De la cruz y de la esperanza

De la cruz y de la Esperanza

Si hay algo tienen en común un ruso como Dostoievski  y una americana del sur como Flannery O’Connor es que comprendieron y plasmaron en sus libros la redención a través del sufrimiento humano.

En Crimen y castigo el asesino Raskolnikoff solamente se redime al aceptar su expiación y confesando su delito públicamente, tal y como le aconseja Sonia en el momento en el que va a visitarla para contárselo,

-¿Qué hacer?- exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes lágrimas en los ojos, en los cuáles brillaba un extraño resplandor-. Levántate – al decir esto tomó a Raskonikoff por el brazo; el joven se incorporó y miró a Sonia sorprendido -; ve en seguida a la próxima encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después inclínate a un lado y a otro, diciendo en voz alta y a todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?

En el cuento de Flannery O’Connor de Un hombre bueno es difícil de encontrar, tenemos a otro asesino, esta vez en serie, llamado El Desequilibrado que consigue, al final del relato, matar a la familia protagonista. Sin embargo, este asesino se queda extrañado ante las últimas palabras de la abuela antes de morir; dirigidas a él:

—¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!

La abuela, al igual que Sonia, comprende que el pecado daña principalmente al que lo comete, pues le lleva a la perdición, a la infelicidad y a vivir incluso, un infierno en vida. Como hace  Sonia, los cristianos sabemos que la primera obra de caridad es apartar a los demás del pecado; comprometiéndonos hasta dar la vida por ellos; tal y como hizo Jesucristo en la Cruz. Como dijo Él mismo: “No me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se aparte de su camino y viva” (Ezequiel 33, 11). Efectivamente, son los pecadores, los que menos se lo merecen, los más necesitados de la misericordia y el amor de Dios.

Es solamente el cristiano el capaz de ver la sombra y la posibilidad de conversión y de salvación en todas las personas, incluso en las más perversas. El cristiano, ante el sufrimiento, tiene esperanza. El ateo, ante el sufrimiento, tiene desesperación. Solamente el cristiano tiene fuerzas para enfrentarse al sufrimiento y a la muerte precisamente porque cree en la Redención y tiene esperanza. Ante la cruz el ateo se desespera, ante la cruz, el cristiano se emociona, pues es el primer paso a la Gloria de la Resurrección. El sufrimiento, llevado con Dios, es redentor por la comunión de los santos; el sufrimiento, llevado sin Dios, es inútil y estéril.

Decía Tolkien en su ensayo Sobre los cuentos de hadas que la “discatástrofe”, o la posibilidad de tristeza y fracaso; las pruebas en la dificultad, ensalza la “eucatástrofe”, la alegría del final feliz, el Gozo de la visión de la Vida Eterna; y la esperanza en esta es la que da sentido a la anterior. El ser humano tiene inscrito en lo más profundo ese deseo de final feliz, porque ha sido creado con la nostalgia de la Eternidad. El mismo Tolkien afirma:

El nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre. La Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación […] El cristiano ha de seguir trabajando, en cuerpo y alma, ha de seguir sufriendo, esperando y muriendo. Pero ahora puede comprender que todas sus inclinaciones y facultades tienen una finalidad, que pueden ser redimidas.

Así pues, bajemos a los demás como Cristo bajó a la Tierra en el día de la Navidad. Que la alegría por este Nacimiento y por su Cruz y su Resurrección lleve la esperanza y la paz a todos los hombres de buena voluntad, a los más pecadores y a nosotros mismos. Que el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra, sino que son solo la puerta y el velo que se abrirán para darnos paso al País lejano y verde de playas blancas que es nuestro verdadero Hogar.

Belén Gómez Carmena

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