izquierda y separatismo

Bien sabemos que tanto la izquierda como el separatismo no son más que útiles de instancias superiores plutocráticas.

Algunos de ellos, quienes ocupan la cúspide de estas organizaciones o partidos políticos, lo saben y les da igual, ya que están colmados de prerrogativas y con eso les basta. Otros, quizá los que ocupan puestos más bajos, simplemente son instrumentalizados por parte de los poderosos, por su mediocridad supina.

Puntualizo esto para que ninguno piense que caigo en la simpleza de reducir todo el maremágnum de maldad y perversión de este siglo a una labor exclusivamente política de unos colectivos políticos concretos –donde sería de justicia añadir también a los liberales–. Simplemente, son la punta de lanza de la posmodernidad, que sirve para intentar legitimar los poderes oligárquicos que asfixian el mundo.

Consideraron que VOX representa mucho más

No obstante, que haya organismos superiores directores, no le quita a la izquierda y al separatismo un ápice de culpa, ni de bajeza espiritual, ética y humana. Ellos son, a fin de cuentas, quienes protegen a esos organismos superiores directores y quienes atacan a quienes nos defendemos de sus agresiones.

Hace algunos días, en Vich y otras ciudades catalanas, la izquierda y el separatismo actuaron, fieles a su esencia moderadamente violenta –sólo salen a jugar el partido cuando saben que lo van a ganar–, contra VOX. Pero, ¿iban sólo contra VOX? Es evidente que no. Iban contra mucho más, porque ellos  consideraron –entendible, dada su infinita estupidez– que VOX representa mucho más. No en vano, vemos que siempre reaccionan de manera vil y cobarde frente a la virtud y al heroísmo. Los ejemplos son infinitos, cada día se engrosa más la lista, por lo que veo innecesario comentar ninguno.

Una estirpe de traidores

Recorre la historia de España una estirpe de miserables, de cobardes, de mediocres… y, sobre todo, de traidores. Son una estirpe maldita –hoy más visibles que nunca– que existe desde los albores de la protoEspaña.

Son los renegados que asesinaron a Viriato –primer caudillo– por cuatro cochinas monedas. Son Oppas y los cipayos que se postraron ante el moro invasor por mantener sus privilegios y prebendas en este mundo, a costa de perderlos en el otro. Son Vellido Dolfos o Antonio Pérez. Es la estirpe de los afrancesados, que querían vender a España por esnobismo. Son esa (anti)España caciquil del siglo XIX que mataba de hambre a sus compatriotas para ser ellos un poquito más ricos. Linaje de enemigos de la belleza, de la verdad y de la bondad. Pozo de vicios y codicia.

Aniquiladores de la felicidad y de la paz

En nuestra historia más reciente, esta raza ruin está representada por el separatismo y la izquierda de manera extraordinaria. Acérrimos defensores de esta línea sucesoria de infames aniquiladores de la felicidad y de la paz. Únicamente laboran para la consecución del mal. Emponzoñan el arte, hasta encumbrar la fealdad a altares paganos.

Destruyen la niñez, inoculando el veneno de la pornografía y de la degeneración sexual desde la más tierna infancia. Traicionan de manera vil a nuestros antepasados, que nos legaron una patria y una tradición. Mienten, engañan, confunden, instrumentalizan al ser humano como un juguete de usar y tirar para sus objetivos, a priori, políticos. Lanzan su ofensiva, de forma firme y denodada, contra la ingenuidad, la virginidad, el amor, la amistad, la espontaneidad, la tranquilidad, la pureza y la alegría.

Sus objetivos no son políticos: son antropológicos

Progenie de serpientes, ávidas de odio y de destrucción, con un corazón sucio hasta límites escalofriantes y sin más afán que el dañar y devastar. Sus objetivos, realmente, no son políticos, sino antropológicos: deshumanizar al hombre. Arrancarnos todo lo bello que tenemos dentro.

Son herederos de lo peor que ha pisado la piel de toro en tantos miles de años de historia. Son devoradores insaciables de todo lo bello que el ser humano construyó. Son el fuego que devastó Notre Dame. Son bárbaros que dinamitarían el «rapto de Proserpina» y sacarían los ojos a todo el que alguna vez vio esa poesía tallada en mármol. Son ellos quienes nos condenan a la miseria; al paro; a las okupaciones; a la injusticia social; a la inseguridad; al miedo; a la lacra de la droga; a los cien mil asesinatos anuales de niños antes incluso de nacer; la terrible invasión extranjera; con la coartada migratoria.

Con ellos a los mandos, la Civilización perecerá

Ellos han destruido la familia y el amor, han devastado a la juventud, hasta convertir a los muchachos en seres inertes, perdidos, desorientados, débiles y profundamente ignorantes. Han creado un hombre cobarde y una mujer obscena, ambos apartados de la virtud. Ellos han mercantilizado todo, han convertido al mundo en un gran mercado capitalista, de un horror espeluznante. Ellos, abyecta dinastía, tienen la culpa de todo. Con ellos a los mandos, la Civilización perecerá.

Su anhelo de exterminio es total y no hace concesiones. Son ellos o nosotros. Que callen las palabras y hablen los aceros. No hay nada más que decir. O vivimos o nos dejamos aniquilar cobardemente. Pudiera ser que conquistaran definitivamente –si aún no lo han hecho– toda la Península, quizá no dependa de nosotros.

Lo que depende de nosotros

Pero de nosotros sí depende que haya una segunda Covadonga o que salgan, con verbo poético y nervio castrense, de entre nuestras filas, dos capitanes –como otrora en Monteleón– que nos iluminen y nos guíen contra el enemigo. De nosotros depende poner mil cruces, donde ellos quitaron una. De nosotros –de los buenos– depende que ellos –los malos– comprendan que escupir nuestras sagradas banderas no es como escupir en la calle; que eso tiene consecuencias y se paga.

Quizá algún día el miedo cambie de bando

Quizá algún día el miedo cambie de bando. Quizá algún día sean –como tantas veces en nuestra historia– los traidores quienes tiemblen al contemplar horrorizados el fulgor de nuestros ojos –ese brillo en la mirada que Alfonso Paso decía que no era otra cosa, sino dignidad– cansados de tanta afrenta y de tanto odio.

Para los de comprensión lenta, o los que sospechan pero no se lo creen: sí, esto es, ni más, ni menos, una declaración de guerra. Que desaparezcan los grises, que sean barridos del escenario todos los tibios. Que se caven trincheras y que se escriban poemas, que se preparen las monturas y que se afilen los aceros. Si volvemos, volveremos victoriosos. No hay más alternativa. No son metáforas; son, una vez más, exigencias ineludibles de la historia.

Sergio Maldonado Martín

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