Mientras que los cristianos celebramos en el mes de Junio la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que desde las apariciones de Nuestro Señor a Santa María Alacoque, y hemos querido extender esta devoción del ardiente Amor de Dios por nosotros a lo largo del mundo; el mundo moderno celebra otra cosa que (según ellos) también tiene que ver con el amor: el Orgullo LGTB. Pero como para los creyentes no hay casualidades sino Providencia, se puede llegar a una conclusión: solo Dios sabe cómo curar y colmar el corazón de cada uno de sus hijos.

Ya San Agustín decía que su corazón estuvo inquieto hasta que le encontró a Él; y es que es en Dios y en su voluntad donde está escondido el secreto de nuestra felicidad. Si incluso un matrimonio natural entre hombre y mujer es muy endeble si no está fundamentado en Dios; ¿Qué será de esas uniones que se salen del orden natural y que nacen de una falta de aceptación de la realidad de uno mismo? Si con cada relación íntima que comenzamos que no es estable nuestro interior sale profundamente herido, ¿qué será de aquellos que perdidos en la confusión del mundo, buscan la fuente del Amor Eterno donde no se encuentra?

Dice Christopher West, especialista en Teología del Cuerpo, que todos tenemos un Gemido en el Corazón, un deseo de infinito que solo puede ser saciado por aquel que no tiene límites, Dios mismo. Dios es el que nos ha dado una identidad y Él es el que, amándonos tal y cómo nos ha creado, en la verdad de nuestra naturaleza, puede reconstruirnos por dentro, sanarnos de todas nuestras heridas.  Porque Él quiso llenarse de llagas para asemejarse a nosotros… “Mira hijo mío, mis Heridas son las tuyas, mis Dolores son tus dolores”.

Los obispos alemanes que están apoyando la bendición de parejas homosexuales, además de otras profanaciones relacionadas con la Sagrada Eucaristía; no saben que es lo que realmente necesitan estas personas. Su desviación de la Sagrada Doctrina de la Iglesia Católica lo único que produce es confusión entre los fieles; muchos de los cuales creen que pensamientos como la ideología de género (que son completamente mundanos), son compatibles con nuestra fe.

Quienes intentan hacerse una religión a su medida deberían recordar la frase de Chesterton: “No quiero un cristianismo que tenga la razón cuando yo tenga razón, quiero un cristianismo que tenga la razón cuando yo estoy equivocado.” La ideología de género surge de un subjetivismo y relativismo exacerbado que niega la realidad de las cosas que son, que se puede remontar a Kant y al protestantismo. Llegará a su culmen en la época actual después de alimentarse del constructivismo, del existencialismo de Sartre y también de algunas teorías del feminismo radical.

Las revoluciones estudiantiles del 68 son las que expandieron este pensamiento en la gente de a pie, pues antes se limitaban a los intelectuales. A partir de entonces esta ideología será apoyada por ciertos gobiernos y expandida a través de los medios de comunicación de forma sibilina pero continuada.

Por otra parte, es importante incidir en que estas tendencias homosexuales pueden, o bien curarse gracias a sesiones psicológicas logrando que esta persona forme una familia normal, o bien ser vividas de manera casta como lo hace un consagrado al Señor. Pues Dios, que cuida de todos sus hijos, siempre da la gracia y la fuerza necesaria para cumplir sus mandatos. Estos son los dos caminos posibles que da la Iglesia, y son numerosos los testimonios de aquellos que han logrado vivir la santidad de esta manera.

Por ejemplo, en los turbulentos años de la Francia del siglo XX, en los que coincidió las Guerras Mundiales con una gran cantidad de florecimiento intelectual (el llamado Renouveau Catholique, al que pertenecieron los escritores Claudel o Maritain), se extendió bastante esta práctica. El propio Henri Gheón, pareja homosexual de André Gide, se convertiría al catolicismo al conocer a un oficial de marina que sobresalía por su religiosidad, su vida santa y su amor a Francia: Dupouey. Al morir en el frente, Gheón descubrirá gracias a los diarios proporcionados por su viuda que era de tendencia homosexual.

Por lo tanto, pongamos en manos del Señor a nuestros hermanos pecadores, y hagamos lo posible por sacarlos de su miseria, pues es el pecado el que nos rompe por dentro. Qué el ardiente Amor del Corazón de Cristo llene todos nuestros vacíos y sane todas nuestras heridas, pues es el único que puede hacerlo.

Belén Gómez Carmena

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