Los Teólogos de Sodoma Conclusiones

Hasta aquí hemos traído varios ejemplos concretos para poder descubrir cuáles son los rasgos comunes que comparten todos los que de un modo u otro intentan cohonestar las relaciones homosexuales y desvincularlas del pecado. No es que no haya otros nombres que pudiéramos añadir, pues antes nos faltarían fuerzas que ejemplos; pero habiendo formado ya un modelo acabado, aumentar el número no aportaría nada esencial a nuestro propósito, sino sólo matices de carácter y paráfrasis de las mismas ideas.

Primer rasgo de la Teología de Sodoma: palabras medidas, lenguaje ambiguo

Hemos visto, en primer lugar, que todos ellos utilizan un lenguaje ambiguo. Es cierto que en ocasiones declaran abiertamente el error, pero no es más que una consecuencia de la misma naturaleza humana, incapaz de mantener constantemente la tensión mental necesaria para expresarse siempre de manera ambigua. Pero exceptuando esos lapsus y descuidos, sus palabras están siempre medidas para caer en un sentido u otro según la circunstancia lo requiera.

Ellos hablan como si arrojaran sus palabras sobre una balanza cuyos platillos deben mantenerse siempre perfectamente equilibrados por el peso del sentido católico y el peso del sentido del mundo. Este debe ser el estado ordinario de su lenguaje, a fin de que en cualquier momento puedan alterarlo a placer. Cuando las circunstancias apoyan su carga hacia un lado u otro, el platillo correspondiente cede, y los circunstantes que esperaban uno de los sentidos quedan satisfechos.

Que Dios ama a las personas homosexuales es una afirmación neutra, pues es cierto en un sentido y falso en otro. Cuando estos sacerdotes deben responder al mundo, que les incita a que confiesen el sentido falso que ya aceptan, ellos mantienen esa afirmación neutra, pero le añaden otras afirmaciones, como que las relaciones homosexuales no son pecado, o que esas relaciones se pueden bendecir. Ya tenemos el platillo hundido en el sentido falso. En cambio, cuando deben responder a la Iglesia, vuelven a utilizar la misma fórmula neutra, pero añaden ligeras variaciones, insinúan que quienes mantienen esas relaciones cometen pecado y que la Iglesia debe ayudarles. Aquí la balanza se decanta hacia el sentido católico.

El objetivo, introducir a la Iglesia en el error del siglo

Esta ambigüedad, en definitiva, les permite oscilar continuamente, y acudir a un sentido u otro según les sea más favorable para conseguir su objetivo, que es introducir en la Iglesia el error dominante del siglo. Esta es la miserable astucia y doblez de la que se sirven para traicionar a Dios. Pero no estamos dispuestos a seguirles el juego para que sigan engañando a más fieles, dividiendo a la Iglesia y contradiciendo las Escrituras.

No cambiamos un pequeño diamante por una tonelada de polvo, y de la misma manera nos importa poco que digan la misma cantidad de verdades que de mentiras, pues apreciamos infinitamente más la verdad. Dejen de insistir con un fraude tan grosero, eficaz sólo para demostrar la bajeza de la causa que defienden. Como ministros de la Verdad, les exigimos que todo lo que digan tenga su mismo carácter, y que no se sirvan de ella como contrapeso para encubrir sus mentiras. Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, del mal procede (Mt 5,37)

Segundo rasgo: el uso del lenguaje del mundo

El segundo rasgo común a todos es el uso de las palabras en su acepción moderna. Cuando hablan de paz, tolerancia, fraternidad o libertad, están siempre pensando en el sentido que da el mundo a estas palabras, y no en el sentido con el que la religión católica las utiliza. Especialmente frecuente en ellos es la palabra amor. Esta palabra les sirve para justificar cualquier cosa, y es muy habitual en ellos utilizarla cuando se ven acorralados y sin ningún argumento. ¿Pero de qué nos sirve emplear las mismas palabras, si su significado no es sólo diferente según la pronuncien ellos o nosotros, sino incompatible?

Ellos sostienen que Dios no condena las relaciones homosexuales porque tiene un amor infinito, mientras que nosotros sostenemos que porque Dios tiene un amor infinito condena las relaciones homosexuales. ¿No es lo bastante claro que entendemos la palabra de forma muy diferente, y que mientras no aclaremos esa cuestión toda la disputa será inútil?  

Nosotros, viendo que nos separa el significado de la palabra, no encontramos mejor forma de hacernos entender que retroceder hasta un punto que nos sea común a ambas partes, y desde el que poder retomar el debate desde unas premisas consensuadas. Como hablamos con ministros de la Iglesia que parece que deben creer en Dios, deducimos que ambos estamos de acuerdo en que la fuente del amor es Dios mismo, y que las Escrituras y la Tradición son las dos formas de Revelación por las que nos ha llamado a su unión. Hasta aquí todo parece que es aceptado por estos ministros. Sin embargo, al sacar las consecuencias legítimas de esta verdad, comienzan a oponer resistencia. Les mostramos que tanto en las Escrituras como en la Tradición Dios ha condenado las relaciones homosexuales, que por lo tanto no se puede llamar amor a esas relaciones, y que, muy al contrario, si el Amor las condenó, ayudar a quienes sufren esa tentación a combatirla será la verdadera muestra de amor.

Si hemos sacado consecuencias indebidas de nuestro punto en común, les pedimos que las señalen y expliquen, pues no dudaremos en volver otra vez al inicio para comenzar de nuevo. ¿Pero qué hacen ellos? Volver a repetir que Dios es amor, que ha creado a esas personas y que las ama tal como son.

Sólo en lo indeterminado se sienten tranquilos. Nosotros, al estar seguros de que la verdad está de nuestra parte, estamos muy interesados en aclarar el debate, pues toda claridad beneficia la causa de la verdad; en cambio ellos, porque defienden el error, se refugian en la oscuridad y en la confusión, y antes están dispuestos a hacerse ridículos que coherentes.

Tercer rasgo: el recurso al cambio de los tiempos

El último rasgo que sobresale en todos ellos es que utilizan las mismas fórmulas para justificar el cambio en la moral sexual, afirmando unas veces que el contexto es diferente y otras que los tiempos han cambiado. Esperamos, entonces, a que sigan desarrollando ese argumento del que nos han hecho saber el nombre, pero pronto descubrimos que no tienen nada más que decirnos.

El contexto es diferente, los tiempos han cambiado: es como el título de un libro cuyas páginas están vacías. ¿Qué quieren decir o qué se proponen al informarnos de que la Biblia se escribió en un contexto diferente al nuestro? Nosotros admitimos que las circunstancias han cambiado, pero queda pendiente que nos expliquen cuáles son y por qué la doctrina moral de la Iglesia debería cambiar con ellas.

Si en el Antiguo y Nuevo Testamento se condenan las relaciones homosexuales, es porque existían. ¿Qué ha cambiado en ese sentido de los tiempos en que fueron escritos a los nuestros? Simplemente, que esas relaciones existen en mayor número, que el mundo las acepta y enseña a los niños, que el Estado las ampara y promueve. Lo que ha cambiado, entonces, es que ese mal está mucho más extendido. ¿Es esa una razón para ceder ante él?

Por lo tanto, y porque no parecen dispuestos a aclararnos lo que quieren decir, nos vemos obligados a decirlo por ellos. Como no se atreven a declarar abiertamente que hay que cambiar las enseñanzas morales de la Iglesia porque el mundo tiene otras, nos hablan del contexto; pero como el contexto actual es precisamente que el mundo enseña una moral sexual totalmente contraria a la religión católica, y ese contexto es al que apelan como razón para cambiarla, resulta que están declarando que la Iglesia debe cambiar sus enseñanzas por las del mundo, y ello sin otra razón que la de que ese mundo ha arrastrado tras de sí a la mayoría de los hombres.

Llaman amor a lo que no es sino concupiscencia

San Juan escribe en su primera Carta: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,15)

Estos ministros, que llaman amor a lo que San Juan llama concupiscencia, nos dicen que ese mundo debe ser la clave de interpretación para entender las Escrituras y las mismas palabras del Evangelista que lo condena, y que la Iglesia debe plegarse por completo a sus exigencias. ¿Todavía nos extraña que no quieran aclarar sus palabras ni sus ideas? Si lo hicieran, nos dirían simplemente que la doctrina de la Iglesia debe cambiar para condescender con quien no las acepta. Eso es todo lo que se esconde tras sus palabras, eso es lo que significa en el fondo que el contexto es diferente y que los tiempos han cambiado.

El motivo de su quehacer

Después de haber repasado los principales rasgos que unen a todos los que intentan mundanizar la Iglesia en vez de cristianizar el mundo, creemos necesario terminar explicando la razón por la que actúan así. Sería un error creer que la razón por la que estos ministros de la Iglesia quieren pervertir la moral cristiana es la perversión sexual que promueve el mundo. Esta es una razón secundaria o accidental, que no tiene otra importancia para ellos que su origen. Si vivieran en otra época, les veríamos apoyar con la misma vehemencia cualquier otra idea que el mundo sostuviera en ese momento contra la religión católica, sin importar lo absurda que fuera ni la amenaza que supusiera para la Iglesia.

El espíritu del mundo les domina. Es ese espíritu el que les hace defender los más extraños desvaríos, caer en constantes contradicciones, y por el que llegan a negar los pasajes de las Escrituras que no coincidan con él. Si fuéramos capaces de seguir ese mismo espíritu a través de la historia, veríamos cómo negaba una a una todas las doctrinas de nuestra religión según el mundo las negara en cada momento. Nosotros observamos ahora un momento aislado de la historia, y tendemos a pensar que estos ministros están equivocados en un punto aislado, en este caso en cuanto a la moral sexual. Pero sólo están equivocados en ese punto en cuanto coincide con el error actual del mundo; en cuanto éste cambiara de error, ellos se equivocarían en esa otra dirección.   

Un corazón dividido entre las Dos Ciudades

Ellos tienen repartido su corazón entre la Iglesia y el mundo, y es por eso que no soportan verlos enfrentados. Sin embargo, poco a poco el mundo va absorbiendo sus corazones, penetrando en sus almas y desplazando su fe, hasta que acaban pidiendo a la Iglesia que haga lo mismo, sometiéndose al imperio de las tendencias y siguiendo las enseñanzas del siglo.

Pero antes, para que el mundo haya comenzado a repartirse sus corazones, la fe que estaba en ellos debe haber disminuido. Esta es, pues, la razón principal de todos los males que tratamos: la falta de fe. No creen que Dios asista a su Iglesia y que la acompañe hasta el fin de los tiempos. No es que no lo crean en teoría; si les preguntamos, seguramente responderán que la Iglesia es teándrica, gobernada por Dios y servida por hombres; pero en la práctica, y por la falta de fe, ellos creen que sólo el hombre la gobierna. Es así como acaban tratando a la Iglesia como si fuera una empresa puramente humana.

La Iglesia, a gusto del consumidor

Su único objetivo a partir de entonces es procurar llenarla del mayor número de hombres, sin importar lo que deban hacer para conseguirlo. Lo importante para ellos es que la Iglesia sea del gusto del consumidor, que se adapte a los caprichos de su tiempo y que ofrezca lo que éste demande. Viendo que la gran mayoría de los hombres se han dejado pervertir por el mundo y han acabado por legitimar cualquier aberración sexual, temen que la Iglesia se quede sola y abandonada por todos, e intentan salvarla pervirtiéndola a ella también.

Hay dos maneras opuestas e igualmente equivocadas de ejercer el ministerio de la Iglesia: la primera consiste en desatender las obligaciones propias del ministerio alegando que la Providencia puede cumplir su voluntad sin el concurso humano; la segunda consiste en ejercerlo como si se tratara de un gobierno exclusivamente humano en el que Dios no tiene parte. Conviene aclarar estos dos errores opuestos, que tanto parecido guardan con el quietismo y el pelagianismo respectivamente.

Dos errores posibles ante los ataques a la Iglesia

Es cierto que Dios podría guiar a su Iglesia sin ayuda del hombre, y que no necesita de él para cumplir su voluntad; pero ha querido dejar al hombre el honor de participar en el gobierno de la Iglesia militante, y no siendo absolutamente necesaria esa participación, la ha incorporado sin embargo a sus planes para computarla como mérito.

Así, el ministro de la Iglesia que permanece impasible ante los ataques contra la Iglesia, creyendo que defenderla no es su competencia, se equivoca al no aceptar el honor que Dios le ha otorgado; en cambio, el que pretende usurpar el gobierno que pertenece a la Providencia desafiando su autoridad, se equivoca abusando de ese honor.

Ambos errores son censurables, pero el segundo reviste un mayor peligro y revela un espíritu más perverso. El hombre que cree resignarse más a la voluntad de Dios cuanto menos participa en las vicisitudes de la Iglesia, tiene al menos fe, aunque se equivoque en su manera de vivirla; pero el hombre que no se resigna a participar en los planes de Dios, sino que pretende dirigirlos, ha perdido su fe y pretende suplantar a Dios mismo.

Los que quieren cambiar la Iglesia son quienes deciden

Este último es el espíritu que domina a todos aquellos que quieren cambiar la Iglesia para ajustarla a los gustos de nuestra época. Ellos deciden qué pasajes de las Escrituras deben creerse y qué otros no; ellos qué tradición observarse y qué otra incumplirse; ellos declaran qué doctrina debe invertirse para acomodarla a los hombres, y qué parte del Catecismo debe amputarse para no incomodarlos; ellos, en fin, se atribuyen la autoridad de hacer y deshacer cuanto quieran, de legislar en nombre de Dios y de rasgar el vestido inconsutil de Jesucristo. Hay algunos que os perturban y quieren pervertir el Evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del Cielo, os anunciare otro Evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema (Ga 1, 7-9)

Este terrible orgullo que se ha apoderado de algunos ministros de la Iglesia, esta falta de fe que les hace rendirse a los caprichos del mundo, no trastorna en lo más mínimo los planes de Dios, que se sirve con la misma facilidad tanto de los esfuerzos favorables como de los desfavorables a su voluntad, incluyéndolos desde un principio a su propósito y combinándolos por su presciencia hacia un mismo fin. No tememos, pues, por los planes de Dios, que deben cumplirse infaliblemente, sino por la salvación de estos ministros y por la de los fieles que puedan poner en peligro.

Dios habrá guiado a su Iglesia no por ellos, sino a pesar de ellos

Por más que Dios se sirva de sus mismos errores para dirigir a la Iglesia hacia el lugar que le tiene predestinado, no por ello no les serán tomados en cuenta esos errores, ya que Dios habrá guiado a su Iglesia no por ellos, sino a pesar de ellos. Jesucristo fue llevado a la cruz por la traición de Judas, pero no por ello Judas cooperó a nuestra salvación, ya que su intención no era esa, y de haber conocido Dios desde la eternidad que no le traicionaría, habría elegido otro medio para morir por nosotros en la cruz.

También Dios se servirá de esta traición para cumplir sus designios, pero no por ello estamos menos obligados como católicos a censurarla. En el mejor de los casos, estos ministros de la Iglesia se han dejado seducir por las ideas del siglo e ignoran por completo lo que hacen al intentar introducirlas en la Iglesia; en el peor de los casos, son plenamente conscientes del daño que le causan y lo único que se proponen es destruirla.

No es nuestra intención ni está dentro de nuestras posibilidades descubrir si es la ignorancia o la maldad lo que les inspira, pero creemos que este escrito, que tan sólo se ha dedicado a comentar sus palabras y a impugnarlas en cuanto tales, puede servir igualmente para uno u otro caso.

Me despido de estos sacerdotes recordando unas palabras de San Francisco de Sales, quien en una controversia epistolar con un ministro protestante en la que se oponía a sus errores, acabó su carta de esta manera: «cuanto más me opongo a usted en este lugar, más yo soy, de usted y de todos los demás, señor, su más humilde servidor según Dios». Mi deseo es que algún día puedan comprender que yo también he querido servirles oponiéndome a su error.

Alonso Pinto

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