Rincón, César del toreo

Se han cumplido tres décadas y hay que recordarlo. En la sección “Sucedió en Madrid”, escribiré en esta ocasión sobre César Rincón, César del toreo. 

Los orígenes de César Rincon

Nació nuestra protagonista en Bogotá, en el año 1965. Aprendió el oficio en las tientas de las diferentes ganaderías colombianas y vino poco después con su apoderado a la madre Patria a vivir a un hostal de la madrileña Gran Vía. Pasaba los días entrenando con los toreros de la capital en la Casa de Campo. Tras dar los primeros pasos como todo novillero, se doctoró en su ciudad natal en el año 82. Fue un cartel de lujo, pues toreó con Antoñete y José María Manzanares. Dos años más tarde se presentó en la Villa y Corte.

En la plaza de Las Ventas toreó con “Manili” y con Pepe Luis Vargas. Las reses pertenecían a la ganadería de Leopoldo y Aurora Lamamié de Clairac. Su trayectoria fue discreta, hasta que llegó aquella tarde de noviembre de 1990 en la ciudad colombiana de Palmira. Sufrió una fuerte cornada en la que a punto estuvo de perder la vida. El pitón le arrancó la femoral. La operación se complicó y la hemorragia no cesaba, así que el equipo médico realizó varias transfusiones. Se recuperó y toreó en Madrid en abril del año siguiente. El cartel fue: toros de Celestino Cuadri para Enrique Ponce, Raúl Zorita y el bogotano. Joaquín Vidal le elogió en El País por el valor y la pureza de su tauromaquia. De esta forma, en la antesala de San Isidro, el colombiano llegaba a la gran cita concienciado para ello.

Iniciando su ascenso a los cielos

 Esta fue su primera tarde en aquel San Isidro: Toros de Don Baltasar Ibán y alternó con Curro Vázquez y ‘Armillita Chico’. 21 de mayo de 1991. Vistió de verde manzana y oro. Le cortó las dos orejas a Santanerito, sexto de la tarde. 

“César Rincón había iniciado su ascensión a los cielos cuando se echó la muleta a la izquierda y el toro, un serio, fiero, encastado toro, pretendió arrebatársela pegando una arrancada temible. En aquel momento crucial se estaba dilucidando una cuestión de soberanía: o mandaba el torero, o mandaba el toro. Y el torero, en un instante de inspiración que quizá vaya a cambiar el rumbo de su vida, decidió tirar del toro hasta el centro del redondel, citarle allí de nuevo, y llevarle sometido en una tanda de naturales, que pusieron la plaza boca abajo y el toreo en la cumbre. Entonces se le entregó el toro y el triunfo ya fue suyo para siempre jamás”. Joaquín Vidal.  

Cuando arrastraron a su primer toro, el espada se lamentó: “Ha sido una faena de oreja, pero he pinchado y el trofeo se ha ido con el toro al desolladero”. Saludó una ovación. “Rincón sube a los cielos”, tituló Vidal en El País. Crujió Madrid toreando al natural.
Tras aquel triunfo, esa misma noche recibió en el hotel una llamada de la empresa. El matador Fernando Lozano cayó herido días antes por un toro de Atanasio Fernández y necesitaba un sustituto. Rincón contestó que sí. Así que veinticuatro horas después volvió a hacer el paseíllo en Las Ventas.

Nuevo paseíllo, 24 horas después

Veintidós de mayo: toros de la ganadería portuguesa de Murteira Grave para Ruiz Miguel, Juan Antonio Ruiz “Espartaco” y César Rincón. Vistió de rosa y oro. Le cortó las dos orejas a Alentejo, sexto de la tarde. Su trasteo a Alentejo fue un compendio de pureza, valor y torería. Rinconistas a tope, ese fue el titular de la crónica al día siguiente de Joaquín Vidal.

“…concertaba con el maravilloso sexto toro la recreación de las más hermosas suertes de la tauromaquia, y eran allí los cambios de mano en distintas versiones, los ayudados por alto o por bajo, las trincherillas juguetonas o los trincherazos profundos, desplegando toda la grandeza del toreo verdadero, para pasmo del público transeúnte y conmoción de los aficionados de toda la vida, alguno de los cuales, se desmayó”. J. V. 

De nuevo puerta grande. La gloria. Cruzar ese umbral mudéjar a hombros y tras cortar dos orejas dos tardes consecutivas es algo que sueñan miles de toreros. La afición sólo pensaba en César. Un colombiano que llegó a la madre Patria y reventó el toreo en apenas cuarenta y ocho horas. Pero quedaba lo mejor. 
Extraordinaria corrida de Beneficencia. Cinco de junio. Toros de Samuel Flores para Ortega Cano y César Rincón. Volvió a vestir de rosa y oro. Cortó tres orejas. Un mano a mano inolvidable. Hubo varios piques en quites y ante el cuarto de la tarde, rugió Madrid viendo al colombiano torear al natural. Cerró la tarde plantando batalla ante un toro gazapón que le hizo cavilar. Le cortó la oreja. Aquí podéis leer lo que escribí sobre aquella maravillosa tarde. 

“Dos toreros cabales salieron a la palestra, desplegaron cuantos recursos técnicos y artísticos conoce la tauromaquia clásica y enviaron la otra a freír espárragos. No fue fácil, naturalmente, porque desplegar los recursos técnicos y artísticos de la tauromaquia clásica es difícil y comporta muy serios riesgos”. Joaquín Vidal.    “Memorable”. Así tituló su artículo en El País. 

Tercera tarde y tercera puerta grande

Tercera tarde y tercera puerta grande. Historia. La afición se enamora de un americano que ha llegado para ser el número uno. Rincón torea y convence. Demuestra que puede y además que tiene cuajo de figura. Llovían los contratos. El teléfono echaba humo. Acabó San Isidro y en verano dio varias vueltas a España y Francia. En septiembre, la empresa de Madrid, Toresma anunció los carteles de su feria de Otoño. Nuestro protagonista actuó la última tarde.  
Uno de octubre: Toros de la ganadería salmantina de Sepúlveda para José María Manzanares, César Rincón y la confirmación del pucelano David Luguillano.

“Rincón sorprende con el toreo de siempre, que consiste en cruzarse, bajar la mano, templar las embestidas, dejar el engaño en la cara, para ligar el pase siguiente con un soberbio juego de muñeca. Ese es el toreo, señores, el de toda la vida, adulterado por comodidad de nuestros toreros, aferrados al unipase al colocarse al filo del pitón de acá en la rutina de un quehacer monótono y estandarizado. César Rincón no ha inventado nada, pero cuenta con dos virtudes fundamentales: la de haber resucitado el toreo eterno y la hombría de dar la cara en Madrid sin miedo a devolver los éxitos anteriores” . Vicente Zabala en ABC.

Cuarta tarde y cuarta salida: Leyenda

Pues eso, ni adornos ni fuegos artificiales. Cortó una oreja a cada toro y volvió a salir por la puerta grande. Torear, eso fue lo que hizo César aquellas cuatro tardes en la catedral del toreo. Se la jugó sin trampa ni cartón y a base de realizar el toreo más clásico y auténtico, a la par que bello, se consolidó como figurón del toreo. Cuarta tarde y cuarta salida a hombros. Leyenda. 
 Al año siguiente recayó de aquel cornadón en Palmira y le detectaron una hepatitis C. En contra de la opinión médica y pasando un calvario, César continuó toreando porque su deseo era consolidar lo conseguido en 1991 y no perder fuelle en el escalafón. Durante esa década se mantuvo en lo alto  defendiendo su estatus de máxima figura. Ortega Cano, Joselito, Ponce, “Litri”, “Espartaco”, Curro Vázquez, Ojeda, Manzanares, José Tomás, “Jesulín”… Se batió con todos. Toreó todos los encastes.

Capítulo de oro en Madrid

En junio de 1994, se las vio con Bastonito, de Baltasar Ibán. De nuevo, César volvió a enfrentarse a esta ganadería cuyos toros pastan entre El Escorial y el Valle de Los Caídos. Como podemos comprobar, la carrera de César ha estado ligada a este hierro madrileño. Actuó con Juan Mora y Emilio Muñoz. Su vestido fue blanco y oro. César estuvo épico, combativo, valiente, dispuesto, gallardo y el toro fue encastado, exigente, bravo, fiero. Quizá otro torero habría tomado las de Villadiego y hubiera pegado un sainete pero César plantó batalla como los numantinos ante los romanos. Hasta el último aliento. Oreja ganada a sangre y fuego. El toro fue premiado con la vuelta al ruedo. Aquel 7 de junio se convirtió en un capítulo de oro en la historia de la plaza de Madrid. 

“El toro de casta necesitaba, naturalmente, un torero en plaza, y lo hubo en la corrida ferial. Fue César Rincón, que le presentó pelea con el ardor y la entrega propios de un novillero principiante”. Esta fue la crónica de Joaquín Vidal al día siguiente.

El 30 mayo de 1995 y vestido de verde oliva y oro, volvió a salir a hombros en pleno San Isidro tras desorejar a Emplazado, un toro de Astolfi. Toreó con Emilio Muñoz y Manolo Sánchez. Aquí podéis leer la crónica de Joaquín Vidal. Quinta puerta grande.

“Con el público ya volcado y mascándose el triunfo, César Rincón se recreció; desafió al encastado toro de Astolfi; prolongó la faena; no llegaba el aviso, que ya correspondía; se llevó el toro al tercio mediante ayudados por bajo muy toreros. Y, al cobrar una excelente estocada, el mundo se iba a venir abajo: ovaciones estruendosas, miles de pañuelos convirtiendo en una nube blanca el graderío, las dos orejas, la puerta grande abierta de par en par…”   J.V. 

El descanso del sexto César

 A finales de los noventa, tras arrastrar todos esos años aquella enfermedad, no pudo más. Se retiró en 1999 y tras varias temporadas en blanco para recuperarse, anunció su vuelta en 2002. En 2005 cruzó vestido de celeste y oro por última vez la puerta grande de Madrid. Diez años después, Rincón, de nuevo, fue proclamado César por sexta vez. Aquel 17 de mayo de 2005 cortó una oreja a cada uno de sus toros, que en esa ocasión pertenecían a la ganadería de Alcurrucén. 

“Con verónicas apasionadas recibió al cuarto, un toro más parado que se encontró con un torero pleno de madurez que lo enseñó a embestir. Valentísimo en todo momento consiguió encelarlo en la muleta y dibujar redondos de auténtica calidad; especialmente una tanda templadísima, profunda y ligada en la que los derechazos conmocionaron a la plaza. A menos, otra vez, por el lado izquierdo, citó a matar recibiendo y pinchó, pero la oreja fue justamente a sus manos porque había protagonizado una tarde de toreo solemne. Salió por la puerta grande con todo merecimiento, reverdeciendo los laureles de sus mejores tardes en esta plaza”. Antonio Lorca en El País.

Toreó junto a “El Cid” para confirmar la alternativa al salmantino Eduardo Gallo. “Cid” estuvo histórico. Su toreo al natural fue colosal. No lo olvidan aquellos que lo presenciaron. De no haber fallado Manuel con la espada, habría compartido con el colombiano la gloria de la puerta grande.

Se fue un maestro

Su carrera daba los últimos coletazos. Su despedida de Sevilla, el 24 de abril de 2007, también fue inolvidable. Le cortó las dos orejas a Ventisco, un toro de Torrestrella. Unas semanas más tarde se despidió de “su Madrid”.  Ante aquella afición que tanto le había dado. El 9 de junio toreó con Morante de la Puebla y César Jiménez. Los toros lucieron hierro y cintas de la ganadería de El Pilar. Vistió de pizarra y oro. Una tarde sin historia.
Cerró su trayectoria toreando esas Navidades en las principales plazas americanas y en febrero de 2008, en el embudo de Insurgentes, en la capital azteca, trenzó su último paseíllo. 
Se fue un torerazo. Un maestro que en los años 90 puso la autenticidad y el clasicismo al servicio de la emoción. Una de sus mayores bazas fue el de la distancia. Cuando poco a poco se ha ido imponiendo la moda de las cercanías y agobiar al toro, Rincón citaba de lejos, cargaba la suerte y toreaba con verdad. Eso fue lo que enamoró a los aficionados, lo que hizo vibrar al público tarde tras tarde.  Y no sólo el de Madrid sino también a los franceses, mejicanos, peruanos… Siempre quedará en la memoria aquel 1991: cuatro tardes y cuatro salidas a hombros consecutivas. Y en la cátedra. Inigualable. Imbatible. Han pasado treinta años. Se fue Rincón. Se fue un César del toreo. 
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