Y la razón es obvia: siendo el matrimonio católico el que ofrece más garantías de éxito en la unión, quien quiera destruir a la familia deberá impedir que se forme al amparo de la Iglesia católica, que es la más experimentada en su formación y la más celosa contra su desunión. Si debe llegar a formarse una familia, sus enemigos siempre preferirán que lo haga a través de un matrimonio civil, porque es más fácilmente reversible, y porque el Estado que lo “oficia” no tiene ningún interés en ayudar a perpetuarlo en caso de crisis. Por eso (y por muchos otros motivos que sería largo enumerar) el Estado siempre tiene en marcha su arsenal de propaganda anticatólica. Sabe que la familia humana ha sido más sólida y más duradera cuando se ha formado con la bendición de la Sagrada Familia.

6º La eutanasia 

Si ninguno de los ataques anteriores sirve (así como muchos otros que se podrían enumerar), el Estado se reserva su última ofensiva con la eutanasia. En caso de que no haya tenido éxito en separar a una familia, al menos adelantará cuanto pueda la muerte de sus miembros más ancianos o débiles.

Es cierto que, hasta hace muy poco, los hombres tenían la manía de no querer matar a sus abuelos, y hubieran mostrado antipatía hacia cualquiera que tuviera la intención de matarlos. Pero se ha conseguido corregir esta actitud retrógrada. En nombre de la compasión, el mismo Estado encargado de suministrar los paliativos para los enfermos, y de controlar los presupuestos de los fármacos, les ofrece ahora el suicido asistido en caso de que no crean conveniente prolongar el dolor. Por lo que el Estado (recuerden, siempre por compasión, nunca por intereses económicos) no tiene más que mover los hilos de los presupuestos sanitarios para que de inmediato un mayor o menor número de personas soliciten la presencia y acción del verdugo. El dolor maneja la demografía, y el Estado maneja el dolor.

Estos son sólo algunos de los ataques que recibe la familia en el mundo moderno. El análisis podría ser mucho más exhaustivo, pero precisaría el espacio de un libro y no el de un pequeño artículo. He querido esbozar solamente algunas de las características y atributos de esta guerra que se libra diariamente contra la familia, y que tiene a todos los poderes fácticos de su parte.

 Pero no quisiera que este esbozo alimentara la desesperanza. Es cierto que el número de familias es mucho menor, que las que existen son más precarias y están expuestas a más peligros, y que existe una conjura mundial para desincentivarlas. Bien; pero también es cierto que las familias que resisten a todas estas embestidas, y que se sobreponen a esta agresión continua, saldrán de esta prueba más depuradas y con un nuevo vigor.

Ninguna otra familia en la historia habrá tenido que resistir tanto la hostilidad de su tiempo, y por lo tanto ninguna otra será tan firme. Todo lo que pierda en número lo ganará en resistencia, de modo que los mismos medios que se han empleado para destruirla habrán servido sólo para hacerla más indestructible. Al final de la historia, cuando todos sus enemigos hayan muerto, la familia podrá decir aquellas bellas palabras que se atribuyen a san Agustín: “Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido”.

Alonso Pinto

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