Elsa Alameda

Hace algunas décadas, el grupo italiano Amici del Vento sacó una canción preciosa titulada Lettera ad un ragazzo della clase ’80 (carta a un chico de la generación de los ’80). En ella, dan algunas claves que cualquier joven necesita para afrontar lo que viene: un futuro desesperanzador, sin referentes, atrapados en un barco que zozobra a merced del oleaje, sin puertos claros a los que dirigirse… mientras tanto, en cubierta todo es una fiesta, todo el mundo parece estar contento y alegre, abstraído del cataclismo. Sin embargo, en la intimidad del camarote, cuando nadie los ve, todos lloran, aunque no saben por qué. Quizá sea porque para la felicidad del hombre no bastan las sonrisas falsas y fingidas, las drogas que evaden y las compañías que, simplemente, hacen ruido, porque el silencio es peligroso: te hace pensar. En este desolador paisaje, hay quienes no nos conformamos. Quienes gritamos a todo el barco enloquecido que eso no está bien, que se van a pique. Como ha hecho Elsa. A cara descubierta, con la bondad de un corazón puro y sin más anhelo que defender la verdad, que obrar bien; que cumplir con su deber. Y como Amici del Vento hizo, algunas décadas antes, con los nuevos chavales que se acercaban al mundo de los «aguafiestas», de los que gritaban a ese barco lleno de locos que no, que están equivocados, que nos hundimos; a mí, humildemente, me gustaría escribirle esto. Sé que tiene a gente cerca que vale más que yo, que le aconsejará y le ayudará más y mejor. No obstante, espero que esto pueda serle, de alguna forma útil. A ella y a quien lo quiera leer.

No odies. Ahora muchos te insultan, te desean lo peor e incluso harán lo posible –y lo imposible, te lo aseguro– para que te vaya mal, no se reducirá a mensajes por redes sociales. Es evidente que te odian. Estás intentando aguar su fiesta, has dado las luces de la discoteca y están viendo la realidad, pero no quieren. Sólo quieren que alguien las apague, suba la música y volver a poner el cerebro en trance. Naturalmente, hay que combatirlos, no hay que permitirles una, no hay que transigir, ni hay que ceder. Estamos en guerra y tú sabes de sobra que nos estamos jugado cosas importantísimas, sagradas. Pero no odies al enemigo, nuestras ideas valen mucho más, tu corazón vale mucho más… tú vales mucho más. Si los odias, ganan ellos. Defiende el amor, a veces con dureza, con vehemencia, con violencia, incluso con ira. No hay nada de malo en ello, pero que nunca te guíe el odio.

Si dudas, piensa en los que te precedieron. Piensa en los primeros mártires; el precio por expandir la Verdad fueron muertes horribles y gustosos lo pagaron. Piensa en todos los muertos de España. Los primeros repobladores de la reconquista, con una mano delante y otra detrás, asentándose en la falda sur de la montaña de Burgos y Cantabria, porque Asturias se les quedaba pequeño. Piensa como los moros quemaron repetidamente sus aldeas, violaron a sus mujeres, secuestraron a sus niños, torturaron y ejecutaron a sus hombres… Podían haber cruzado la montaña y volver a Asturias, pero no. No se rindieron y a fuerza de no rendirse, de levantarse, empañarse las lágrimas y gritar que siempre hay que ir más allá, llegaron a América, y a Asia, y a la Antártida… y por eso yo estoy ahora escribiendo y tú, espero, leyendo. Piensa en aquellos muchachos del regimiento Alcántara que se inmolaron en el desierto para salvar la vida de sus amigos. Que orgullo llevar su sangre, ¿verdad? En los del 2 de mayo, que sabían que debían morir para que la patria viviera. En Juanito, que con catorce años se fue a Rusia a devolver la visita, más contento que unas castañuelas. Ellos aguantaron todo por nosotros y ahora nosotros tenemos que aguantar todo por ellos y por los que vengan detrás. Nunca lo olvides.

No te dejes llevar por los sentimientos, las emociones, la ira, el odio, el dolor, el abatimiento o el éxito. Razona. Sabes que la verdad, el bien y la belleza son cuestiones objetivas y nosotros las defendemos. Sabes que tenemos razón. Moverse por impulsos es propio de aquellos que están de fiesta en el barco, evadidos. Escucha siempre a tu corazón, pero que la razón guíe y ordene tus sentimientos. No te dejes llevar por los cantos de sirena. Ahora saldrán multitudes de debajo de las piedras a defenderte, a ofrecerte ayuda, muchos de forma pública y quedando como personas maravillosas, diciendo estar dispuestas a hacer lo que sea… hablar es fácil, actuar es menos. No confíes en cualquiera y aprende de las traiciones y las mentiras, pero no endurezcas tu corazón. Intenta seguir siendo siempre una niña.

Cuando te veas superada, desbordada, creas que no puedes más… vete a rezar ante un Cristo crucificado. Yo voy siempre ante una talla barroca de la Catedral, descarnada, realista, dura de contemplar, que me ayuda mucho. Ante Él, agonizante, desangrado; ante su Madre, con el corazón destrozado por el dolor más grande que una persona puede sufrir; te sentirás miserable y pecadora. «¿Cómo me puedo quejar de mis problemas, cuando Él hizo lo que hizo por nosotros? Que soberbia he sido.», pensarás. Sin embargo, probablemente, nunca jamás serás tan buena y tan poco miserable como en ese preciso momento. Cada lágrima que derrames ahí vale su peso en oro.

No tengas miedo. Cuando lo tengas, véncelo. No peleas sola. Tienes detrás a los caídos, a los santos, a todos los que te ayudan desde el Cielo y a la gente que te quiere. Podrás sentirte sola, ojalá no, pero a todos nos ha pasado y es lo normal. Pensarás que no vale la pena, que te estás quemando en vano, que nadie te comprende… aparte de todo lo dicho previamente, recuerda siempre, siempre, siempre que no estás sola. Nunca lo vas a estar. Aún si llegara el improbable día en que nadie sobre la faz de la Tierra te apoyara, no estás sola. Yo lo olvidé y tuve miedo, porque la soledad es lo más difícil de todo y es siempre la madre de todos los miedos. No caigas en ello, pues entras en un circuito del que es difícil salir: asumir la soledad y el miedo es autodestructivo. Recuérdalo siempre, el Cielo combate contigo. Ellos están aquí contigo, hombro con hombro. Cuando entiendas esto, nunca jamás estarás sola.

Sobre todo y ante todo, no te rindas nunca. No temas a lo que viene, tú sabes que todo lo que pasa en esta vida es pasajero, nada importa, mas que luchar por Él. No te dejes llevar, no te dejes engañar, no cambies. Nada de lo que te hagan en esta vida los malos es eterno, todo pasará… y llegará la gloria. No se nos exige vencer, pero si luchar. A quien mucho se le dio, mucho se le pedirá. Lo sabes bien. No cedas, no contemporices, no abandones… no te rindas nunca, Elsa, por favor.

Elsa Almeda defendiendo la vida en televisión

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