Católico época

Existe entre los detractores del catolicismo un ataque contra los católicos que podríamos decir que es su predilecto en atención a la insistencia con que lo utilizan. Consiste en hacer una caricatura de los fieles, o al menos de aquellos más coherentes con su religión, al presentarlos como personas que añoran viejas épocas, que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, y que son refractarios a cualquier avance que se haya dado a partir de determinado siglo.

Cuando el debate contra un católico se tuerce, cuando se sienten acorralados o creen que están cediendo terreno, acuden a esta imagen deformada para salir por la tangente de la parodia. Hay otros, es cierto, que no esperan a verse en esa situación desventajosa, sino que se adelantan y la emplean de entrada para evitar verse arrastrados a razones que no desean o a hacer concesiones de las que deberán arrepentirse más tarde.

La semana pasada una política española, Malena Contestí, se burlaba de un niño que recibía con entusiasmo y devoción una imagen de la Virgen, augurando que le esperaba un futuro fanático. Poco después, y aludiendo nuevamente a los católicos, o al menos a aquellos que no tienen la manía de cambiar la doctrina católica según los tiempos, volvía a hacer gala de un más que dudoso sentido del humor al comentar que cualquier día íbamos a despertar 500 años atrás. A esta política, voluble como el interés e inconstante como la fama que busca, le parece algo inconcebible que alguien mantenga una misma convicción de una hora para otra.

A esta política, voluble como el interés e inconstante como la fama que busca, le parece algo inconcebible que alguien mantenga una misma convicción de una hora para otra

Pero el caso es mucho más triste cuando quien emplea la caricatura es un sacerdote católico. Por consideración a su alma, en peligro por el ansia de notoriedad, omitiré el nombre de este sacerdote, evitando contribuir lo más mínimo a acrecentar su peligro al aumentar su popularidad. Bastará con apuntar que repite todos los tópicos de los anticatólicos, y que habiendo sido absorbido por la Modernidad, cree que cualquier católico que no comparta con él esa misma desgracia está idealizando el pasado y vive en el ayer.

Esta confusión es usada en su mayor parte por malicia, pero también por prejuicio e ignorancia. Para esclarecerla hay que comenzar señalando que, al contrario que los progresistas, los católicos no podemos ver el futuro ni saber si será mejor o peor que el presente.

Nosotros simplemente creemos en la verdad revelada, es decir, transmitida por Dios en un momento del tiempo, y conservada por la Iglesia por una sucesión ininterrumpida de ordenaciones identificables que remontan su origen a los apóstoles y al mismo Jesucristo.

Teniendo siempre como referencia esta verdad, juzgamos la época presente y cualquier otra época en proporción al honor, respeto y cumplimiento que guarda con esa verdad, lo cual puede valorarse mejor por la cantidad de doctrinas y dogmas que niega, y que son, por decirlo así, las fórmulas escritas y pormenorizadas de esa verdad. Así, cuando un católico estudia una época, no se basa para juzgarla en el número que compone su fecha, sino en el número de dogmas y doctrinas católicas que son afirmadas, y por tanto en el grado de plenitud de la verdad revelada en determinado tiempo.

Cuando un católico estudia una época, no se basa para juzgarla en el número que compone su fecha, sino en el número de dogmas y doctrinas católicas que son afirmadas

Se comprenderá entonces que cuando queremos ver cómo es tratada la verdad revelada en una época concreta nos vemos obligados a limitar nuestro campo de visión al presente y al pasado. Nosotros buscamos la verdad, sin fijarnos en el tiempo, sin mostrar mayor inquina a tal época porque sea posterior y preferencia a tal otra porque sea anterior.

De modo que si en el siglo XIII, pongamos por caso, vemos que la unidad católica era más perfecta, los dogmas menos discutidos y la doctrina católica mejor practicada, idealizamos no la época, no la fecha, no el número, sino la misma verdad. Si en el siglo presente, al contrario, vemos cundir el aborto, la sodomía o la eutanasia; si vemos a la Iglesia perseguida por todas las herejías y a la política conjurada contra ella; si vemos a todas las religiones respetadas menos la nuestra, presenciamos cómo se tolera la ofensa a nuestra fe o cómo los católicos son los que sufren mayor número de atentados por su religión; por todo ello esperamos que los anticatólicos y los autodenominados católicos liberales nos permitirán la osadía de asegurar que la época presente no es muy propicia a la verdad.

Los católicos juzgamos a la época por la verdad, y no a la verdad por la época

Si en la comparación con la época presente y el siglo XIII admiramos más en éste último su conformidad con la verdad revelada, no significa que añoremos el pasado, que vivamos en el ayer o que creamos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo que añoramos es la verdad, vivimos en la verdad, creemos que cualquier verdad pasada fue mejor a un presente que la odia.

Somos peregrinos en este mundo, y no nos importa qué siglo pisamos. Nuestra mirada está puesta en un lugar más alto desde donde los siglos se confundirán en un sólo punto, como los caminos se acercan más entre sí cuanto más elevado es el lugar desde donde se les mira. La única razón para ser el centro del desprecio de los modernos es que seguimos un criterio totalmente opuesto al establecido por ellos para discernir la realidad, ya que los católicos juzgamos a la época por la verdad, y no a la verdad por la época.

Alonso Pinto

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