Grandes mentiras de la Iglesia Católica en El País.

Hace ya algún tiempo que el periódico El País viene ejerciendo una competencia desleal, y creo que es mi deber como ciudadano denunciarlo públicamente. Son muchas las personas honradas que en España intentan ganarse la vida con el humor, que trabajan a diario para despertar una sonrisa en el público, que agotan su ingenio buscando la manera de que nos olvidemos por un instante de todos nuestros problemas.

Aparte de las personas honradas, hay también otras que trabajan en revistas satíricas como El Jueves o Mongolia, y aunque convengo en que es poco probable que sus trabajadores tengan corazón, no se me negará sin embargo que tienen un estómago que necesitan rellenar de vez en cuando.

El país, líder en información humorística  

Pido a mi eventual lector que imagine por un momento a uno de esos pobres diablos pensando durante varias semanas seguidas en la portada más provocadora, en el dibujo más impúdico, en el comentario o chiste más indecente. Por mucho que condenemos su ocupación, no podemos negar que es un trabajo penoso que requiere de empeño y sacrificio, y por otra parte, ¿de qué iban a vivir unas personas cuya mayor aptitud o habilidad es ser repulsivos?

Aceptado esto, la compasión no puede más que tenerlas por objeto cuando vemos que todo su empeño se ve frustrado y todas sus esperanzas derribadas en un momento. Después de tanta planificación y estudio, después de tantas horas exprimiendo su mal gusto y hasta sufriendo de insomnio por inventar una nueva indecencia, viene el periódico El País, que en principio no tiene ninguna pretensión humorística, y acapara todas las carcajadas y toda la alegría lacrimógena del país.

El rey del humor está desnudo

¿Es esto justo? Me arriesgo a decir que no. Cualquiera que quiera intentar la empresa de crear una revista o un periódico de humor en España puede estar seguro que verá su obra inmediatamente eclipsada por El País. Todo el mundo es libre de hacer la prueba, pero yo quiero ahorrarle el trabajo que le costaría prediciendo el resultado.

La razón de esta impotencia es muy fácil de adivinar. Siendo El País un periódico que se auto percibe y vende como serio, y no teniendo consciencia del efecto que produce en cualquier lector mínimamente cultivado, su falta de premeditación reviste a su humor de una espontaneidad única e imposible de imitar. El hecho de que no sepa que provoca nuestras risas, y que ni siquiera lo pretenda, es un aliciente que las suscita.

Y provoca carcajadas sin prometerlas

Creo que cualquier hombre que haga memoria y recuerde las veces que más ha reído, encontrará que no ha sido a causa de un chiste o de cualquier otro método preparado para tal efecto, sino por una palabra, un gesto o una frase súbita que, en medio de una cantidad de circunstancias combinadas imprevistamente, provocaron una escena de humor irrepetible.

Uno se siente impotente a la hora de recordar esa escena para intentar comunicar su gracia a los demás, precisamente porque el factor espontáneo ha desaparecido, y ese factor era el fundamental. Algo parecido sucede con el periódico El País. A su lado, el humor de los demás periódicos y revistas tiene siempre algo de forzado, de mecánico, de artificial.

El chiste tiene pretensiones, de ahí que nos decepcione si no cumple las expectativas; en cambio, la escena de humor espontánea no tiene nada que perder, porque no nos ha prometido nada. Las revistas como El Jueves o Mongolia son a El País lo que el chiste malo a las escenas de humor espontáneas. No podrían competir con él aunque sus chistes y sátiras tuvieran gracia, pero careciendo además de ella, dejan el camino más expedito si cabe para que sólo se recuerden las humoradas de El País.

Primera mentira: una Iglesia estúpida

Sin ir más lejos, hace pocos días entrevistaron a cierto escritor alemán, Wolfram Eilenberger, y tuvieron a bien resaltar en letra grande y a modo de titular la opinión más ridícula de toda la entrevista: «La Iglesia católica no quiere que la filosofía forme parte del currículum académico».

Cierto: no está en poder de un periódico prever lo que su entrevistado va a decir, pero sí que es libre para no entrevistarlo cuando es propenso a decir estupideces. Pero aun cuando por alguna circunstancia se le acaba entrevistando y expresa tamaño despropósito, cualquier periódico serio está obligado, si quiere seguir siendo considerado como tal, a insertar a pie de página una nota informando de que la Iglesia católica exige a todos sus seminaristas el estudio de la filosofía, generalmente durante dos años, para llegar a ser sacerdotes; que sólo gracias a la Iglesia católica y al trabajo de sus monasterios durante la Edad Media conservamos los escritos de filósofos tan importantes como Aristóteles y Platón; que la filosofía es hoy tal como la conocemos gracias a la profusa y determinante contribución de genios como san Agustín de Hipona, Boecio, san Alberto Magno, san Anselmo de Canterbury, santo Tomás de Aquino, Duns Scoto, Malebranche o Pascal, entre muchos otros.

Por supuesto, lo ideal sería que un periódico no entrevistara a un ignorante o mentiroso, pero no somos demasiado exigentes, y nos conformamos con que señalen esas faltas para no vernos obligados a hacerlas extensibles al propio periódico.

Segunda mentira: los santos, de clase alta

Pero la inquina ciega y patológica de El País contra la Iglesia católica hace que los ejemplos de este tipo abunden. En octubre de 2020 publicaron un artículo llamado «Santos en la Iglesia por la gracia de Dios (y del dinero)» que debería ser de obligada lectura en la carrera de periodismo como ejemplo negativo.

Superficialidad, manipulación, antetítulos equívocos, reticencia en los datos, petición de principios, partidismo mal disimulado; todo confluye en un pequeño artículo para crear la quintaesencia de la desvergüenza.

El antetítulo: «El 78% de las personas santificadas o beatificadas hasta 1955 pertenecen a la clase alta e influyente» pronto se ve drásticamente matizado, cuando no desmentido, en el momento que el texto precisa que el estudio se realizó teniendo en cuenta a 2494 santos y beatos, de los 7000 registrados por la Iglesia católica. Lo que significa que el estudio se realizó sobre un 35,63% de los santos, porcentaje que el artículo se encarga de ocultar.

Dificultades insalvables

Lo que sí nos revela, como por descuido, es que los propios autores del estudio (realizado en 1955: ¡que no se nos diga que El País no comenta la actualidad!) reconocen que la investigación «plantea problemas metodológicos», lo que significa, traducido al idioma de la verdad, que no tenían datos suficientes que avalen su resultado, y que suplieron con su imaginación capciosa lo que la historia les negaba.

Esto no importa demasiado para los lectores de El País, pero cualquiera que haya leído biografías de santos sabe que las dificultades que los especialistas de un santo en particular-que a menudo pasan toda su vida recopilando información de antiguos manuscritos-  tienen a la hora de precisar la clase social de dicho santo o incluso el mismo nombre de sus padres, es la mayoría de las veces insalvable.

Una nueva tradición anticristiana

Pero todo esto es periodismo serio y de investigación en comparación del artículo que tuvieron la desfachatez de publicar en diciembre de 2019. Por el odio que ya he mencionado, se ha convertido en una tradición anticristiana leer el artículo de El País por Navidad, momento que aprovechan para atacar nuestra religión. Es su artículo estrella del año, y ellos lo saben.

Sin embargo, ese día abusaron de la credulidad de los incrédulos, y me temo que el resultado pudo ser contraproducente. Acostumbrados a lectores ignorantes, creyeron que ya todo les estaba permitido, que ni siquiera hacía falta disimular las mentiras ni medir los absurdos, y de esta forma dieron a imprenta el artículo más grotesco que se recuerda, el cual tuvo el efecto de unir por una vez a toda España, aunque fuera en un mismo sentimiento de vergüenza ajena.

Anciano leyendo un periódico.

Los grandes diarios de información vierten diariamente mentiras sobre la Iglesia Católica.

Tercera mentira: la Navidad, una tierna leyenda

El antetítulo de esta columna es ya de por sí una obra maestra de la incompetencia: «La Navidad es una bella y tierna leyenda ya que Jesús no nació ni el 24 de diciembre, ni en Belén, ni en un pesebre». Los católicos no podemos dejar de enternecernos cuando los enemigos de nuestra religión creen hacer un descubrimiento contra ella al conocer una verdad que admitimos y conocemos desde hace siglos.

En este caso, El País no debía saber todavía a estas alturas que para los católicos no es un dogma sostener que Jesucristo nació la noche del 24 al 25 de diciembre, ya que todos sabemos que esa fecha no está indicada en las Escrituras ni señalada por ningún Canon de la Iglesia católica.

Ahora bien: hay mucha diferencia entre no tener como dogma el nacimiento de Jesucristo el 24 de diciembre y negar terminantemente, como se hace en esa columna, que haya nacido ese día. Quizás el autor de la columna, el sacerdote secularizado Juan Arias, tuvo una pequeña distracción aquí y no se dio cuenta de su contradicción.

La pobreza argumental de un sacerdote secularizado

Porque, o mucho me equivoco, o para saber que Jesucristo no nació en un día determinado hay que saber el día determinado en que nació. Pero el autor no nos indica en ningún momento del texto en qué día nació Jesucristo realmente, luego ¿cómo sabe que no nació el 24 de diciembre? En el texto intenta aclararlo: «No nació el 24 de diciembre, por el simple hecho de que en ninguno de los textos evangélicos se habla de esa fecha».

Que el autor nos perdone, pero aquí lo simple no es el hecho, es él. Para poder asegurar que Jesucristo no nació el 24 de diciembre, no debe mostrarnos que el Nuevo Testamento no indica esa fecha, debería mostrarnos que indica otra fecha diferente. Mientras no lo haga, somos libres de creer que nació el 25 de diciembre, porque nos inspiran más confianza san Juan Crisóstomo o el Papa Liberio, que opinaban así ya en el siglo IV, que un columnista de El País.

Me parece muy injusto por parte de Juan Arias que no haya querido revelarnos la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo, teniendo en cuenta que estuvo allí y presenció la escena. Eso parece deducirse de algunas de sus afirmaciones.

Decenas de consignas sin sustento

Por ejemplo, nos dice que Jesucristo no nació en Belén ni en un pesebre, a pesar de que los evangelistas Mateo y Lucas lo indican así. Y cuando pensamos que tendrá buenas razones para afirmar algo así en contra de tan grandes autoridades, ¿qué recibimos a cambio? No pudo nacer en Belén, según él, porque los evangelistas Marcos y Juan no cuentan el episodio de su nacimiento.

Es decir, que puesto que dos evangelistas no indican el lugar de su nacimiento, mientras que otros dos evangelistas sí lo hacen, resulta claro y manifiesto que no nació donde lo indican los evangelistas que lo afirman, porque hay otros dos que ni lo afirman ni lo niegan. Sin duda Juan Arias merece escribir en El País.

«El judío Jesús que daría origen al futuro cristianismo nació sin cantos de ángeles, sin magos llegados de Oriente para adorarlo, sin pesebre y sin ser perseguido por Herodes». Nuevamente esperamos razones para esta afirmación, pero siendo consciente de que el periódico en el que escribe no es demasiado exigente con la verdad, decide que ni siquiera es necesario consignarlas, y deja esta afirmación apoyada en el aire.

Cuarta mentira: Jesús, un desconocido

Sin embargo, sólo unas líneas después nos sorprende con otra afirmación: «Una cosa es cierta: nadie sabe lo que Jesús hizo hasta los 30 años que es cuando aparece en público». ¿Cómo? ¿Es el mismo autor el que escribe esto, o lo ha sustituido un enemigo? Porque sólo un enemigo podría declarar que nadie sabe lo que hizo Jesús hasta los 30 años y desmentir así a quien acaba de insinuarnos que conoce de primera mano incluso dónde nació y en qué fecha no lo hizo.

Por otra parte, ¿dónde queda el relato del evangelista Lucas llamado comúnmente Jesús entre los doctores, donde se narra un episodio de su vida cuando sólo contaba 12 años? ¿Qué tiene contra Lucas, y por qué no le cree a él mientras cree a un evangelio apócrifo para afirmar que Jesús en realidad estuvo casado? No lo sabemos, y sospechamos que él tampoco. Respecto a esta cuestión, afirma que Jesús estuvo casado «sin duda con la Magdalena, que no era, como sostuvo durante siglos la Iglesia, una prostituta o endemoniada».

Y quinta: Jesús, casado y «por costumbre»

Pero en primer lugar, la Iglesia jamás ha sostenido que María Magdalena fuera una prostituta, sino una pecadora, sin más detalles. Y en segundo lugar, ¿cómo sabe que se Jesucristo se casó? La razón que nos da no deja de ser sorprendente: se casó porque los judíos de su tiempo tenían por costumbre casarse.

Sería imposible consignar en estas líneas todos los errores que contiene dicho artículo, y menos aún todos los artículos ridículos que ha publicado El País. Estos pocos ejemplos son suficientes para medir el estado de degradación a que ha llegado, y para comprender por qué nadie toma en serio a este periódico.

No hay día en que no sea noticia por alguna de sus torpezas. Es cierto que muchas de ellas mueven a compasión y lástima, pero entre tal abundancia siempre hay alguna que nos hace reír. Si El País se propusiera causar este efecto en nosotros, jamás lo conseguiría, como no consigue que lo tomemos seriamente cuando se propone ser serio.

Es su involuntariedad y falta de deliberación, su ausencia de sentido del ridículo lo que ha hecho posible que hoy se le considere como el periódico de humor por antonomasia en España.

Un consejo a las revistas satíricas

Por todo ello, me atrevo a aconsejar a las revistas El Jueves y Mongolia que, si su intención es que la poca gente que las compra se ría de verdad con ellas, comiencen a publicar sin esa intención, escriban artículos sin ánimo de ser graciosas y, en una palabra, que escriban seriamente. Sin este cambio de sistema, la gente las seguirá comprando tan sólo para convencerse de que es rebelde, para presumir de atrevida y sinvergüenza, pero ellas seguirán siendo tan poco leídas y reídas como lo han sido siempre.

Comiencen a leer El País, ténganlo por modelo, imítenlo, contraten si está al alcance de su economía a algunos de sus columnistas, y yo les aseguro que en poco tiempo la gente comenzará a comprarlas para leerlas de verdad y no para fingirlo, para pasar sus páginas y no para envolver pescado, y al fin llegará el día en que tanto trabajo y dedicación dará su fruto: alguien esbozará una sonrisa leyéndolas.

Alonso Pinto

Más artículos del autor aquí.

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