«…ad Deum qui laetificat iueventutem meam». Es nuestra época un tiempo de profundo vacío existencial, donde las cosas son efímeras, en la que se han perdido los lazos y raíces que atan al hombre con sus antepasados y aquellos que le precedieron en la historia. No hace falta ser demasiado inteligente para ver que la vorágine de la posmodernidad ha arrasado con todo desde hace varias décadas, y nuestro tiempo parece ser como un huracán arrollador que mata todo vestigio de verdad y belleza en el alma de cada persona.

El hombre, un ser religioso

Antiguamente, los pueblos, las civilizaciones, tenían una religión, palabra que viene de “religare”, “unir”, unión con su Dios o dioses. Y tenían unos ritos, elementos de la religión que configuraban la vida, el espacio y el tiempo de los pueblos. Ritos que marcaban los nacimientos, la muerte, las estaciones, todo aspecto de la existencia humana. No se concebía un pueblo sin sus dioses y sus sacerdotes. Podemos decir, como muchos sabios a lo largo de la historia, que el hombre es un ser religioso.

Nosotros, los católicos, también teníamos esos ritos. Y digo teníamos, porque es notorio que entre el pueblo católico se ha olvidado la relación y el deber que tenemos para con nuestro Señor. Han sido cambiados los ritos, han sido despreciados, y, actualmente, revolotea aquel versículo del Evangelio: “cuando llegue el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la Tierra?”. De aquí a unas décadas la liturgia católica ha sufrido una degradación como nunca se ha visto en la historia de la Iglesia desde que Jesucristo la fundara. Y no se observan signos de mejora, sino que, todo lo contrario, pareciera que el interés por la liturgia es tachado de farisaico. No. Nosotros no lo podemos aceptar. Porque la liturgia es el centro y culmen de toda vida cristiana. Y sin eso, todo lo que hagamos será un puro activismo vacío, en el que habrá mucho de hombre, pero nada de Dios.

La misa, liturgia y sacramentos

Nuestra religión es la verdadera. Y contamos con esa superioridad frente a las otras falsas religiones. Sabemos que nuestra liturgia es veraz, y eficaz, pues los sacramentos dan la gracia, el poder sobrenatural de Dios para darnos la vida eterna. ¿Y somos tan estúpidos de relegarlo a un segundo plano, cuando no, a despreciarlo y olvidarlo? No caigamos en la trampa de los mundanos, amemos y fortalezcamos nuestra relación con la liturgia, reforcemos nuestra oración.

Ya hemos visto en qué ha devenido el hombre de nuestro siglo: en un árbol sin raíces, seco y yerto. Son esos hombres como aquella casa del Evangelio, que, edificada sobre arena y sin cimientos, vinieron las lluvias y arrasaron con ella. El católico, hoy, ha de ser como la casa que se edifica sobre roca fuerte, y esa roca es Jesucristo. Nosotros encontraremos a Jesucristo en la liturgia y los sacramentos, y, en concreto, en la Sagrada Eucaristía.

Pues bien, sirva esta serie de artículos como una pequeña contribución a esa causa de restaurar la cultura cristiana, para informar todo ámbito de la sociedad en Cristo. Que la Santa Virgen, madre de Aquel que hace nuevas todas las cosas, me sostenga en la perseverancia de aportar unas pequeñas contribuciones para “instaurare omnia in Christo”.

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