FOROFOS TODOS DE TODOS HAKUNA
La canción “Forofos” todos de todos de Hakuna describe muy bien el problema de la unidad y de la diversidad en la Iglesia.

Cuando el Papa San Juan XIII convocó el Concilio Vaticano II anunció que la Iglesia de aquel momento asistía a una grave crisis de la humanidad que traería consigo profundas mutaciones. Las circunstancias causadas por el Nuevo Orden Mundial que en aquel momento se estaba gestando exigían de la Iglesia que sus miembros infundieran en las venas de la humanidad la virtud perenne, vital y divina del Evangelio.

Este problema se debe a que el progreso espiritual del hombre contemporáneo no ha seguido los pasos del progreso material. De aquí surgen la indiferencia por los bienes inmortales, el afán desordenado por los placeres de la tierra que el progreso técnico pone con tanta facilidad al alcance de todos, y, por último, un hecho completamente nuevo y desconcertante: la existencia de un ateísmo militante.

Los carismas de la Iglesia

La humanidad alardea de sus recientes conquistas en el campo científico y técnico, pero sufre también las consecuencias de un orden temporal que algunos han querido organizar prescindiendo de Dios. Y frente a este problema surgen en la Iglesia multitud de carismas, extraordinarios u ordinarios, que han tratado de dar respuesta a las inquietudes más profundas del corazón humano.

Como decía san Pablo, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial. También se ordenan a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. Los más conocidos resuenan en la canción Forofos, del grupo musical Hakuna: Cursillos, Comunión y Liberación, Renovación Carismática, Schöenstatt, Opus Dei, Camino Neocatecumenal…

Si bien es verdad que los frutos alcanzados por dichos carismas son inmensos, también es cierto que muchas veces se tiende a interpretar de forma soberbia esa expresión tradicional de la Iglesia que afirma aquello de «Extra Ecclesia nulla salus», extrapolándola erróneamente a cada una de estas realidades eclesiales. De ahí la importancia de prestar atención a un punto de la doctrina de san Pablo y de la Iglesia, que vale tanto para cualquier especie de ministerio como para los carismas: su diversidad y variedad no pueden ir en perjuicio de la unidad.

 «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo» (1 Co 12, 4-5). San Pablo pedía que se respetaran esas diversidades, porque no todos pueden querer desempeñar la misma función, puesto que esto iría contra el plan de Dios y el don del Espíritu, e incluso contra las leyes mas elementales de toda estructura social.

Así pues, el Apóstol subrayaba la necesidad de la unidad, que respondía también a una exigencia de orden sociológico, pero con mayor razón debía ser en la comunidad cristiana, reflejo de la unidad divina. Un solo Espíritu, un solo Señor; y, por tanto, una sola Iglesia. En la actualidad, un peligro que acecha contra la unidad de la Iglesia consiste precisamente en no entender ni practicar bien esta unidad en la diversidad.

Vocación a la unidad

Donoso Cortés mostró con trazos magistrales en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo que el error que destruye la verdad metafísica y religiosa consiste en negar la unidad, algo que conturba después lo político y lo social. Y es que existe un profundo designio divino sobre nosotros: nuestra vocación fundamental a la unidad.

Somos llamados a la unidad, tal es el designio mismo de Dios sobre nosotros, el deseo revelado por Nuestro Señor Jesucristo en su oración sacerdotal:  «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en tí somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea me has enviado» (Jn 17, 21)

El sentido de la historia, el único sentido de la historia posible, es nuestra tendencia a la unidad, desgarrada primeramente en la Creación por el «non serviam» luciferino, rota luego en el hombre con el «eritis sicut Dei» (“seréis como dioses”) adánico y prolongada en el pecado cainita a lo largo de los siglos en el ataque del hermano contra el hermano. Ese desgarro es el que hoy sufre la Iglesia en su interior por el auge un individualismo campante que impide encarnar entorno a Cristo la variedad dentro de la unidad.

En el centro de la historia, Cristo Jesús, Señor de la misma, reconcilia al hombre con Dios la noche en que se une lo celestial con lo terreno, lo divino con lo humano, de manera que la liturgia exclama «o felix culpa quae talem et tantum meruit habere Redemptorem». La redención aparece así como una integración totalizante, entrañando su rechazo a una revuelta individual, a un no someterse que atenta contra la unidad de Iglesia.

El cristianismo reveló al hombre la sociedad humana; y como si esto no fuera bastante, le reveló otra sociedad mucho más grande y excelente: la Iglesia. De ella son ciudadanos los santos que triunfan en el cielo, los justos que padecen en el purgatorio y los cristianos que combaten en la tierra. Ante este misterio de la unidad en la fe, sólo cabe proclamar con gran admiración junto Arcángel San Miguel su conocido grito de alabanza: «¡Quién como Dios!»

Arcángel San Miguel
¿¡Quién como Dios!, que es amor, puede enseñar a los que combaten aquí que están en comunión con los que padecen en el purgatorio y con los que triunfan en el cielo? ¿¡Quién como Dios! puede unir con amorosa lazada a los muertos y a los vivientes, a los justos, a los santos y a los pecadores? ¿¡Quién como Dios! pudo tender puentes – hoy que está tan de moda – entre la inmensidad de tales océanos? J.D.C.

La ley de la unidad y de la variedad

La ley de la unidad y de la variedad, esa ley por excelencia que es a un mismo tiempo humana y divina, sin la cual nada se explica y con la cual se explica todo, se nos muestra aquí en una de sus más portentosas manifestaciones. La variedad está en el Cielo, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas; y esa variedad va a amalgamarse, sin confundirse, en la unidad, porque el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios;  y Dios es uno.

Dicha variedad está también en el Paraíso, porque Adán y Eva son dos personas diferentes; y esa variedad va amalgamarse, sin confundirse, en la unidad, porque Adán y Eva son de una misma naturaleza humana, y la naturaleza humana es una. Del mismo modo, la variedad está en Nuestro Señor Jesucristo, porque en Él concurren, por una parte, la naturaleza divina y por otra, la naturaleza humana; y amabas naturalezas van a amalgamarse, sin confundirse, en Nuestro Señor Jesucristo, que es una sola persona.

La variedad, por último, está en la Iglesia que combate en la tierra, padece en el Purgatorio y triunfa en el Cielo, y esa variedad va a amalgamarse, sin confundirse, en Nuestro Señor Jesucristo, cabeza única de la Iglesia universal.

Es por ello que la suprema armonía que rige el Universo consiste en que la unidad, de donde toda variedad nace y en la que toda variedad se resuelve, se muestre siempre idéntica a sí misma en todas sus manifestaciones. Entonces, ¿cuál es la fuente de dicha unidad? Dios mismo. ¿Y en la Iglesia? Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre presente en la Santa Misa y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Beneficios de la Misa para la Iglesia Militante y Purgante – Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Montevideo – Foto: Francisco Lecaros

El amor como fuente de unidad

«Dios es caridad; el que está en Caridad está en Dios, y Dios en él»

Si Dios es Caridad, la caridad es la infinita unidad, porque Dios es la Unidad infinita.  Si el que está en caridad está en Dios y Dios en él,  Dios puede bajar hasta el hombre por la caridad, y el hombre puede remontarse por la caridad hasta Dios; y todo esto sin confundirse.

La variedad de la Trinidad divina es una por el amor; la variedad humana, compuesta del padre, de la madre y del hijo, se hace una por el amor. La variedad de la naturaleza humana y de la divina se hacen una en Nuestro Señor Jesucristo por la encarnación del Verbo en las entrañas de la Virgen, misterio de amor.

De igual manera, la variedad de la Iglesia que combate, de la que padece y de la que triunfa, se hace una en Nuestro Señor Jesucristo por las oraciones de los cristianos que triunfan, las cuales bajan convertidas en benéfico rocío sobre los cristianos que combaten, y por las oraciones de los cristianos que combaten, las cuales bajan como una lluvia fecundísima sobre los cristianos que padecen; y la oración perfecta es el éxtasis del amor.

El amor es fecundísimo de suyo; porque es fecundísimo, engendra todas las cosas varias, sin romper su propia unidad; y porque es amor, resuelve en su unidad, sin confundirlas. El amor es, pues, infinita variedad y unidad infinita: él es la única ley, el precepto sumo, el solo camino, el último fin.

El catolicismo es amor, porque Dios es amor: sólo el que ama es católico, y sólo el católico aprende a amar, porque sólo el católico recibe lo que sabe de fuentes sobrenaturales y divinas. El Padre es amor, y envió al Hijo por amor; el Hijo es amor, y envió al Espíritu Santo por amor; el Espíritu Santo es amor e infunde perpetuamente en la Iglesia su amor. La Iglesia es amor, y abrasará al mundo en amor.

De nada servirán a la Iglesia y a la sociedad los distintos carismas sin ellos no reina el amor como potencia unificadora. No podemos ser, como dice la canción, «todos forofos de todos», sin saber cuál es la causa sobrenatural y misteriosa de los fenómenos patentes y naturales, cuál es la causa invisible de todo lo visible, cuál es el vínculo que sujeta lo temporal a lo eterno, cuál es el resorte profundísimo de los movimientos del alma.

En definitiva, frente a la grave crisis que vive la humanidad y que constantemente atenta contra la unidad de la Iglesia, hemos de tener claro de qué manera obra el Espíritu Santo en la Iglesia, la Providencia en la sociedad y Dios en la Historia. Para ello, es necesario que oremos pidiendo la unidad en la variedad. Así, a través del amor podremos llegar a ser «forofos todos de todos» y querernos siempre más. ¡Seamos uno para que el mundo crea!

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