Decía la escritora y pedagoga Vera Barclay – primera Akela (jefa scout de niños entre 7 y 11 años) de la historia del escultismo – que lo que llena el espíritu del niño es el juego. Para comprender a los niños (¡y a las niñas!, no piense el lector que me olvido de ellas), hay que tener un conocimiento profundo y razonado de lo que es el juego. Sin embargo, el “juego” es una de esas palabras que han sido profanadas por las personas mayores de nuestro tiempo, al igual que otras muchas incluyendo “religión”, “familia”, “arte”, “vida”, “matrimonio” y “amor”.

Para el niño (¡y la niña!), el juego no es una determinada forma de actividad a la que los niños (¡y las niñas!) se entregan a ratos, sino que es el resultado visible y concreto de su estado de espíritu habitual. Así, el juego funciona como una especie de sacramento que se presenta como un signo sensible y eficaz de una realidad invisible que otorga vida al espíritu, en este caso, al espíritu del mundo interior de los niños (¡y de las niñas!). Por lo tanto, cuando hablamos de juego, nos encontramos dentro del terreno de lo sagrado.

Por consiguiente, cuando las personas mayores y los niños (¡y las niñas!) hablan de “juego” o “juguete” (objeto sacro que sirve a los niños – ¡y a las niñas! – para jugar y que está destinado expresamente a este fin), aun siendo las mismas palabras, no expresan en modo alguno una misma cosa por aquella profanación de la que hablábamos más arriba y que algunos aprovechan para desatar la Revolución.

Profanación de lo sagrado

Y es que en España llevamos una larga trayectoria democrática de profanaciones que durante más de cuarenta años han ido arrebatando el espíritu a unos españoles cada vez más aborregados. La primera de ellas fue directa al concepto de soberanía, que dejó de relacionarse con Su Eterno dueño para ser ostentado por el pueblo, olvidando que, como señala el CVII, “cualquier asunto de orden temporal debe guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios (LG 36). Así lo advirtió don Marcelo en el 78, y el tiempo le ha dado la razón a él y a los siete obispos que se adhirieron a la carta que publicó.

¡Ocho pastores de la Iglesia española avisando de la presencia del lobo oculto en cada una de las palabras que contenían una “omisión, real y no sólo nominal, de toda referencia a Dios”! El fiat nonserviano de aquel entonces constituye el origen y el fundamento del resto de profanaciones que sobre lo sagrado se han dado en España.

Más adelante llegó la profanación del matrimonio en 1981, con la aprobación de la Ley del Divorcio, que vino a separar lo que Dios había unido, realizando un claro y evidente ataque a las familias. En esta ocasión, la advertencia vino del Papa san Juan Pablo II, que en 1982 recordaba que “cualquier ataque a la indisolubilidad conyugal, a la par que es contrario al proyecto original de Dios, va también contra la dignidad y la verdad del amor conyugal.”

En ese mismo encuentro con las familias, el Pastor de la Iglesia Universal prácticamente profetizó la llegada de otra profanación, aún más grave y fundamental, que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: “hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad.”

Profanación de la infancia

Tras la profanación de instituciones sagradas como la familia y el matrimonio, así como de la vida de los más inocentes – que es sagrada por sí misma -, nos encontramos hoy ante un nuevo intento de profanación que viene acompañado por multitud de leyes educativas cuyo fin no ha sido otro que aborregar a la población más tierna de la sociedad española. Nos referimos hoy a la profanación de la infancia realizada por medio de unos juguetes a través de un grotesco vídeo realizado y difundido por el Ministerio de Consumo del señor Garzón.

En dicho vídeo, una serie de juguetes – es decir, lobos con apariencia de corderos con el puño en alto – convocan a una #HuelgaDeJuguetes “simbólica para reclamar su derecho a jugar con el 100 % de los niños (¡y las niñas!, no piense el lector que nuestro Gobierno se olvida de ellas), y no sólo con el 50 %.” ¿El fin del mismo? Un poco las premisas revolucionarias de siempre: “eliminar el sexismo y acabar con los roles de género”.

Cualquiera que vea el vídeo observará, no sólo la carga ideológica y totalitaria del mismo, sino también la gran astucia con la que se desenvuelve el mensaje, pues ninguna persona en su sano juicio se opondría a que un niño (¡o una niña!) jugara con tal o Pascual juguete. Yo mismo cuando era niño recuerdo jugar felizmente tanto con mi carrito de bebé como con mis coches teledirigidos, ¡y ambos quedaban igualmente reventados por lo bruto que era!

No, el problema no es ese, sino el mensaje que hay detrás que viene a profanar lo sagrado del juego. Porque ojo, en todo juego que se precie hay siempre una serie de normas que, lejos de limitar la libertad de sus participantes, vienen a darles plenitud, pues posibilitan alcanzar el fin del mismo. Es por eso que la perversidad escondida de este mensaje reside en el hecho de negar y poner en duda toda norma, paradójicamente bajo la anárquica norma de que “no hay normas”.

Este arrojo de autonomía que proclaman los juguetes que llevan “años soportando que nos encasillen, que nos digan que fuimos creados sólo para jugar con niños o sólo para jugar con niñas”, guarda estrecha relación con la tentación del «eritis sicut Dei» (“seréis como dioses”) adánico, pero esta vez expuesto delante de los ojos de los niñosy de las niñas!).

Porque, como por todos es sabido, los niños (¡y las niñas!) tienen un punto de vista propio, un conjunto de motivaciones, una forma de razonar, unas aptitudes, unas características mentales y físicas, unos afectos y odios, y un delicioso no sé qué, que podríamos denominar el genio de la infancia. Contra este genuino genio atenta la propaganda de un liberalismo que, habiendo profanado ya el concepto de soberanía con los mayores, viene ahora a arrebatar la genialidad a los niños.

Pues la genialidad es uno de los rasgos más importantes del carácter, y a su vez de la personalidad. Es aquello que, de igual manera que nos iguala, nos hace únicos y diferentes respecto al resto. Naturalmente, de un niño (¡o una niña!) a otro (¡u otra!) hay unas diferencias considerables, pero el genio de la infancia que es común a todos ellos, es algo mucho más definido que todo lo que de común podemos tener los adultos. Por eso el Enemigo procura acabar con ello, porque en una sociedad aborregada, quien tenga la genialidad de nadar contracorriente corre el peligro de alcanzar la Verdad que se encuentra oculta en un mar de mentiras.

Este genio, marcado siempre por la inocencia y el asombro, es bien conocido por el Enemigo, de ahí su interés por pervertirlo a través del juego, que no deja de ser para el muchacho (¡o la muchacha!) una de las actividades serias de la vida, aquello por lo que merece la pena ocuparse de él. El juego es un acontecimiento en el que cada detalle tiene su importancia, de ahí que la energía y el entusiasmo que brotan de su alma se concentren en él con tanta intensidad.

¡Ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! 

En el Evangelio de Mateo, tras una discusión de los apóstoles sobre problemas de jerarquía en la que le preguntan al Maestro quién será el “mayor” en el Reino de los Cielos, Jesús desarma sus ambiciones, llama a un niño y les dice que si no cambian de mentalidad y no se hacen como los niños, “no entrarán en el nuevo Reino”. Este cambio de mentalidad es el que nos exige también ahora a nosotros el Señor. Volver a “ser como niños” no significa renegar de nuestras responsabilidades, sino ser capaces de reconocernos como hijos de un Padre providente bajo cuya obediencia nos hemos de someter. ¡O no es buen hijo (¡o hija!) el que obedece a sus padres!

Enseguida, Jesús se identifica a sí mismo con los niños: “Quién recibe a un niño como ése en mi nombre, a mí me recibe”. Decía el cardenal Gasquet que lo más esencial en la educación del ser humano es enseñarle a obedecer; y es inmenso el valor de esta lección tanto en lo que se refiere a la formación del carácter como al bien de la sociedad. Lo contrario de la obediencia al orden establecido es la causa de la mayoría de las desgracias de los individuos y de la sociedad. ¡Armémonos pues con las fortísimas y esclarecidas armas de la obediencia al Bien y a la Verdad!

Al señor Garzón y a su séquito de borregos querría recordarles la gran sentencia evangélica que viene después: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar (Mt, 18,6 ss). Finalmente, el Señor continúa diciendo que en el mundo siempre habrá escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! 

¡Mantened con vida la genialidad del espíritu de los niños (¡y de las niñas!)!

Queridos educadores (¡y educadoras!), padres (¡y madres!) de familia, aquí la advertencia viene directamente de la Palabra de Dios, que nos anima a ser sobrios y a vigilar, “porque nuestro adversario – y el de nuestros alumnos e hijos – como león rugiente, ronda buscando a quien devorar”. Por el mal menor elegido por muchos – que por muy menor que sea, no deja de ser mal – la familia y la vida son constantemente profanadas por el divorcio, el aborto y la eutanasia. ¡No permitáis que ocurra lo mismo con el genio de vuestros hijos y alumnos!

Como sabéis, la educación consiste en hacer pasar a los niños (¡y a las niñas!) por una serie de experiencias, en darles una cierta dosis de conocimientos y en crear en ellos una serie de hábitos que les haga formar su carácter a fin de que queden equipados para vivir una vida virtuosa y feliz al servicio de Dios y de los demás.

¡No hay mejor forma que el juego para alcanzar todo esto! ¡No desaprovechéis la forma por la que incluso el Niño-Dios quiso adentrarse de la mano de María y José en la realidad del mundo! Y por supuesto, ¡no dejéis que profanen a los juguetes y a los juegos que mantienen con vida la genialidad del espíritu de los niños (¡y de las niñas!)!

Álvaro Chillarón de la Fuente (A. M. D. G. et Hispaniae)

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