Por eso la eutanasia

Para empezar, advierto que en esta ecuación que tratamos de resolver habría que añadir algunas cuestiones de suma importancia –como los cuidados paliativos–, que terminarían, también, por desbaratar cualquier defensa de la eutanasia. Pero, para este pequeño escrito, me gustaría prescindir –y ya es mucho prescindir– de cuestiones técnicas, sanitarias en este caso; políticas, económicas, jurídicas… que por sí solas, ya serían también suficientes para, probablemente, reconducir estos desvaríos progresistas. Prescindiremos, incluso, de cuestiones estrictamente religiosas, aunque, en última instancia, sean la fuerza motriz –y la matriz– del resto. 

Centrémonos, pues, en cuestiones filosóficas, incluso antropológicas si se quiere. Así pues, la ley de Eutanasia supone el triunfo (casi) definitivo de un modelo de ver la vida y, también, de ver la muerte. No comparto, aunque quizá pueda ser hilar muy fino por mi parte, esa idea de que es la cultura de la muerte. A la muerte se la ha rendido culto, legítimamente, desde muchas posturas y perspectivas. Por ejemplo, desde la milicia. Huelga recordar el « ¡Viva la muerte! » legionario. Nada más alejado de esta corriente progresista que la filosofía de la milicia.

La ley de Eutanasia supone el triunfo (casi) definitivo de un modelo de ver la vida y, también, de ver la muerte

El intento de crear un ser nuevo

No se trata, entonces, de cantar a la muerte frente a la vida, sino, sencillamente, de no cantar. De vaciar de sentido la vida, pero también la muerte. Es, realmente, la victoria –temporal– de la cultura de la negación, de la anulación. La negación de la vida, pero no para situar la muerte, sino el limbo.

Es una alteración idealista del orden natural. Un (des)orden idealista donde no existe el sufrimiento, ni nada desagradable. Una colocación errónea, en tanto que antinatural, de la vida y de la muerte en el esquema filosófico humano –inevitablemente, al lector se le estará viniendo a la mente, con mucha probabilidad, «un mundo feliz», de Huxley­–.

Porque la vida es, inevitablemente, dolor, sufrimiento, sacrificio, martirio… negar eso sí es arrebatar la vida. Es el intento de crear un ser nuevo. Un hombre mediocre, débil, cobarde, que huye, que todo lo sacrifica por el placer inmediato, que no tiene la valentía de amar… Es verdad que eso siempre existió, claro, pero jamás fue modelo de nada positivo.

El dolor es un trance, es cierto que desagradable, al que no debemos renunciar, forma parte de nosotros

Un concepto anulado

Ciertamente, observando las premisas sobre las que cimentan sus razonamientos, esto le viene como un guante a esta época: ¿Qué está bien? Lo que nos da placer (inmediato, claro); ¿qué está mal? Lo que nos causa dolor. Con estos dos sencillos axiomas, hay un concepto que queda anulado y relegado de manera automática al más profundo, oscuro y oprobioso de los olvidos: el sacrificio. Concepto que, recordemos, la milicia encumbra como la gran virtud, junto con la fidelidad. Servir, no servirse.

Claro, desde estas perspectivas hedonistas, egoístas, pacifistas… ¿por qué pasar noches en vela aferrado a la madre que se nos muere? ¿Por qué sufrir codo con codo con el hombre que llevamos décadas compartiendo sueños, anhelos y frustraciones, si sabemos que no hay nada que hacer por él y en unos días, o semanas, ya ni existirá? A mí se me vienen a la cabeza algunos conceptos: misericordia, ternura, cariño, protección… amor.

Todo lo que quieren eliminar sufrimiento, tormento, dolor, suplicio nos moldea, nos perfila y es una parte irrenunciable de la vida. No es que nos haga ser mejores; es que, nos hace, sencillamente, ser

Un idealismo absurdo

El dolor es un trance, es cierto que desagradable, al que no debemos renunciar, forma parte de nosotros. Es un idealismo absurdo, decíamos, el pensar en vivir sin él. Lo mismo del sufrimiento. Idealismo absurdo porque, primero, de forma absoluta es imposible. Segundo, porque la tendencia a él crea una sociedad execrable; eliminamos una parte, en teoría, mala de nosotros, pero eso nos conduce a ser peores aún.

No sufrir nos lleva a la debilidad, al egoísmo, a la vileza. Nos deshumaniza, nos aleja de lo que realmente somos. Todo lo que quieren eliminar –sufrimiento, tormento, dolor, suplicio– nos moldea, nos perfila y es una parte irrenunciable de la vida. No es que nos haga ser mejores; es que, nos hace, sencillamente, ser.

Pero claro, hemos de recordar que ellos negaron la vida. Porque la vida trae sinsabores y ellos quieren solo placer. Porque la vida trae rompecabezas, errores, frustraciones… y ellos no quieren pensar. Porque la vida es ver morir a tu padre o a tu hermano, pero ellos no quieren dolor. Rechazar el dolor es rechazar la vida, efectivamente. Es rechazar el amor, ante todo.

Porque si amas, te sacrificas. Es una máxima básica. Es la premisa sobre la que se construye la Civilización

Verdadera muerte digna

Porque si amas, te sacrificas. Es una máxima básica. Es la premisa sobre la que se construye la Civilización. Decía San Agustín que si no quieres sufrir, no ames. Pero, si no amas, ¿para qué quieres vivir? Es, exactamente, eso. Amar duele, trae sufrimiento… a veces, puede incluso conducirnos a la muerte, claro. Pero no hay alternativa, si es que uno quiere vivir. Pero vivir de verdad. Vivir con amor, con violencia, con desengaños, con el alma desgarrada en unas ocasiones y en otras con una paz embriagadora, con amistad, con afecto sincero… con los extremos, en plenitud.

Plantean la muerte como una solución de compromiso. Una muerte, desde luego, indigna. No tiene nada que ver, naturalmente, con la glorificación de la muerte que se da en la milicia. Es, de hecho, lo contrario. La milicia encumbra a la muerte como el pico más alto de sacrificio posible. De sacrificio por amor. A lo que sea… a la patria, a la familia, a los camaradas, al honor. Se está glorificando la vida, a fin de cuentas. Una forma de entenderla y cantarla, en plenitud, que conduce, en algunos casos, a una irremediable, pero digna, extinción de la misma.

Quien defiende la eutanasia se opone al héroe y, en su lugar, propone al burgués

Hedonismo frente a sacrificio

En cambio, quien defiende la eutanasia vemos que se opone frontalmente a esta concepción del hombre y su paso por la Tierra. Se opone al héroe y, en su lugar, propone al burgués, elimina al titán y pone al enano. Parte de esos dos axiomas que comentábamos antes, que dan lugar al hedonismo. Hedonismo frente a sacrificio. El hedonismo, realmente, es el extremo opuesto e irreconciliable –porque, efectivamente, los extremos no se tocan– del heroísmo. El hombre mediocre y vacío frente al sublime; el que no es capaz de vencerse a sí mismo y el que sí. Unos cantan la poesía del deber, otros graznan los gruñidos del deseo egoísta.

Similar es el caso del aborto. Hace escasos días veíamos en Argentina a veteranos de la Guerra de las Malvinas en manifestaciones provida. Gente que, probablemente, mató enemigos y vio morir a sus amigos, defendiendo la vida. ¿Paradójico? En absoluto. Lo que están en liza son, decíamos, dos modelos de entender la vida y la muerte. No tanto el defender la vida o la muerte, unos la una y otros la otra; si no la definición de ambos conceptos. Es la virtud frente a la mediocridad, en última instancia.

Todo se reduce a una cuestión ética. A modelos de vida, a formas de ser… ¿Se imaginan tener que escuchar a la conciencia?

Una cuestión ética

¿Cuántos de esos muchachos que van alegremente con el pañuelo verde, gritando a la muerte (la cómoda, la fácil, la indigna) tendrían arrestos de siendo apenas un niño dejar todo e ir a una guerra? ¿De empuñar un arma y matar? ¿De tener plena conciencia de lo que hacen y poder dormir por la noche? ¿A nadie le resulta curioso que, casualmente, todos los hombres virtuosos acaben en la misma trinchera? Supongo que será una reacción frente a la similar actitud a este respecto de los mediocres.

Por ir concluyendo, todo se reduce a una cuestión ética. A modelos de vida, a formas de ser. ¿Aceptamos el amor sincero, que conlleva llorar y abrazarnos a quien queremos hasta el último segundo? O, por el contrario, ¿aceptamos los sucedáneos que nos proporciona el sistema, al estilo de, como sacábamos antes a colación, «un mundo feliz»?

Por eso la eutanasia

Desde luego, el «soma» también juega un papel fundamental en nuestro siglo. ¿Se imaginan tener que escuchar a la conciencia? ¿Después de hacer tantas cosas malas? ¿A fin de cuentas… la conciencia nos da placer o dolor? Mejor ahogarla, entonces, entre alcohol, drogas de diseño, discotecas cutres, relaciones sexuales o pasatiempos estériles. La cuestión, después de todo, es: ¿queremos vivir o queremos sobrevivir?

La sociedad actual, imbuida de este insoportable hedor a decadencia, elige, desde luego sobrevivir. Por eso el piso en Malasaña con cuatro amigas y no el adosado con el marido y los hijos. Por eso el yoga y no la misa. Por eso el Netflix y no el libro. Por eso la lujuria y no la castidad. Por eso el ruido y no el silencio. Por eso el paseo por el centro comercial y no por la montaña. Por eso los gatos y no los niños… Por eso la eutanasia.

 

                                                           Sergio Maldonado Martín

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