El descubrimiento de América es uno de los grandes acontecimientos de la historia universal y describe a España como una de las naciones cuna de civilización. La monarquía española controlará extensos territorios, que en el siglo XVIII abarcarán desde Alaska hasta la Araucania. Sin contar la prolongación en el Pacífico, con posesiones insulares que llegaban hasta Filipinas.

Un mestizaje global

Desde el descubrimiento, la magna obra cultural y evangélica desarrollada por España en América -en aquel entonces Filipinas y archipiélagos polinesios eran dependencias de Nueva España (México)- la vinculó para muchos intelectuales con la civilizadora de Roma. La piedra clave de aquella construcción cultural fue el mestizaje de dos comunidades humanas, que de su fusión surgió la identidad propia de América, como el Barroco criollo plasmó magistralmente en su obra pictórica y arquitectónica. La unidad espiritual producida por la acción de la cultura, favoreció la formación de las nuevas identidades nacionales, enraizadas en sus respectivas geografías.

Una de las causas de ello fue, que a diferencia de los ingleses u holandeses, que injertaban comunidades raciales puras, exterminando o reduciendo a la esclavitud a la aborigen, España patrocinó una emigración escasa y de buena calidad; y cada emigrante tenía que hacer una información previa en la Casa de Contratación de Sevilla.

La administración española quería crear una sociedad hispana que fuera imagen y prolongación mejorada de la peninsular. Al ser principalmente masculina, el mestizaje se produjo de inmediato con los pueblos americanos. Los testimonios de cronistas, como el inca Garcilaso, muestran la fusión de sangres de una generación de americanos que se sentían por igual descendientes de los conquistadores y de los vencidos. La América española que nacía, se desarrollaba con su propia personalidad, y el barroco criollo pondrá imagen a esa personalidad propia, distinta de la España europea, pero también de las civilizaciones precolombinas.

El fin de la libertad

Este desarrollo vital, libre y propio de la personalidad americana se verá roto, como demuestra el chileno José Joaquín Huidobro, a partir del movimiento emancipador. La independencia consolidará unas naciones nuevas, republicanas, liberales y laicas, pero que quieren asemejarse a las europeas. Al abandonar el catolicismo como esencia de sus nuevos estados, lo indígena será considerado algo vergonzante, y se marginará, cuando no se harán campañas contra ellos, como sucedió en los EEUU, que les llevó a la reclusión en reservas. El incentivo de inmigración europea debía rellenar los huecos y mostrar una imagen de aquella “nueva Europa” que renunciaba a sus orígenes católicos y españoles, pero que se vería reivindicada por los intelectuales americanos de la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, la sociedad española del siglo XVI que descubrió el nuevo continente era intensamente católica, después de siete siglos de dura reconquista, que en los albores del descubrimiento había culminado con la rendición de Granada. España no era todavía una unidad política, solo personal, aunque existiese un sentimiento de comunidad histórica que había tenido sus reflejos en hechos como las Navas de Tolosa en 1212. Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, escribió en aquella ocasión: “Castilla, Portugal, Navarra y Aragón son independientes, pero partes de un ente superior que es algo más que la geografía o que el eco histórico de lejanas latinidades: una comunidad de sentimientos, de intereses y de cultura”. Los Reyes Católicos fueron los monarcas que reformaron Castilla y Aragón, respetando sus usos y costumbres, pero aunando sus intereses en el Mediterráneo y en el Atlántico.

El cristianismo como argamasa

La sociedad que emergía bajo el mando de los Reyes Católicos subrayaba como nexo de unión su catolicidad. Será esa conciencia cristiana de su momento, la que ante las nuevas circunstancias plantease el derecho que tenía España a posesionarse de los nuevos territorios, aunque tuviese uno de sus objetivos la evangelización de las personas encontradas allí.

Fray Antonio de Montesinos en su sermón de Navidad de 1511 en Santo Domingo, denunció la explotación del indio y la guerra de conquista como contrarios al cristianismo. Sus ecos llegaron a España y en las juntas de Burgos y de Valladolid de 1512 y 1513 se elaboraron algunas leyes defensoras del indio así como el requerimiento que justificaba los derechos de soberanía tras solicitar a los indígenas el sometimiento pacífico. Antes de hacer la guerra a los indios, se les debía leer el requerimiento, que les ofrecía la conversión al cristianismo, y en caso de negativa agresiva, podía iniciarse la conquista. Consciente del requerimiento, Carlos I exigió en 1526 que cada expedición fuese acompañada de dos eclesiásticos y que únicamente se hiciese la guerra a los indígenas cuando ambos se hubiesen agotado todos los medios.

Conquista y civilización

Entre 1519 y 1522, Hernán Cortés conquista el Imperio azteca. Cortés era un hombre sinceramente religioso, muy devoto de la Virgen María y muy consciente de que a él le correspondía ganar para Cristo ese mundo indígena. Acompañado del sacerdote mercedario P. Bartolomé de Olmedo, en Cempoala, destruyó los ídolos indígenas, y habló contra los sacrificios humanos. Los aztecas se consideraban un pueblo del Sol, denominado en su lengua nahua Huitzilopochtli, y la misión del imperio azteca era dominar a las naciones de la tierra para que pudiesen proporcionar cautivos, cuya sangre debía ser vertida en sacrificio, si se quería mantener la vida del Sol. Aquellas sangrientas celebraciones fueron vistas por los españoles como inspiradas directamente por el demonio, y sus manifestaciones escultóricas derribadas.

La evangelización en el México recién conquistado, se hará desde la propia lengua de los indígenas y enseñándoles diversos oficios manuales. En 1524 llegó a México el grupo de los “doce apóstoles” franciscanos, teniendo como superior a fray Martín de Valencia. Su entusiasmo predicador se vio recompensado con muchos frutos de conversión. Los franciscanos recurrirán al canto, al teatro, a la liturgia, a las formas externas de piedad popular que daban más espacio al indio. Después de forma progresiva se irán añadiendo doce dominicos en 1526, siete agustinos en 1533 y los jesuitas en 1572 .

Del mismo modo, Pizarro conquistó el Perú de una forma épica, como ya había sucedido en México por su pariente Hernán Cortés. Sin embargo, las ambiciones y disensiones entre los españoles, llevó al Perú a guerras civiles entre los propios conquistadores y sus descendientes. Los españoles escindidos en pizarristas y almagristas, se combatieron hasta la llegada en 1556, del virrey García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete. La evangelización también vendrá de los religiosos de las órdenes mendicantes, destacando el arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, quien publicó el catecismo en quechua y en aymara, recorriendo cuarenta mil kilómetros a pie o en mula para consolidar la evangelización en las áreas rurales del inmenso virreinato.

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