La iglesia católica y los giros del tiempo

Para aquellas personas que no están interesadas en el cristianismo ni han estudiado aunque sea sucintamente su historia, pueden resultar extrañas las controversias y disputas que se originan en torno a la cuestión sobre qué iglesia cristiana posee legítimamente la autoridad para interpretar su enseñanza. Para ellas, no existe en realidad ningún problema que discutir, pues están abiertamente en contra del cristianismo, o, si están a favor, lo hacen con esa reserva de indiferencia que les impide apasionarse por el tema, pasión que por otra parte, bien encauzada, es indispensable en estos casos para descubrir la verdad.

Profesan éstos últimos un cristianismo inconcreto, ambiguo y neutral; les horroriza oír hablar de dogmas como si fuera no sólo insustancial, sino contrario al cristianismo; llevan incluso cruces colgadas del cuello, pero a la manera en que el Cireneo llevó la cruz de Jesucristo, si bien a este último le obligaron los soldados romanos, mientras que a los cristianos modernos les obliga o disuade la moda del momento.

Para quienes parten de esta hostilidad o vaguedad en relación al cristianismo, les parecerá inverosímil ver a dos cristianos de denominaciones diferentes debatir acaloradamente sobre a cuál de las dos pertenece el depósito de la fe. En opinión de ellos, a un cristiano le debería bastar y satisfacer que otra persona sea cristiana en general, sin entrar en más detalles.

El error consiste en creer que existe una base de cristianismo primitivo al que las distintas confesiones no han hecho sino añadir elementos adicionales

¿Regresar al cristianismo primitivo?

Ahora bien; el error de esta interpretación consiste en creer que existe una base de cristianismo primitivo al que las distintas confesiones cristianas, con sus respectivas estructuras, dogmas y doctrinas particulares, no han hecho sino añadir elementos exógenos adicionales que cada uno reclama como legítimamente inferidos del origen. Este error pasa muy cerca de la verdad sin darse cuenta, ya que con sólo exceptuar de esta acusación a la Iglesia católica de entre las demás iglesias, estaría en lo cierto.

Pero la verdadera cuestión de fondo es esta: que creyendo en Jesucristo por la autoridad de un testimonio, sólo discerniendo qué iglesia guarda una conexión directa con esa fuente testimonial puede alguien denominarse cristiano en un sentido recto, y sólo la Iglesia católica posee esta marca distintiva.

Ella está en posición de nombrar los discípulos directos de los apóstoles a los que les fueron concedidos el magisterio y que, en una sucesión ininterrumpida, jalonan la historia del cristianismo hasta llegar a su estado actual.

En una época y un lugar en que cualquier religión era admitida para que sus respectivos dioses convivieran en pacífica indiferencia, sólo la religión cristiana no era tolerada

Cristianismo a la carta

Si quisiéramos conocer el pensamiento y la voluntad de un hombre que ya no se encuentra entre nosotros, ¿a quién acudiríamos para informarnos con garantías, a quien estudia su biografía en la otra parte del mundo, o a los amigos que convivieron con él? ¿A quienes escriben de él sin haberlo conocido, o a quienes después de haberlo conocido y escrito sobre él sufrieron el martirio por defender ese testimonio como el único veraz? Me parece que la respuesta es clara, y el problema del cristianismo se formula en parecidos términos.

Hay una gran cantidad de hombres que se llaman a sí mismos cristianos, pero que creen sobre Jesucristo únicamente lo que les parece oportuno y más conveniente a su carácter, posición social o coyuntura vital. Y lo que rechazan estas personas como enseñado por Jesucristo, procede de la misma fuente de donde extraen lo que aceptan sobre El. No tienen ningún argumento para sostener que tal pasaje de San Pablo es interpolado, tal otro original, salvo el mayor o menor esfuerzo que les va a exigir en relación a sus propias vidas la enseñanza que contiene, o la cantidad de hábitos a los que deberían renunciar para vivir en consecuencia con ella una vez se asiente a su autoridad. La mayoría de las herejías, por no decir todas, se han fundado a partir de este sistema caprichoso de elección, y han crecido o se han consolidado porque los dogmas que negaban eran particularmente incómodos al carácter de una nación.

Vivimos en una época muy parecida a la de los primeros tiempos del cristianismo. Todas las religiones son admitidas, pero sólo el católico es considerado persona non grata

Dispuestos a la renuncia

La Iglesia católica ha procedido siempre de otra manera. Ella ha revelado desde un principio la verdad y la ha presentado íntegra a los pueblos, sin aligerar aquellas partes que pudieran ser objeto de mayor incomprensión o incomodidad. A pesar de esto, desde el inicio hombres que sólo podían perder su consideración ante el mundo han dado su vida por defender esta verdad.

En la Roma pagana surgen hombres y mujeres de las más variadas clases sociales dispuestos a renunciar a todo, los pobres a lo que podrían haber conseguido en un futuro, los ricos a lo que ya habían acumulado en el pasado y disfrutaban al presente. La verdad era exigente. Si esa verdad se presentaba en tal oposición con el mundo era para poner precisamente de relieve que no procedía de él. Porque, ¿qué pensaríamos del cristianismo si se le hubiera admitido al mundo como a cualquier otra religión de las que pululaban por Roma y Grecia en aquellos tiempos? Seguramente, que era una religión tan insignificante como todas las demás.

Ahora que el tiempo nos ha puesto por uno de sus habituales giros en la misma posición que los primeros cristianos, ¿cuál será nuestra respuesta?

El católico, persona non grata

Pero ocurrió todo lo contrario: en una época y un lugar en que cualquier religión era admitida para que sus respectivos dioses convivieran en pacífica indiferencia junto a los dioses del Imperio, sólo la religión cristiana no era tolerada. Es esta su forma de aparecer en el mundo por primera vez la que debería hacer reflexionar a toda persona que cree en Cristo sobre lo que supone creer en El.

Vivimos en una época muy parecida a la de los primeros tiempos del cristianismo. Todas las religiones son admitidas, incluso aquellas en las que no se puede negar un componente violento, como es el Islam; las figuras de budas y shivas reposan tranquilamente en todas las tiendas de decoración y en las casas de hombres que no creen en Dios, como símbolos de su incredulidad; y hasta los cristianos heterodoxos y liberales son admitidos por su gran flexibilidad moral, que les permite sostener los principios del mundo más incompatibles con el Evangelio. Pero entre toda esta espesa selva de religiones, sólo el católico es considerado persona non grata. Se le considera como sospechoso de lesa modernidad y se le aparta para que su presencia no altere la armonía con sus estridentes creencias.

Este es el colmo de la contradicción: que las mismas personas que comentan que la Iglesia católica es anacrónica, son las que le echan en cara haberse desviado del cristianismo primitivo

La contradicción actual

Ante esta situación, algunos, en vez de creer que el verdadero cristianismo es el que sufre el aislamiento entre las demás religiones como sucedió en sus inicios, creen que no lo es precisamente por ese aislamiento. Este es el colmo de la contradicción: que las mismas personas que comentan que la Iglesia católica es anacrónica, son las que le echan en cara haberse desviado del cristianismo primitivo. Se quejan de que viva en el pasado y a la vez de que no lo conserve, de que no siga a Cristo y a la vez de que lo siga demasiado, de que no piense como nuestro tiempo y de que no piense como en los tiempos de los apóstoles.

Yo quisiera preguntar a esos hombres que dicen ser cristianos a su manera, pero no católicos: ¿es exigente su creencia? ¿Les hace luchar contra ellos mismos y contra las emboscadas del mundo? ¿Sacrifican algo por creer en Cristo? ¿Sufren las burlas de los modernos por renunciar a algo en su Nombre?

¿Cuál será nuestra respuesta?

Creo más bien que el motivo por el que esos hombres quieren ser cristianos a su manera, pero no católicos, es esquivar todos esos inconvenientes. Les parece que su cristianismo es tanto más verdadero cuanto menos les exige, cuando deberían creer que cuanto más exigente es ser católico hoy más es cierto que esta es la única manera de ser cristiano.

Hemos pasado los siglos en que todo favorecía ser católico y no ser de alguna manera perseguido por ello; ahora que el tiempo nos ha puesto por uno de sus habituales giros en la misma posición que los primeros cristianos, ¿cuál será nuestra respuesta? En cuanto el escenario ha vuelto a ser el mismo que entonces, la Iglesia católica ha resultado estar en la misma posición y representar el mismo papel. ¿No la reconoceremos precisamente porque es la misma?

Alonso Pinto

@AlonsoPinto1986

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