Máiquez la inclinación de mi estrella

Kierkegaard escribe en uno de sus primeros Diapsálmata: «¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón, pero cuyos labios son de tal naturaleza que si de ellos brotan sollozos y alaridos, suenan como una bella música…Y las personas se apiñan en torno al poeta y le dicen: vuelve a cantar, es decir, deja que los sufrimientos atormenten tu alma». No puede negarse que en estas palabras del filósofo danés hay un fondo de verdad, que la mayoría de los poetas son seres afligidos cuyos gritos de dolor, por un singular don, se transforman en arrullos de belleza. El poeta nos está comunicando que es un desgraciado y que el dolor corroe su alma hasta la desesperación, mientras el público le aplaude y pide que componga más poemas, es decir, que sea un desgraciado. Si el poeta dijera: «Ya soy feliz, no volveré a escribir poesía», sus lectores se sentirían decepcionados. «¿Cómo puede ser tan egoísta? Nosotros esperamos sus poemas con ilusión y a él se le ocurre ser feliz».

   En general esta descripción del poeta es certera. Cuando pensamos en Hölderlin, en Jorge Manrique, en Leopardi, en Fernando Pessoa, en Dante y tantos otros, comprobamos que sus puntos álgidos de belleza poética coinciden con el paroxismo de su tristeza y dolor. En el romanticismo y en los llamados “poetas malditos” como Baudelaire esta verdad se hace todavía más patente. ¿Pero no hay excepciones a esta descripción lúgubre del poeta? Por supuesto que las hay. Al igual que existen poetas malditos, existen poetas benditos, o mejor, beatos, en el sentido original de la palabra. Son felices, alegres, optimistas, y sin embargo son buenos poetas.

   Transformar la angustia y la tristeza en belleza poética no es una tarea tan compleja, pues casi podría decirse que el dolor bien explicado siempre es bello. Pero transformar la felicidad real en felicidad poética, eso es lo difícil. El hombre feliz no tiene la necesidad de que los demás le entiendan, como le sucede al hombre angustiado, para quien la comprensión es un alivio. Decimos al hombre que llora, ya sea explícita o tácitamente: «cuéntame qué te pasa», y él debe esforzarse por hacernos comprender su dolor, debe hacerse poeta a la fuerza. Pero al hombre sonriente nadie le pregunta por qué sonríe, o no siente necesidad de hacerse comprender, por eso es tan extraño que se convierta en un buen poeta.

   Enrique García-Máiquez es una de las maravillosas excepciones a esta regla. En su último poemario, Inclinación de mi estrella, el poeta gaditano mantiene esa línea que ha caracterizado toda su trayectoria poética: una festiva sobriedad, elegante y pícara a la vez, que no abusa del gracejo ni cae tampoco en la circunspección; el tono ameno y conversacional, que hace del lector un confidente y no un mero receptor; la elección de elementos familiares o cotidianos para expresar pensamientos o sentimientos complejos; un lenguaje preciso pero sencillo, que huye del oscurantismo afectado y del tecnicismo innecesario.

Mucho más podría decirse sobre la voz poética de Máiquez, sobre todas las cualidades y todos los giros que la hacen tan reconocible. Pero Inclinación de mi estrella me confirma sobre todo en mi apreciación de Máiquez como un poeta antimaldito. Su poesía no es el reflejo de un alma atormentada que se retuerce poéticamente para mostrarnos las heridas purulentas de su espíritu. Ciertamente no le costaría nada aparentar que es el hombre más infeliz del mundo, que su pena es atroz y que cada segundo de su vida sufre la angustia que los demás hombres acumulan durante toda su vida.

Inclinación de mi estrella de Enrique García-Máiquez.

“Inclinación de mi estrella”, de Enrique García-Máiquez.

   Pero a Máiquez no le avergüenza no ser un desgraciado. Sus poemas parecen escritos bajo una media sonrisa, e incluso cuando no son humorísticos parecen haber sido creados en un momento de buen humor. No sólo no oculta su vida de marido, padre y profesor, de hombre común (en el buen sentido de la palabra) y formal, sino que lo confiesa abiertamente y se ríe con nosotros de la paradoja del poeta afortunado. En su poema Lamento ironiza con su situación y la pone en contraste con el poeta maldito o desgraciado. Reconoce que los poetas con amores frustrados, imposibles o desdichados tienen una mejor materia prima para elaborar sus poemas, y bajo el último verso casi podemos oír a Máiquez diciéndonos en voz baja: «En cambio yo estoy casado y muy felizmente. ¡Qué se le va a hacer! Nadie es perfecto». No parece una casualidad que en el siguiente poema, Provenzal, su propia mujer tome la voz con un nada ideal «¡Déjate de sonetos y a la cama!», que a pesar del aparente desdén realza la idea de un amor sólido y con la suficiente confianza como para lanzarse imperativos, en oposición a los amores «esquivos» de los que se ha hablado en el poema anterior.

   Este tono jovial y franco se mantiene durante toda la obra, envolviendo las distintas métricas que se suceden y que van desde el soneto al haiku, del tanka al hexámetro, de la copla al verso libre o la soleá, y más allá de la métrica se transmite también en el aspecto visual, no sólo con dos dibujos que aparecen tras las páginas de cortesía (por su hermano Jaime y por José Mateos respectivamente), sino también con un caligrama en su poema Nocturno, justo en la mitad del libro, como el brocal de un pozo al que se asomaran el resto de páginas. Esa variedad acentúa de alguna manera el carácter poético y humano del gaditano, su manera de entender la vida, su virtuoso descuido por la pose adusta.

   No es que no tenga también poemas melancólicos, pero son melancólicos teniendo en cuenta su falta de melancolía. Por ejemplo, el poema Un hecho parece melancólico en una obra de Máiquez, pero parecería alegre en una obra de Fernando Pessoa. Hasta podría decirse que el optimismo de Máiquez sobresale con mucho más vigor en poemas como este, donde la tristeza de fondo no logra apoderarse de los versos. El poeta maldito o “amalditado” habría hecho todo lo contrario, dando plenos poderes a la tristeza, exagerándola incluso, recreándose en el pesimismo y en la desesperación.

   De entre todas las notas características de la poesía de Máiquez, esa es la que más me llama la atención y la que me parece que hace más reconocible su voz. Podría cambiar en otros aspectos de su estilo sin perder su esencia, pero no podría cambiar en ese sentido sin convertirse de inmediato en otro autor diferente.

El poeta de Kierkegaard tenía la desgracia de transformar sus gemidos en bella música. Era su mayor desgracia y a la vez su mayor don. No vamos a negar que en muchos casos el dolor y la desesperación de ese tipo de poetas nos han regalado versos de una belleza sobrecogedora, que de otro modo no hubieran sido compuestos jamás; pero tampoco debemos despreciar esa misma belleza cuando no ha necesitado de la desgracia del poeta, cuando no surge de la enfermedad sino de la salud, ni de la amargura sino de la dicha. En esos momentos es cuando se prueba si nos recreamos en la buena poesía, como lectores, o en el dolor mismo, como sádicos. Enrique García-Máiquez es la piedra de toque.

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