Hoy que en España la potestad de los padres comienza a negarse con descaro y el Estado quiere absorber la jurisdicción de la familia, no puedo dejar de dirigirme a cierta gente que nos ha conducido hasta esta situación infame. Es difícil escribir temblando de indignación, pero no quiero que el tiempo y la corrección ahoguen ciertas palabras que sólo se pueden expresar en mi estado actual.

Fuisteis los primeros en aplaudir cuando las cruces fueron descolgadas de las paredes de los colegios, cuando se le negó a la Iglesia cualquier tipo de influencia en la educación pública, y estabais seguros, en vuestra completa ensoñación, de que comenzaba una nueva era que dejaría atrás la ignorancia y el fanatismo del pasado. Convencidos de que la causa de todas las desgracias humanas provenían de su predominio sobre nuestra cultura, de que ella retenía como un dique el curso natural de felicidad y de paz que pujaba por llegar hasta nosotros, creísteis que con sólo apartarla serían saciados todos nuestros deseos y colmada la medida de la libertad. Me reiría de vuestra ignorancia si no fuera asunto triste.

“Si alguien vence, es la misma poesía”

La Iglesia fundó las primeras universidades y los primeros hospitales; allí donde la miseria pedía auxilio acudió siempre, creando los primeros orfanatos, asilos y leprosarios; ha levantado escuelas por allí por donde ha pasado, y ha formado las mentes más prodigiosas de la historia.

Junto a ella el arte ha alcanzado todo su esplendor. Haciendo contraste con la visión lúgubre que habéis querido dar de ella, al presentarla siempre reprimiendo las expresiones de la belleza, la realidad nos dice que en los tiempos en que ha tenido parte fundamental en la educación han surgido los más grandes talentos.

Bajo su tutela Dante escribe sus versos inmortales y España vive su Siglo de Oro de las letras. Cervantes inaugura y concluye la novela de un solo golpe; Lope de Vega expele obras maestras con la violencia de un géiser; Góngora y Quevedo se baten en un duelo en el que, si alguien vence, es la misma poesía.

En pintura, Caravaggio alcanza sobre la luz un dominio nunca antes visto, y Velázquez obliga a que su obra se estudie en los confines del mundo y del tiempo; Miguel Ángel, Rafael y Da Vinci sacan de sus pinceles imágenes sublimes e inmortalizan sus nombres inspirados por la belleza de lo sagrado.

Palestrina, Mozart y Beethoven hacen otro tanto con la música, y merece estudio aparte la decadencia que ha sufrido este arte a proporción que habéis hecho decaer la religión.

En la esfera del pensamiento, hablar de todos los grandes hombres que ha formado y que han sentado las bases de nuestra civilización occidental sería tarea imposible. Desde Santo Tomás de Aquino a Francisco de Vitoria, de San Agustín a San Isidoro de Sevilla, no hay rama del saber que no haya cubierto y hecho progresar. Toda la cultura clásica de la que nos beneficiamos llegó hasta nosotros gracias al trabajo infatigable de preservación, recopilación y transcripción en monasterios y abadías durante la Alta Edad Media.

No se trata de elegir entre una educación que influye y otra que no. Se trata de elegir entre la educación que influye para bien y la que influye para mal

“Allá cada uno con su ignorancia favorita”

No quiero recordaros todas las leyendas que habéis hecho correr, y que quizá vosotros mismos habéis creído, para mantener la idea de que la Iglesia católica ha sido hostil a la ciencia. La mayoría de los jóvenes salen de la universidad creyendo que Galileo fue quemado en la hoguera por la Inquisición, y con esa y otras falsedades históricas se graban a fuego en sus mentes la imagen de una religión enemiga del progreso científico. No es este el lugar para explicar los verdaderos hechos sobre el caso de Galileo, tan alejados de la leyenda negra y que cualquiera puede descubrir con un poco de interés. Allá cada uno con su ignorancia favorita. Me interesa sólo señalar sobre qué clase de mentiras habéis inoculado el odio hacia la Iglesia, y este caso es paradigmático de vuestro proceder.

No parecéis demasiado interesados en que los jóvenes sepan que Copérnico era sacerdote y que dedicó su libro más importante al Papa Pablo III, muy aficionado a la astronomía y protector de varios hombres dedicados a ese campo. La lista de obispos y otros ministros eclesiásticos que contribuyeron a que Copérnico difundiera sus ideas sería prolija. ¿Y es posible ignorar el prestigio de los jesuitas? Ellos hicieron grandes descubrimientos y contribuciones en campos tan variados de la ciencia como son la astronomía, las matemáticas, la sismología, la óptica, el magnetismo, la botánica o la geometría. ¿Para qué seguir desmintiendo lo evidente? Los hechos son más testarudos que vuestras mentiras.

Pero vuestra campaña de desprestigio llega al absurdo y al delirio cuando intentáis aplicar este mismo método al ámbito de la acción social. Preguntáis a manera de mantra por qué la Iglesia no lo vende todo para darlo a los pobres. No quiero volver a repetirme sobre las creaciones que en el pasado hizo y que hoy forman parte de nuestra cultura. Me remito al presente. Hoy mismo ella atiende en todo el mundo 5.435 hospitales, 17.524 dispensarios, 517 leproserías, 15.784 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos, 10.534 orfanatos, 11.592 guarderías, 40.671 centros de educación o reeducación social, y tiene repartidos, sobre todo en zonas de extrema pobreza, a 355.800 misioneros.

Una vez habéis alcanzado el control de la educación presentándoos como los encargados de introducir la imparcialidad, no habéis tardado en imponerles una ideología aberrante

La inocencia corrompida por la obscenidad

Condicionado por la extensión de una carta, me he limitado a apuntar algunos de sus logros en las esferas del arte y del pensamiento. Pregunto: ¿es esta Iglesia y su religión la que os parece mala para administrar la educación de vuestros hijos? Bien, habéis hecho la prueba y los resultados se presentan a nuestra vista.

Lo primero que hicisteis fue convencer a la mayoría de los hombres de que podíais educar a sus hijos sin influenciarlos. Sólo una época hundida en el relativismo puede haberlo creído. La educación es influyente por definición. Es la selección de las influencias adecuadas para orientarnos hacia un determinado lugar del conocimiento o de la moral. No se trata, entonces, de elegir entre una educación que influye y otra que no: se trata de elegir entre la educación que influye para bien y la que influye para mal.

No hace falta una gran capacidad de observación para descubrir en qué parte de la alternativa nos encontramos. El mal jamás se presenta de golpe ni en toda su dimensión final cuando quiere imperar por algún tiempo, ya que el ser humano por lo general lo rechaza; le es necesario presentar primero una versión reducida de sí mismo e ir creciendo por grados hasta alcanzar su plenitud. De esa forma, las generaciones crecen junto al mal y en ningún momento se sorprenden de su tamaño. Así es precisamente como habéis procedido.

Pero una vez habéis alcanzado el control de la educación presentándoos como los encargados de introducir por fin la imparcialidad en la educación de los niños, no habéis tardado en imponerles una ideología aberrante e intentáis borrar de sus mentes las más elementales verdades biológicas. No pudiendo torcer los árboles ya crecidos y formados, os lanzáis a los que apenas despuntan sobre el suelo. Las escenas más grotescas tienen lugar hoy en las aulas. Al ver la inocencia más indefensa corrompida por la obscenidad más pútrida uno se arrepiente de tener ojos; ante ciertas imágenes sólo está sano quien vomita al verlas.

En vez de modificar las leyes para conservar las familias, queréis modificar las familias para conservar vuestras leyes

La imagen misma del totalitarismo

Se cuenta que poco después de instaurarse en Inglaterra la herejía protestante, la reina Isabel I salió a dar un paseo por los montes cercanos junto a algunos de sus cortesanos. Por el camino se encontraron con un anciano, un campesino que, por vivir en un lugar alejado y algo inaccesible, no había sufrido la persecución y la violencia contra los católicos y seguía fiel a la Iglesia de Roma. Mientras él se mesaba la larga barba, los cortesanos intentaban convencerle con mil razones de que se sometiera a la religión oficial y abandonara la religión católica. Cuando acabaron de hablar y creyeron haberlo convencido, el anciano sonrió y dijo solamente: «¿Veis mi barba? Ésta nació antes que vuestra religión. ¿Y queréis que yo abandone la de mis antepasados por ella?»

Así vosotros, habiendo creado una ideología ayer, pretendéis que hoy todas las familias se conformen a ella y abandonen las enseñanzas que sus antepasados se han relevado como un fuego milenario encendido con su propia sangre.

Decís que no sois totalitarios, pero que no podéis permitir que se eduque a los hijos fuera de las nuevas directrices ideológicas. Como resulta que vosotros mismos sois quienes las ideáis, quienes ponéis los límites que pueden o no traspasarse, quienes decidís qué se puede pensar y qué no, se sigue de todo ello que sois la imagen misma del totalitarismo.

Modificar la familia para conservar la ley

En vez de modificar las leyes para conservar las familias, queréis modificar las familias para conservar vuestras leyes. Queréis encajar como sea la naturaleza humana en vuestras absurdas leyes creadas a priori, así como un frenético corta las piezas de un rompecabezas para que encajen en el lugar equivocado. Habéis alcanzado el poder predicando la tolerancia, y lo primero que nos decís es que no podéis tolerar que los padres elijan la educación de sus hijos; habéis removido todas las bases de nuestra sociedad apelando a la libertad, y nos comunicáis que no somos libres para decidir la educación de aquéllos a quienes más amamos; habéis llegado hasta aquí fingiendo estar del lado de los pobres, y lo primero que hacéis es arrebatarles de las manos lo más preciado que tienen.

¿Hasta dónde, cómo de lejos queréis llevar la prueba? ¿Qué os convencerá de la Verdad, si no lo hacen las consecuencias desastrosas que se siguen de negarla? La experiencia está hecha, la historia ha hablado. Después de dos mil años habéis ensayado prescindir del cristianismo en la educación, y estas son las consecuencias. Nada os falta: el poder, los medios, el tiempo. Y sin embargo, vuestra obra es un monumento a la impotencia del hombre cuando se le abandona a sus propias fuerzas.

Después de dos mil años habéis ensayado prescindir del cristianismo en la educación, y estas son las consecuencias

Continuad vuestra destrucción

Dejadas las verdades eternas, el hombre no tiene punto fijo al que dirigirse ni principios firmes a los que recurrir en su desorientación. Se encuentra sacudido por los caprichos del momento y todos sus principios se hallan expuestos al efecto disolvente del tiempo. Negado Dios no ha tardado en negarse el hombre; negada la Justicia, impedir la vida se ha convertido en un derecho.

Hoy se pervierte la propia noción de nuestra naturaleza, se invierten todas las leyes morales, y nos convencemos de que vivimos en paz sólo porque la sangre vertida a la vista de todos en las antiguas guerras se derrama ahora discretamente en las propias fuentes de la vida. Seguid con vuestro ensayo el tiempo que sea necesario para arrepentiros, borrad de vuestra memoria toda idea de vergüenza y de decencia, continuad vuestra destrucción tanto como lo permita la indiferencia de los hombres. Pero una sola cosa quiero adelantaros desde ahora: cuando una sociedad deja de ver la cruz es porque ya está colgada en ella.

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