El problema del hombre moderno.

Los males que el hombre moderno sufre en la actualidad tienen raíces viejas. Siempre que se aborda el problema del hombre moderno, tendemos a quedarnos en la superficialidad de las clásicas conversaciones de sobremesa en las que todo el mundo intuye que todo está mal, se proponen una serie de soluciones más o menos acertadas, pero, finalmente, no somos capaces de abordar la profundidad y perversidad de dichas raíces.

Por otro lado, es una lástima constante el ver como conforme avanza la tertulia, una amarga desesperanza inunda el ambiente y provoca que todos los rostros se entristezcan mientras se acrecienta ese silencio incómodo que avecina la dulce llegada del café y la bollería. A falta de poder ofrecer ese suculento postre, simplemente me queda invitar a la alegría, porque ya está cerca nuestro Cristo jardinero con el hacha para tajar todos y cada uno de esos problemas. A Él podemos pedirle, al son del conocido himno de Laudes, que para que nunca la amargura sea en la vida más fuerte que el amor, ponga una fuente de alegría en el desierto de nuestro corazón. 

Humanismo y protestantismo, los lejanos orígenes de la crisis

Estamos al fin de un proceso morboso que ha durado cinco siglos. Como es sabido, en el llamado Renacimiento empezó a surgir un veneno de paganismo, sensualismo y descreimiento, muy similar al que vivimos actualmente, que se desparramó por toda Europa, próspera hasta entonces y cargada de bie­nestar dentro de un cuerpo único llamado Cristiandad.

Ese veneno fue el fermento del Protestantismo, esa rebelión de los ricos contra los pobres, que diría Belloc, que rompió la unidad de la Iglesia, negó el Reino Visible de Cristo, dijo que Cristo fue un predicador y un moralista, y no un Rey; sometiendo la religión a los poderes civiles y arrebatando a la obediencia del Sumo Pontífice casi la mitad de Europa.

Cuando Carlos Marx, patriarca del socialismo moderno, ponía el prin­cipio del moderno capitalismo en el Renacimiento, esto es cuando comien­za el gran movimiento de desobediencia a la Iglesia, resonaba en el filósofo de la sospecha una añoranza de los tiempos medievales, en que el artesano era dueño de sus medios de producción, en que los gremios amparaban al obrero, en que el comercio tenía por objeto el cambio y la distribución de los productos y no el lucro y el dividendo. Por aquel entonces, el hombre no estaba aún esclavizado al dinero para darle una fecundidad monstruosa. Muchos somos los que ensoñamos el retorno a esa sociedad integralmente cristiana, que si no fue un Paraíso Te­rrenal, por lo menos no fue una Babel como ahora, porque los hombres no habían recusado la Reyecía de Jesucristo.

En aquel tiempo, las naciones católicas como España se replegaron sobre sí mismas en un movimiento que se llamó Contrarreforma, ocupándose además de evangelizar el Nuevo Mundo, mientras los poderes protestantes inventaban el Puritanis­mo, el Capitalismo y el Imperialismo. Entonces empezó a ocupar todo el orbe una niebla ponzoñosa proveniente de los protestan­tes, que al fin cuajó en la Revolución Francesa con el Liberalismo, que a su vez engen­dró por un lado el Modernismo y por otro el Comunismo.

Entonces fue cuando sonó en el cielo la trompeta de la cólera divina, que nadie dejó de oír. Incluso Nuestra Madre del Cielo vino a Fátima para dar un mensaje de llamada a la conversión y a la penitencia. Desde entonces, el hombre moderno, que había hecho oídos sordos y caído en cinco idolatrías y cinco deso­bediencias, está siendo probado y purificado ahora por cinco castigos y cinco penitencias.

Las cinco idolatrías del hombre moderno

En primer lugar encontramos la Idolatría de la Ciencia, con la cual se pretende hacer otra torre de Babel que llegue hasta el cielo; estando la ciencia en estos momentos toda ocupada en ser el fundamento de la vida (en su inicio y su fin) y la moral. Basta echar un vistazo al entramado político-sanitario del Covid-19 que ha llegado incluso hasta el seno de la Iglesia que, siendo la misma en la que san Carlos Borromeo no pedía el pasaporte-Peste Negra para que sus fieles accedieran a los Sacramentos ni san Juan Bosco pedía el pasaporte-Cólera para los enfermos que le pedían auxilio espiritual, lamentablemente en 2021 la Ciudad del Vaticano te pide el pasaporte-Covid para entrar en su basílica.

En segundo lugar tenemos la Idolatría de la Libertad, con la cual se quiere hacer de cada hombre un peque­ño y caprichoso soberano. Este ejercicio acaba en un despotismo individualista tan grande que somete al pueblo en la tercera de las idolatrías: la Idolatría del Progreso. Quienes mantienen su fe en ella aspiran a alcanzar otro Paraíso Terrenal, olvidándose por completo que nuestra estancia terrenal no es otra cosa que un valle de lágrimas; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro que sume a los hombres en la miseria, en la esclavitud, en el odio, en la mentira y en la muerte.

Hasta aquí todo el mundo es capaz de intuir la idolatría despótica en la que se encuentra, pero yendo un paso por delante, el Enemigo ya se encargó de armarse con otras dos idolatrías que mantienen toda contrarrevolución a raya. Estamos hablando de la Idolatría de la Carne y la Idolatría del Placer.

En la primera se pide el cielo y las delicias del Edén; y la carne desvestida, exhibida, mimada y adorada, está siendo des­trozada, desgarrada y amontonada como cadáveres en los campos de batalla. En cambio, en la segunda se pretende hacer del mundo un perpetuo Carnaval que convierta a los hombres en niñatos agitados e irresponsables y a las mujeres en niñatas consentidas que renuncian orgullosamente a su propia feminidad. En la actualidad, podemos observar cómo el placer ha creado un mundo de enfermedades, dolencias y torturas que hacen desesperar a todas las facultades del alma humana.

Un viejo enemigo… el Modernismo

El fundamento de todas estas idolatrías lo encontramos en el Modernismo. ¿Y esto qué es? El Papa san Pío X lo definió como el compendio de todas las herejías. Entonces, ¿este mal también ha llegado a la Iglesia? ¿Acaso no estaba libre del contagio idolátrico? Desgraciadamente, no. Como es lógico, si el modernismo resume el conjunto de todas las herejías, podemos decir que efectivamente nos encontramos ante lo peor que le ha pasado a la Iglesia en toda su historia. Pero, ¿cómo puede ser? ¿Dónde se evidencia esto? La respuesta la encontramos en el gran timo en el que ha caído el hombre moderno, que consiste en haber creído la mentira de que no es hijo de Dios, que no es criatura y que es un ser autónomo. Así vemos como la contraposición en la historia contemporánea no es entre colectivismo e individualismo, izquierda o derecha, sino entre persona e individuo.

A consecuencia de esto se ha tratado de construir la Iglesia utilizando como cimiento el pecado contra el Espíritu Santo, el único que no tiene perdón pues supone, como bien desarrolló san Juan Pablo II en su encíclica Dominum et vivificantem (46-48), un “rechazo radical de aceptar la remisión, de la que el mismo Espíritu Santo es el íntimo dispensador, y que presupone la verdadera conversión obrada por Él en la conciencia”.

Si Nuestro Señor declara imperdonable este pecado es “porque esta no-remisión está unida, como a su causa, a la no-penitencia, es decir, al rechazo radical a convertirse”. El hombre moderno, encerrado en las idolatrías que antes hemos mencionado, hace imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida.

El pecado de nuestro tiempo

Esta es la causa de la ruina espiritual de la Cristiandad, que es lo mismo que la decadencia que en occidente sufrimos, dado que el pecado contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de la auto-prisión de sus idolatrías y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados. De ahí que el hombre moderno haya llegado al límite de maniatar la mismísima Misericordia divina. Ya el Papa Pío XII ya advirtió que “el pecado de nuestro tiempo es la pérdida del sentido del pecado” y esta pérdida está acompañada por la “pérdida del sentido de Dios”, que corresponde a la pérdida de esa conciencia de ser hijos y criaturas Suyas.

Llegado a este punto he de confesar el miedo que tengo frente a los grandes castigos colectivos que amenazan nuestros crímenes colectivos. El hombre moderno está dormido, y no veo quién lo despierte. El hombre moderno está engañado, y no veo quién lo desengañe. El hombre moderno está postrado, y no veo quién va a levantarlo. Pero el hombre moderno, por muy moderno que sea, en cuanto hombre, no pude renegar de su categoría de criatura, y por tanto no puede renegar de Cristo. Preparémonos pues a Su Venida y apresurémosla, no sólo a nivel escatológico, sino también a nivel personal en cada una de nuestras vidas. 

¿Es posible hacer frente al problema del hombre moderno?

Frente al problema del hombre moderno, ¿hay solución? Por supuesto que la hay. Podemos ser soldados de un gran Rey. Nuestras pobres y efí­meras vidas pueden unirse a algo grande, algo triunfal, algo absoluto. Arran­quemos de ellas el egoísmo, la molicie, la mezquindad de nuestros pequeños caprichos, ambiciones y fines particulares. Dios es la raíz y el fin supremo de la persona humana y ésta lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre y no al revés. Salgamos al encuentro de esa realidad.

El que pueda hacer caridad, que se entregue y sacrifique por los demás, en algún grupo o en su parroquia. El que pueda hacer apostolado, que ayude a Nuestro Cristo Rey en aquellos lugares en donde sea necesario. El que pueda enseñar, que enseñe como testigo del Maestro; y el que pueda quebrantar la iniquidad, que la golpee y que la persiga, aún a riesgo de la propia vida. Y para eso, purifiquemos cada una de las faltas y errores de nuestra vida, que bien sabemos que abarcan una larga lista, pero que no es nada comparada con la infinita Misericordia de Nuestro Señor y el socorro del amor maternal de Nuestra Madre del Cielo.   

Acudamos a la Inmaculada, Reina de los ángeles y de los hombres, para que se digne en nuestro militar con Cristo. Ella viene a socorrernos en este combate espiritual. Como dice el profesor Javier Paredes, no es casualidad ni un capricho de la Providencia que más del 80% de las apariciones marianas reconocidas por la Iglesia hayan sido a partir del auge del Modernismo y su monstruosa prole ideológica. Que Ella, María, nos guíe y acompañe, no solamente en la ofrenda de nuestras vidas, como decía el capitán san Ignacio de Loyola, sino también para distinguirnos y señalarnos en esa misma campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del Mal.

Efectivamente, esa campaña corresponde al eje de la historia, pero alegrémonos sabiendo que nuestro Rey es invencible, que Su Reino no tendrá fin, que Su triunfo y Ve­nida no están lejos y que Su recompensa supera todas las vanidades de este mundo. Dejemos de conformarnos con esos empalagosos y dulzones finales de sobremesa sabiendo que todo cuanto el ojo vio, el oído oyó y la mente humana pudo soñar de hermoso, de glorioso y de gozoso no es nada comparado con la plenitud que alcanzaremos en el Cielo si damos el buen combate de la fe.

Otros artículos del autor:

https://revistahispanica.com/inicio/category/columnistas/alvaro-chillaron-de-la-fuente/

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