Acostumbramos a decir que cada obra emanada del trabajo de un artista revela algo de la esencia de la persona de éste. Si tomamos esto como cierto, podemos afirmar que cada producción artística se convierte en algo así como un escaparate que nos permite contemplar el estado del alma del autor y deja expuestas al público determinadas características de su personalidad. 

Esta idea es profundamente clarificadora en el orden del conocimiento de Dios. Así, el contemplar la obra de Dios -la Creación- como fuente de la que todo arte brota, permite que nos acerquemos a reconocer, aunque pobremente por inabarcables e insondables, algunas de las facetas del Creador. Dios nos revela su personalidad en su obra maestra, la Creación. 

Si nos detenemos a examinar la majestuosidad imponente del firmamento en una noche oscura, la inmensidad azul de los océanos al caminar por las orillas de cualquier costa hispana, el alegre colorido de los campos en flor o el dulce cantar de los jilgueros en una tarde de verano, nuestros sentidos alcanzan a descubrir que Dios es armonía, orden, finura… Pero, sobre todo -como enseña el gran Doctor Angélico- podemos reconocer que Dios es Belleza. Y que no es otro sino Él el origen y causa de cada pequeño suceso hermoso que tiene lugar sobre la faz de la tierra. No es de extrañar, por tanto, que, siendo Dios Belleza y origen de ésta, las almas de Dios, aquellas que ansían la virtud y buscan la Verdad, tengan una mayor sensibilidad por la estética y tiendan a lo hermoso. 

Ha quedado manifestado en piedra para la posteridad que cuando la Civilización la encarnaban hombres que vivían de cara a Dios, la estética urbanística de la que disfrutábamos era luz para el alma y fuente de la que brotaban deseos de vida contemplativa. Los edificios y templos cuidadosamente diseñados y erigidos por aquellos arquitectos que gozaban de una Fe ferviente en Cristo siguen entrecortándonos la respiración media docena de siglos después al sobrecogernos con la armonía, la majestuosidad, el orden y la magnificencia con los que ennoblecen la existencia terrenal. 

Podemos perfumar nuestra memoria recordando la Santa Capilla de París que mandó construir el modelo para los gobernantes y Rey santo, Luis lX. La catedral de Notre Dame, la plaza de San Marcos de Venecia o cualquier catedral española en la que queramos recrear nuestro pensamiento. Los retablos, la pintura, la vestimenta o la música que tienen como paraíso de recuerdos, horizonte de esperanzas y fuente de inspiración al más Alto Señor son de una magnificencia y perfección infinitas.

Todos esos artistas que con el trabajo de sus manos han colaborado a elevar y ennoblecer el alma del católico occidental y a recordar a innumerables generaciones el sentido sobrenatural de la existencia eran conscientes de que la belleza emana de Dios y es camino para encontrar a Dios. Así lo proclama nuestro Santo Padre Benedicto XVl. El Pontífice explica que la belleza es una sacudida (al hombre), que lo hace salir de sí mismo, lo arranca de la resignación, del acomodamiento del día a día e incluso lo hace sufrir, como un dardo que lo hiere, pero precisamente de este modo lo despierta y le vuelve a abrir los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándolo hacia lo alto. La belleza nos recuerda que somos más que mera materia y que necesitamos encontrar el significado de la vida fuera de nosotros mismos. Es por eso por lo que la modernidad la odia. 

Roger Scruton, tras una vida de reflexión sobre esta materia, llegó a la conclusión de que la estética es la piel de la ética imperante en cada colectividad. No es causa de asombro pues, que la producción artística emanada de una sociedad nihilista, que niega que la existencia goza de un sentido claro y revelado y que vive de espadas a Dios mientras enarbola la negra bandera del Non Serviam esté completamente invadida por la abstracción, lo ininteligible, lo caótico y lo antiestético. Este arte contemporáneo es muy representativo. Es manifestación tangible de la confusión y de la ambigüedad existencial predominantes. Y no constituye más que la traducción artística de esa proclama evangélica andan como ovejas sin pastor de las que el Rey de reyes se compadece. En aras de la innovación se entroniza y exalta el absurdo y se sustituye la armonía por lo ininteligible. 

Debemos estar al acecho, pues cada vez más a menudo esta mediocridad comienza a salpicar con sus turbias aguas las cosas de Dios. Padecemos una proliferación de la construcción de templos vacíos, fríos y desangelados. El minimalismo y la abstracción han declarado la guerra al arte sacro. Y la fealdad gana terreno. Estos son síntomas de una enfermedad grave que tiene su origen en el destierro de Dios como centro de lo sagrado. Se antepone la practicidad, la utilidad o la exaltación de la figura del propio artista antes que la Gloria Dei. Y, como explica un honorable sacerdote hijo de San José María, en la mayoría de las ocasiones es reflejo de timidez, tibieza o enfriamiento en la Fe

La belleza desde que se manifiesta en el cosmos y en la naturaleza hasta la que se expresa en las creaciones artísticas, precisamente por su característica de abrir y ensanchar los horizontes de la conciencia humana, de remitirla más allá de sí misma, de hacer que se asome a la inmensidad del Infinito, puede hacer que se convierta en un camino hacia lo trascendente, hacia el Misterio último, hacia Dios. En cada acto de belleza está la huella de Dios. Continúe, así, nuestro elogio a la belleza que constituye una caricia a la Verdad y un canto de revuelta contra el mundo moderno ateo.

 

Emilio E.H. López de Sagredo

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