San José con el niño Jesús

«Su marido José, como era justo…» San Alfonso de Liguori una vez escribió: «Todos deben saber que, después de la Madre de Dios, San José, de todos los santos, es el más querido a Dios». Opiniones similares se encuentran por todo las escrituras de los santos y también de los Pontífices Romanos (por ejemplo, en la encíclica Quamquam pluries de León XIII).

Aparte de la Tradición de la Iglesia, la Sagrada Escritura no dice mucho sobre San José. Ciertamente, mucha de la información, la cual no es mucha en realidad, sobre San José solo se encuentra en los evangelios de San Mateo y San Lucas.[1] Sin embargo, los Padres de la Iglesia y los teólogos posteriores han comentado extensamente sobre estos pasajes, especialmente el único conteniendo el título de este artículo, en Capítulo 1 (versículo 19) del Evangelio de San Mateo. El propósito de este artículo es dar diversas percepciones de los Padres de la Iglesia que se encuentran en la obra de Santo Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de San Mateo, acerca de San José, especialmente con respecto a su virtud. Después, daré una breve reflexión sobre estos comentarios.

¿Repudió San José a María?

Versículo 19 de este Capítulo dice: Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Santo Tomás relata que son dos interpretaciones diferentes con respecto a este versículo entre los Padres. El primero es de San Agustín. Él dice que San José sospechó a la Virgen Santa haber cometido el adulterio. Sin embargo, Santo Tomas pregunta: ¿Si San José sospechó el adulterio, por qué no entregó a las autoridades? ¿Por no entregarla, haría San José ser cómplice en su pecado?

Justicia y piedad de San José en María

San Tomás da tres repuestas a esta pregunta  de los teólogos: (1) San Juan Crisóstomo, (2) San Agustín, y (3) Beato Rabano Mauro, todas las cuales se centran en el sustantivo «justicia», que se adjetivamente aplica a San José. Crisóstomo dice que San José es justo en el sentido de ser «piadoso».[2] Entonces, San José no entrega a Virgen, porque él es piadoso.

Agustín, por otro lado, distingue entre dos tipos del pecado: (1) oculto y (2) manifiesto (peccatum occultum et peccatum manifestum). Por lo tanto, si José la entregó, sería para un pecado oculto o privado, que sería injusto porque «el pecado oculto no debe ser dar a conocer públicamente».[3] Rabano afirma que José es tanto justo como piadoso. Él es piadoso, porque no quiso revelar el crimen presunto de Nuestra Señora, y es justo, porque quiso repudiarla en secreto (véase Proverbios 18:22).

San José no quería ponerla en evidencia

Esta opinión «sospechar del adulterio», no obstante, no es mantiene universalmente por los Padres. De verdad, Aquino relata que San Jerónimo y Orígenes interpretan este versículo a la luz de la humildad de San José. Es decir, San José reconoció la castidad de la Santísima Virgen y los versículos del profeta Isaías: (1) 7:14 – He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, (2) 11:1 – Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Conectar los puntos, José reconoció y creyó estas profecías se refirieron a María, ahora la Madre de Dios. Así, conoció la santidad inmensa de su prometida y se pensó ser indigno recibirla como su esposa. Entonces, estos Padres entienden «no quería ponerla en evidencia» como que «el no quiso hacerla su esposa» debido a su indignidad.

¿Cuáles son las virtudes de San José?

Independiente de si uno está a favor de una interpretación o la otra, debemos reflexionar sobre las virtudes de este santo. De este breve versículo, hemos llegado a entender las virtudes que vivió San José: la justicia, la piedad, y la humildad. Santo Tomás también nota la sabiduría de San José: «La sabiduría … porque él reflexionó antes de actuar (v. 20) ».[4] También, San José ejemplificó la virtud de obediencia: en los últimos versículos del capítulo, observamos la aparición de un ángel a San José durante un sueño, donde el ángel confirma la milagrosa virginal concepción de Nuestro Señor en la matriz de su Madre. También, el ángel manda a San José hacer a Santísima Virgen su esposa. Después despertar, San José hizo a María su esposa, y no vaciló por un momento obedecer la voluntad de Dios.

Todo ello nos permite tener una visión de la santidad y las virtudes de San José que  practicó. Pero, quizás es natural para nosotros pensar que las virtudes que se practicaron por San José no pueden alcanzarse por nosotros. Digamos: «es muy difícil practicar estas virtudes como San José. Su santidad es demasiada y sus virtudes muy extraordinarias». Sin embargo, aunque San José es un santo muy increíble, practicó las mismas virtudes como nosotros. Como observa San José Marello: «San José no hizo cosas extraordinarias, sino más bien, alcanzó la santidad que lo elevó sobre todos los otros santos por su práctica de las virtudes ordinarias y comunes».

¿Cómo honrar a San José?

Por lo tanto, en esta día festivo del gran patrón de la Iglesia, debemos recordar dos cosas. Primero, que la Iglesia nos implora siempre imitar el ejemplo de los santos, eso es sus virtudes. Con esto, podemos estar seguros de imitar Jesús él mismo. El segundo, la Iglesia nos llama a honrar a los santos. Podemos concretar estos dos puntos con la pregunta retórica de Santa Magdalena Sofía Barat: «¿Y cómo podemos honrar a San José mejor que por imitar sus virtudes?» Estemos inspirados por el ejemplo de San José y aspiremos vivir una vida más virtuosa para imitarlo, y a su vez, imitar a su Hijo Adoptivo, Nuestro Señor Jesús Cristo.

¡Que San José rece y proteja nos siempre!

Jared M. Sutsko

 

            [1] Una breve mención se encuentra en el evangelio de San Juan 6:41-2.

            [2] En Latín, es «pietas» que aquí San Tomas significa la «misericordia» o la «compasión» en lugar de los otros sentidos de esta palabra. Véase la Summa theologiae, II-II, q. 101, a. 1, ad 2; ibid., q. 157, a. 4, obj. 3 et ad 3.

            [3] San Tomás, Commentarium super Mattheum., C. 1, L. 4, n. 116. «Peccatum enim occultum non est publice arguendum».

            [4] Ibid., n. 119.

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