En este pequeño artículo nos dispondremos a señalar algunas de las características del individuo de la modernidad líquida con respecto al ámbito de las relaciones íntimas a partir de unas pocas citas escogidas del libro ‘Amor líquido’ y apoyándonos también en otros autores. Como indica claramente el título de este artículo y, como no podía ser de otra manera, el del libro de Bauman, lo que hemos denominado “amor”, es decir, los vínculos de carácter afectuoso e intenso, ha pasado de su estado sólido al líquido, o incluso a uno evaporado. Se ha metamorfoseado. Lo que antaño tenía una forma clara, una estructura a la que el hombre podía acudir y refugiarse, y aun, construir a partir de ella; a día de hoy, se ha convertido en un líquido que se nos escapa por entre las manos, y que, por eso, acaba por derramarse en el suelo, que no se puede asir y que no es garante de ninguna edificación duradera.

«Actualmente las relaciones son una bendición a medias». Esto es lo que señala Bauman. Y es que, las relaciones humanas actuales se desarrollan y conviven entre dos frentes, en la pura ambivalencia. El individuo líquido busca desesperadamente ser querido, así que se adentra en una relación para sentirse aceptado. Sin embargo, al mismo tiempo es desconfiado con respecto a esa misma entrada en dicha relación. Una vez inmerso se pregunta si ha hecho lo correcto al inmiscuirse, no vaya a ser que, por estar ahora “atado”, se esté privando del disfrute que pudiera sacar de otras vivencias con otros individuos, que a su vez, anhelan lo mismo. El individuo de la modernidad líquida es una combinación entre un ser en búsqueda de un refugio que calme su angustia y un incansable centinela que vigila el exterior de ese refugio para evitar perder su ansiada “libertad” plasmada en las distintas oportunidades de consumo que el mercado de las personalidades le ofrecerá cuando la relación en la que se encuentra inmerso deje de hacerlo. Oscila continuamente entre la dependencia, es decir, de la “atadura” del vínculo y la demanda de una “desatadura” en el caso de que la primera se vuelva intolerable por verla como un peligro que le arrebate la emancipación “liberatoria”. Pero he aquí la trampa. Él mismo se convierte en un objeto susceptible de descarte. El otro individuo junto al que se encuentra en la relación puede abandonarlo si ve que ésta coarta su postura libérrima, es decir, si observa que este emparejamiento toma una dirección demasiado seria, cosa intolerable, pues el compromiso requiere demasiado esfuerzo, dedicación e incluso sufrimiento.

El individuo líquido se mueve a partir de estímulos, ya ni siquiera lo hace por deseo. Al mercado ya no le interesa tanto crear deseo, anhelo de consumir, como fomentar las “ganas” virulentas que se caracterizan por su inmediatez. El deseo supone demasiado tiempo para la cosecha. La consumición de un producto debe ser instantánea, que no permita ni un lapso de tiempo a la reflexión en el momento que se está consumiendo un determinado producto. Como señala el autor: «los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, compran porque “tienen ganas”. Requiere demasiado tiempo cultivar el deseo. Todos los motivos necesarios para que los compradores compren deben surgir de inmediato y morir de igual manera». Así, las relaciones amorosas, entendidas aquí como uniones sexuales, se convierten en un producto más de consumo. Se utiliza al prójimo como mero objeto que satisfaga nuestras apetencias y fantasías sexuales y, cuando esas “ganas” anteriormente candentes se enfrían tras haber satisfecho el deseo sexual del principio, nos deshacemos de él como de cualquier otro producto ya inservible. De esta manera los distintos tipos de amor se ven trastocados. Como menciona Jeffries en su biografía de la Escuela de Frankfurt: «el capitalismo mercantil había envenenado el amor como a todo lo demás, lo había cosificado y castrado de su fuerza avasalladora». El amor filial convierte a los seres humanos en mercancías, el materno es puro narcisismo, el propio pasa a ser egoísta, el amor a Dios se transforma en idolatría, y el erótico, como se ha mencionado antes, se caracteriza por la ausencia de ternura.

«Las ‘parejas abiertas’ son loables por ser ‘relaciones revolucionarias’ que han logrado hacer estallar la asfixiante burbuja de la pareja». Los individuos desvanecidos también creen ser unos auténticos revolucionarios, se observan a sí mismos como seres aventajados porque piensan que se encuentran un escalón por encima en la carrera del progreso. Han logrado escapar de los grilletes que las relaciones monógamas y ‘cerradas’ les imponían. Sin embargo, más que ser unos auténticos revolucionarios y pioneros del nuevo orden social que está aún por construir, lo que hacen es seguirle el juego a un modo de producción del que son presos llevándolo hasta su cumplimiento, que no es otra cosa que la disolución de los vínculos. No son de ninguna manera las cabezas de ninguna nueva edificación, son todo lo contrario. Son la quintaesencia de aquello que ellos dicen estar combatiendo. La revolución siempre preserva las uniones. Esos vínculos son imprescindibles tanto para reconstruir la sociedad como para evitar la propia destrucción de los ‘átomos’ que la compondrán. Mucho más claro deja este asunto doña Atilana Guerrero: «En cuanto que el programa político revolucionario de la holización se detiene ante la familia, conservando la institución tradicional, en esa medida, renuncia a sus principios, ahora bien, si dicho programa llega hasta sus últimas consecuencias, penetrando la ‘frontera’ de la institución familiar hasta llegar a los átomos que la componen, también en esa medida se pone en peligro el propio mantenimiento de la sociedad en el tiempo, o la ‘reproducción social’, dicho a la manera marxista».

En definitiva, el hombre de la modernidad líquida es un individuo aislado, porque tiene la creencia de que apartándose logrará su ansiada ‘libertad’, por eso, aun encontrándose sumergido en una relación deja la puerta de atrás entreabierta. No puede tolerar ‘atarse’ demasiado fuerte como para no poder desapretarse los lazos cuando guste o cuando otras ‘nuevas opciones’, que parecen más atractivas debido a su carácter sorpresivo, se presenten. De esta manera, entra en un ‘eterno retorno’, empezando y terminando relaciones con la ilusión de que algún día, tras haber adquirido una gran cantidad de información a partir de las incontables experiencias amorosas, logre de una vez por todas forjar algo duradero. Sin embargo, no lo conseguirá porque la única destreza que aprende es la de «terminar rápidamente y volver al principio». Obvia una de las características más importantes del amor, que es la perseverancia, el mantenimiento de la relación pese a las dificultades acontecidas. Esto le conduce, sin él percatarse, a una ‘incapacidad aprendida de amar’. Es un egoísta porque busca su satisfacción individual valiéndose de otros individuos que lo rodean. Jamás se entrega por completo porque eso supondría ‘pagar las consecuencias’. Por eso la idea del matrimonio le aterra. El matrimonio supone ‘atadura’, y además, para toda la vida; un camino largo y pedregoso, una descendencia, con la que será difícil lidiar, que además deberá cuidar y vigilar para la preservación de la misma en las mejores condiciones posibles y, por supuesto, soportar el duro golpe de la enfermedad y la muerte de su compañero de viaje o incluso la de sus hijos. Teniendo en cuenta esto último, podríamos decir que el individuo líquido se pregunta, de manera semejante a Lenin (cambiando una palabra por otra): ‘amar ¿para qué?’. Aun la misma unión sexual es una desunión, es «ilusión de la unión», pues cuando no hay ternura, sino puro goce y placer físico, se convierte en una práctica ‘orgiástica’ de condición transitoria que sobrecarga ese momento de meras funciones superfluas y que cumple un papel parecido al de la adicción a las drogas. Podríamos decir que, parafraseando a nuestra ministra de igualdad, es un individuo ‘solo y borracho’. Los dos individuos que comparten ese momento no llegan a conocerse, y eso provoca frustración, ya que después de la unión fisiológica la ilusión se desvanece y se encuentran igual de extraños que antes. Es débil, pero con la convicción de todo lo contrario debido a la sugestión ideológica a la que es sometido. Cree ser un transgresor iluminado que viene a traer la ‘verdad’ a la ‘humanidad’, cuando no es más que el medio, el utensilio que el modo de producción, al que cree contraponerse, utiliza para lograr sus fines. Es un individuo que se enternece al ver fotografías de animales en las redes sociales, pero se molesta cuando el hombre errante de rostro sufriente que vive entre cartones le pide una moneda para poder comprar alimentos. Lo único que demuestra es una actitud cainita: ‘¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?’ Génesis, 4,9. Podemos sentenciar de esta manera, para finalizar, que es en él donde se refleja la señal de la muerte del amor.

 

Danut Craiu

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