La reforma de la misa.

Vivimos en este momento un tiempo de confusión litúrgica generalizada, no sólo por los constantes abusos y herejías que muchos malos pastores cometen, llevando a sus fieles en el mejor de los casos al escándalo y en el peor a la perdición, sino también porque el creciente deseo dentro de la Iglesia por tener una liturgia digna y solemne que verdaderamente comunique los misterios divinos y santifique a los fieles es explotado por lobos disfrazados de oveja, que condenando esos errores llevan a otros más venenosos cuanto son más sutiles, y que igualmente alejan a los bautizados de la salud eterna.

Por eso, intentando contestar a estos errores, he decidido escribir este artículo alrededor del rito de la misa, tratando el rito promulgado tras el Concilio de Trento por el Papa Pío V, y la polémica reforma de éste llevada a cabo tras el Concilio Vaticano II y que resultó en el nuevo misal promulgado en 1970 por el Papa Pablo VI. Se criticarán dos clases de errores: en primer lugar, los “neocones” o “conservadores” y, en segundo lugar, los –a falta de un mejor nombre– tradicionalistas heterodoxos.

El espíritu conservador y el tradicionalismo heterodoxo

El espíritu conservador se caracteriza por un apego desordenado al statu quo eclesial que impide la corrección de errores y el desarrollo y perfeccionamiento de la Iglesia, poniendo así en peligro, aunque sea sin quererlo, la salud de las almas.

El tradicionalismo heterodoxo, por el contrario, se caracteriza por un rechazo visceral, absoluto e indistinto de todos los cambios ocurridos en la Iglesia desde el pontificado del Papa Juan XXIII –que proviene, los más de los casos, de un más que comprensible escándalo ante los horrores de la actual crisis de la Iglesia–, rechazo que se exagera hasta el punto de llevar a la herejía, el cisma, la negación de la indefectibilidad de la Iglesia, la desobediencia ilegítima, pecados contra el respeto debido a los pastores y a todo género de errores doctrinales y espirituales.

Finalmente, y después de haber defendido la recta visión católica y tradicional respecto de los ritos de la misa y los cambios del último siglo, trataré sobre la disciplina actual de los ritos en la Iglesia latina, desde los documentos de Juan Pablo II y Benedicto hasta la triste causa que me ha movido a escribir este artículo, que es el Motu proprio Traditionis Custodes promulgado por el Papa Francisco hace unas semanas; para por último acabar respondiendo a la pregunta que todo tradicionalista se hace desde que cayó en sus manos aquel documento de triste memoria: ¿Qué hacer?

Rechazo al progresismo de hoy y aceptación del de ayer

El error conservador consiste, como he dicho más arriba, en un apego desordenado al statu quo, que se manifiesta no sólo en una resistencia a los nuevos cambios que algunos intentan introducir “los progresistas”, sino también en una aceptación plena de los cambios que ya han sucedido, los que introdujeron los progresistas del pasado.

La ideología conservadora hace así a la Iglesia impotente para responder a los problemas que señalan los tradicionalistas: los cambios indeseables, los errores históricos que se han impuesto por la vía de los hechos pero que deben deshacerse con la mayor urgencia por la salud de las almas.

¿Cuál es, pues, la posición conservadora respecto a los ritos tridentino y “paulino” de la misa? Suele consistir en que, sencillamente, ninguno es mejor que el otro (“la misa es la misa”), y que convenía en su momento la reforma por razones pastorales, siendo que todos los males ocurridos en la liturgia desde el Concilio Vaticano II no tienen ninguna conexión con la verdadera reforma litúrgica, sino que no son propiamente más que abusos y malas interpretaciones. Dado que ninguno es mejor que el otro, no hay buenas razones para suprimir ninguno de los dos[1], ni para preservarlo, fuera de la preferencia subjetiva de algunos fieles.

Señalar el error supone negar la asistencia del Espíritu Santo

Así, la misa tridentina vendría a volverse una especie de “carisma” dentro de la Iglesia, pero sin ninguna pretensión de superioridad y en perfecta convivencia con los demás grupos. Decir otra cosa, que el rito tridentino es superior, o que la reforma es imperfecta en sí misma y no sólo por su mala aplicación, o (¡líbranos, Señor!) pretender revertirla, supondría dudar de la asistencia del Espíritu Santo a su Iglesia durante el Concilio Vaticano II, la infalibilidad del Papa, la indefectibilidad de la Iglesia, y sería faltar a la caridad contra los legítimos pastores, a quienes en algo directamente referido a la salud de las almas, como es la disciplina de los sacramentos, hay que asumir que siempre tienen la razón, particularmente el Papa.

La falsedad de esta posición, sin embargo, se prueba por las palabras de los mismos Papas. El Concilio de Trento establece que la liturgia tiene tanto una parte esencial, establecida por el Redentor, como una parte accidental que la Iglesia modifica según la necesidad de los tiempos y lugares (Concilio de Trento, Sesión XII, Capítulo II). ¿Podría esta segunda parte no esencial contener errores, impiedades, o herejías? Ciertamente que no, pues de lo contrario la Iglesia no sería infalible.

Pero tampoco es cierto que la infalibilidad de la Iglesia vaya tan lejos como para que deba decirse que todos los ritos y toda la disciplina litúrgica sean perfectos hasta el punto de que no pueda decirse que un rito tiene cosas indeseables y que conviene cambiar, o que un rito es mejor que otro. Esto es lo que expresa el Papa Pío XII en su discurso al congreso internacional de liturgia pastoral de 1956: “La liturgia contiene elementos inmutables, un contenido sagrado que trasciende al tiempo; pero también se encuentran ahí elementos mudables, transitorios, y en ocasiones incluso defectuosos”.

Un rito, ¿puede ser mejor que otro?

Si la liturgia podía tener defectos en lo accidental en 1956, no hay duda de que también puede tenerlos en 1970, o en 2021, y el católico que señalara esos defectos para que puedan ser corregidos –sin ligereza y con conocimiento de causa–, muy lejos de ser un cismático, irrespetuoso o hereje, estaría, más bien, haciendo un gran servicio a la Iglesia.

Y fue, de hecho, esa consciencia de que la liturgia no es absolutamente perfecta en todas sus partes la que motivó –acertadamente o no– la reforma de la liturgia en los 60, según dice la constitución Sacrosantum Concilium párrafo 21: “La Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser de institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados”.

Demostrado, entonces, que los ritos católicos no tienen por qué ser perfectos en todas sus partes, se sigue que se puede aspirar lícitamente a su modificación –sí, también del Misal de Pablo VI–, y también que un rito puede ser mejor que otro, no sólo subjetivamente por una preferencia personal, sino porque en sí mismo contiene menos de aquellos defectos que hemos visto que pueden introducirse en la parte no-esencial de la liturgia.

La gracia de cada misa es infinita, pero depende del fiel cómo recibirla

Aquí conviene hacer una importante aclaración: toda misa tiene el  fin impretatorio de transmitir la gracia divina a los que a ella asisten, y en la medida en que en cualquier misa válida está presente la fuente de toda gracia, que es el Señor con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en toda misa hay una fuente infinita de gracia, ni el rito antiguo ni el nuevo pueden dar ni quitar nada a ésta. Sin embargo, aunque de parte de Dios en cada misa se ofrece gracia infinita, esta gracia se recibe por parte de cada uno de acuerdo a su disposición, siguiendo el clásico principio de Santo Tomás: “Todo lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”.  

Es en esa medida en que el rito puede influir, no porque la presencia gloriosa del Señor ofrezca más gracia en una misa bien hecha que mal hecha, o tridentina que nueva, sino porque un rito puede contener más elementos visibles que por su propia naturaleza mueven a tener la correcta disposición espiritual en el sacrificio y durante la recepción de la sagrada eucaristía, de manera que se aproveche más por nuestra naturaleza finita la gracia infinita que allí se ofrece.

Los “elementos defectuosos” del misal de Pablo VI

Pero entonces, establecido que es lícito en abstracto decir que un rito es mejor que otro, ¿es efectivamente el rito de la misa según el misal de San Pío V mejor que según el misal de Pablo VI? Sostenemos que sí. ¿Por qué? Un análisis en profundidad de las diferencias y parecidos entre el usus antiquior y el usus modernus excede las posibilidades de este artículo y de mis conocimientos, pero a través del estudio de la naturaleza de la reforma, sus protagonistas y las circunstancias en las que se dio puede llegar a decirse con seguridad que su resultado final no podía dejar de tener muchos de aquellos “elementos defectuosos” y que “no responden bien a la naturaleza íntima de la liturgia”.

Brusquedad frente a gradualidad: una “liturgia fabricada”

Empecemos por la naturaleza misma de la reforma: con el Concilio Vaticano II se convocó una reforma general de los ritos de todos los sacramentos, que se llevó a cabo por comisiones de expertos establecidas por el Papa, comisiones que en alrededor de cinco años hicieron un cambio profundo en la liturgia de la Iglesia, un cambio sin precedente en la historia eclesiástica por su generalidad, exhaustividad y brusquedad.

Sin caer en el error de ciertos tradicionalistas ingenuos que piensan que hasta el Concilio toda la liturgia y disciplina se habían mantenido en una perfecta inmovilidad casi desde tiempos apostólicos, no deja de ser ciertos que los –muchos– cambios introducidos en la liturgia en la historia de la Iglesia se habían caracterizado casi siempre por su gradualidad, dándose, más que a modo de reforma, como un crecimiento orgánico. Incluso la reforma llevada a cabo por San Pío V, y de la que salió el misal “tridentino”, había sido, mucho más que una reforma (o una “creación”), una codificación de lo que ya había, aboliendo solamente los ritos que no pudieran probar una antigüedad mayor a 200 años.

De todo ello se puede extraer que la idea de revisar los ritos de todos los sacramentos, enteros, a la vez y en un corto periodo de tiempo, era, cuanto menos, arriesgada. ¿Y qué salió de ese arriesgado movimiento? Léanse dos citas del Papa Benedicto XVI, que no será sospechoso de tradicionalismo, y mucho menos de “lefebvrismo” o de “actitudes cismáticas”. Joseph Ratzinger, siendo aún sacerdote, escribía en 1976 al Prof. Wolfgang Waldstein:  

“El problema del nuevo misal está en su abandono de un proceso histórico siempre continuado, antes y después de San Pio V, y en la creación de un volumen del todo nuevo, por más que haya sido compilado con material antiguo, cuya publicación fue acompañada de un tipo de prohibición de todo lo anterior, prohibición que, por otra parte, es inédita en la historia jurídica y litúrgica. Y puedo decir con seguridad, basado en mi conocimiento de los debates conciliares y en la reiterada lectura de los discursos hechos por los Padres Conciliares, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II”.[2]

Y Ratzinger, ya como Cardenal, escribió lo siguiente en su prefacio a “La reforma de la liturgia romana: sus problemas y trasfondo”, un ensayo crítico con la reforma litúrgica del teólogo Klaus Gamber (a quien el Papa no duda en elogiar con entusiasmo): “Lo que ha ocurrido tras el Concilio es otra cosa: en lugar de la liturgia fruto de un desarrollo, hemos puesto una liturgia fabricada. Hemos salido del proceso vivo de crecimiento y desarrollo para entrar en el de fabricación. No hemos querido seguir el devenir y la maduración orgánicos del ser vivo a través de los siglos, y los hemos reemplazado por una fabricación, producto banal del instante”.

Todo eso son palabras no de Marcel Lefebvre sino de Joseph Ratzinger. Léanse ý medítense sus consecuencias.

La plegaria eucarística del café Trastevere

Y entonces, dado todo lo anterior, ¿cómo se dio de hecho esa reforma del viejo rito  y “fabricación” del nuevo? ¿Fue una “fabricación” profesional, o hay, por el contrario, razones para pensar que pudo hacerse mucho mejor de lo que se hizo? Pues para esto lo mejor será acudir a los propios reformadores, y particularmente nos remitiremos a las memorias del sacerdote, teólogo, liturgista y miembro de la comisión de reforma de la misa Louis Bouyer.

Según Louis Bouyer, esta comisión “contaba con cierto número de genuinos expertos y más de un pastor experimentado y juicioso. Bajo otras circunstancias, podrían haber logrado un excelente trabajo. Desafortunadamente, un mortal error de juicio puso el liderazgo oficial del comité en manos de un hombre que, pese a ser generoso y valiente, no tenía grandes conocimientos: el cardenal Lercaro. Era totalmente incapaz de resistir las maniobras de Bugnini, un hombre tan carente de cultura como de honestidad básica”.

Incluso dejando de lado esas intrigas vaticanas, afirma también que “no había esperanzas de producir algo de más valor que lo que de hecho resultó, con esa pretensión de rehacer de arriba abajo y en unos pocos meses toda una liturgia que había tardado veinte siglos en desarrollarse”. Y, como ejemplo extremadamente ilustrativo del funcionamiento de aquella comisión, narra la vergonzosa historia de la elaboración de la plegaria eucarística II del nuevo rito, que se le encomendó a él y a otro sacerdote:

“Tendréis cierta idea de las deplorables condiciones en las que esta apresurada reforma fue expedida cuando cuente cómo se compuso la segunda oración eucaristía. Entre los fanáticos arqueologizantes y los que no les podía importar menos la supuesta Tradición Apostólica y querían una misa chapucera, a Dom Botte y a mí nos mandaron apañar el texto para insertar esos elementos ¡para el día siguiente! ¡Aún no puedo releer esa composición sin recordar la terraza del café Trastevere en la que tuvimos que poner los toques finales a nuestro encargo para presentarnos con él en las puertas de bronce a la hora que nos habían puesto!”.

La marcha forzada de los santos

Sobre la reforma del calendario, la llamó “creación de un trio de maníacos que dispersaron desastrosamente tres cuartos de los santos basados en nada más que ideas de su propia cosecha”, y dijo que la única razón por la que se aprobó es que éstos “se negaban obstinadamente a cambiar nada en su trabajo, y porque el Papa quería acabar rápido”. Finalmente, acaba ese repaso de la reforma diciendo que “después de todo esto, no es una gran sorpresa que, por su increíble debilidad, el ABORTO que produjimos provocara risa o indignación”.

Y esas duras palabras no son de Lefebvre, ni de Williamson, sino de uno de los creadores de la misa nueva y miembro de la comisión. Ciertamente podrían ponérsele pegas, o ponerse en duda su objetividad, y muchos lo harán. Pero se esté de acuerdo o no, no deja de ser indicativo el hecho de que uno de los autores de la reforma –así que no precisamente un carca anti-CVII– sea tan crítico con ella, y no dejan de tener valor anécdotas como la de las penosas circunstancias de la creación de la plegaria eucarística II –mucho más usada, por cierto, que el Canon Romano– lo cual ya es indicativo de la tendencia litúrgica denunciada por los tradicionalistas: la oración compuesta a todo correr y de mala manera se impone sobre el uso milenario.  

¿De verdad es “lo que quiere el Papa”?

También es digno de mención lo que cuenta de Bugnini, uno de los principales –sino el principal– autor de la reforma, al que acusa sin ningún tapujo de haber mentido y manipulado constante y sistemáticamente al Papa y la comisión para lograr llevar adelante las reformas que deseaba, a base de imponer su criterio a la comisión diciendo que “es que lo quiere el Papa”, para posteriormente decir al Papa que “es lo que dicen los expertos”, diseñando así la reforma de la misa a su gusto y medida a través de su posición de intermediario entre el Papa y la comisión. Ninguna persona de buen sentido podría recriminar la desconfianza ante cambios que requirieron de tales medios para ser introducidos[3].

Finalmente, como último hecho para ilustrar los problemas que tuvo la reforma, está la definición de la misa en la primera instrucción general del misal romano. Con la promulgación del borrador del nuevo rito, el Papa Pablo VI publicó también un texto para explicar y defender el nuevo misal, la Institutio generalis, y en este documento se presentaba una definición de la misa tan heterodoxa que el Papa tuvo que modificarla después de recibir numerosas quejas. Según el texto original la misa no es otra cosa que “la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor”.

Esta definición oscurece el aspecto sacrificial de la misa y niega la legitimidad y posibilidad de la misa privada, volviéndolo así un acto del pueblo antes que del sacerdote. La definición heterodoxa se modificó, sí, pero es signo de un problema más profundo: si errores como ese habían estado tan presentes en la mente de algunos reformadores como para llegar al documento de presentación final, no puede dejar de temerse que ese espíritu tuviera alguna medida de influencia en las propias rúbricas escritas por ellos.

Una reforma lejos de ser perfecta

De todo lo anterior puede extraerse, contra el error conservador, que efectivamente es compatible con la fe católica el sostener que no toda la disciplina litúrgica tiene por necesidad que ser ideal, de modo que, ya que se pueden introducir defectos e imperfecciones, se debe reaccionar cuando esto ocurra para deshacerlos y llevar a la liturgia a un desarrollo más completo.

Y no sólo eso, sino que hay buenas razones para pensar que la reforma de la liturgia de los años 60 estuvo muy lejos de ser perfecta, y que por lo tanto es lícito –con los límites que ahora perfilaremos– mirarla críticamente y aspirar a deshacer los errores que entonces se introdujeran, reparación que debe darse tanto a través del cambio de las rúbricas como particularmente de la promoción del rito anterior, además, por descontado, de la lucha contra los abusos, que son una cuestión relacionada pero sustancialmente distinta.

Fray Nadie – @neorreaccionario

 

 

[1] Aunque quien sabe si esta opinión empezará a cambiar, después de las últimas decisiones papales.

[2] Wolfgang Waldstein, “Zum motuproprio Summorum Pontificum”, in Una Voce Korrespondenz 38/3 (2008), 201-214

[3] Todo lo dicho, tanto las citas textuales como la acusación a Bugnini, pueden encontrarse en el capítulo 12 de las memorias de Louis Bouyer, que se pueden encontrar tanto en el original francés como en una reciente traducción al inglés.

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