Afirmaba Aristóteles en su Metafísica que el asombro o la admiración es el primer rasgo de todo filósofo:

Pues los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración; al principio, admirados ante los fenómenos sorprendentes más comunes; luego avanzando poco a poco y planteándose problemas mayores [… ].  Pero el que se planea un problema o se admira, reconoce su ignorancia (por eso también el que ama los mitos es en cierto modo filósofo; pues el mito se compone de elementos maravillosos). De suerte que, si filosofaron para huir de la ignorancia, es claro que buscaban el saber en vista del conocimiento, […].

Por ello, podríamos decir que si el filósofo es amante de la sabiduría, el poeta, según  Aristóteles es el amante de los mitos. Y ambos, diría Santo Tomás de Aquino, se parecen, pues los dos tienen que vérselas con lo maravilloso. Pieper, otro tomista más cercano, nos diría que la poesía es una de las formas de trascender o de ver la realidad más profunda de las cosas que nos rodean, de redescubrirlas de nuevo, de ver la Belleza de la realidad que nos supera. Todos podemos recordar poemas sobre elementos cotidianos que nos llevaron a hacernos agradecidos por ellos.

También, quien se asombra o se admira es el que reconoce su propia ignorancia. Es por lo tanto esencial para el asombro la humildad de reconocerse limitado, de saberse pequeño ante la Belleza de la creación. Y también es esencial la confianza: el reconocer que Aquel que nos ha regalado el mundo es  a la vez Bondadoso y Verdadero, y que nos lo ha regalado por su inmenso amor. Aquella persona que sabe esto y es consciente de ello sabrá ver a Dios y su Belleza en todos los rincones de su vida; así como aquel que realiza todos y cada uno de sus actos por amor está igualmente lleno de Él.

Pero para ello tenemos que pararnos a contemplar. Pues muchas veces la vida es ajetreada y no nos permite pararnos y reflexionar, «lo esencial es invisible a los ojos» dirá El Principito. Porque lo esencial, nuestro fin último, el mismo Dios, te espera en todas las cosas para encontrarse contigo. Porque ahí donde hay Belleza está Dios, ahí donde hay Bondad está Dios y ahí donde hay Verdad, está Dios.

El principal problema de la filosofía moderna es que se ha olvidado de esto. Al apartar a Dios, aparta la confianza del hombre en la realidad, y duda ante ella pensando que puede estarle engañando como planteó Descartes. Al apartar a Dios, se llena de soberbia queriendo manejar y manipular todo el conocimiento posible, como ocurrió en la Ilustración. Al apartar a Dios, querrá crearse de nuevo un mundo a su medida, con sus propios valores y normas como hizo Nietzsche.

En contraposición a esto leamos con gusto a Chesterton, que dirá en Ortodoxia:

Mi aceptación del universo […] es un tema de lealtad primaria. El mundo […] es la fortaleza de nuestra familia, con la bandera ondeante sobre la torre, y cuanto más miserable es menos debemos abandonarlo. […] Su alegría es una razón para amarlo y su tristeza es una razón para amarlo más todavía.

Chesterton tendrá al mundo por su patria y su hogar, ya que encontrará en él todos los sentidos que necesita el hombre para vivir, un lugar regalado por Dios por amor a los hombres: “Y vio que todo estaba bien” dice la Biblia en Génesis 1, 31. Es por eso que Chesterton vivía en continuo asombro agradecido ante el mundo que aceptaba y que le rodeaba. Así pues defendamos al mundo que existe y a sus habitantes del sinsentido y la destrucción que es el pecado. Que la Belleza de la Luz que contemplamos nos irradie de tal manera que podamos irradiar a los demás.

Belén Gómez Carmena

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