BREVE NOTA INTERPRETATIVA DE LOS ACONTECIMIENTOS ÚLTIMOS
[EN EL “ DÍA DE LA MUJER”]

Los acontecimientos vividos en los últimos días, si no acentuados ya de atrás, han advertido al Occidente del avance raudo e inexorable, bajo los ecos de mayo del ’68, de un poder matriarcal que apunta a copar todas las instancias de la vida social, asfixiándola.

Vemos brotar en derredor de los hombres normales grupos de deficientes emocionales prendidos del primer relato mitológico que se les ha ofrecido. Gentes de quienes, por lo demás, un día se predicara la generación más preparada de la historia.

Las mujeres han renunciado a la autoridad sobre la vida familiar para lanzarse al asalto del poder político. Lo cual es, en buena medida, causa de la nueva manera de totalitarismo: sibilino, edulcorado, narcotizante, feliz, cariñoso y maternal.

En el mundo de Eva se baten dos elementos en brega letal: el elemento femenino y el masculinizante. Si la mujer es un constructo normativo del hombre —patriarcado— para los desahogos de éste, —«la mujer es un hombre en un cuerpo extraño», confesó Simone de Beauvoir— en el proceso de deconstrucción de las estructuras sociales, luego también de la propia mujer, se articularán maniobras atroces por desfeminizarla. Por deconstruirla y volverla a construir.

La confusión de los órdenes naturales entre el hombre y la mujer es caos; y la mímesis, la pulsión enfermiza por imitar al hombre revela un complejo de inferioridad poco cuidado. Dice el feminismo de las mujeres que son «un colectivo digno de pena y necesitado de atención». Pues, en el fondo, la postura de la víctima es la posición política más rentable.

La adhesión estabularia in multitudine a la causa feminista ha mostrado, de nuevo, los resortes de la psicología de las masas: no es otra cosa que un analogado débil los grandes procesos revolucionarios de la historia. Se pelea por vencer a un enemigo metafísico, sin dimensión operativa; un fantasma de quien todos hablan, a quien todos persiguen, señalan y acusan, y a quien nadie ha visto salvo encarnado en los mismos varones.

El feminismo es, de más, una ideología mortífera: basten dos generaciones feministas para que cualquier pueblo desaparezca. Y es, en esencia, una ideología antipolítica, pues impide la philia en la comunidad, lanzando a los cives al fratricidio. Hace del orden caos, ora en la familia, ora en la comunidad; en todo el cuerpo político. Y de la puesta en común de los fines, un imposible ontológico. Pues hasta el más mínimo detalle de interacción social será pasado por el trillo de la idea en movimiento.

El feminismo hace de la inevitabilidad del conflicto la plasmación de la violencia, pretendida ahora estructural; esto es, imputable a la cultura, no a la vida en común. Contiene de suyo, en su más íntima lógica, visos de religión política: las soflamas feministas son la buena nueva, predicada por una cohorte de sacerdotisas laicas venidas al mundo para librar al resto de mujeres de su falsa conciencia y de la esclavitud que cargan a sus espaldas. La sacralización de un grupo sobre otro requiere la patologización del enemigo existencial, al cual se le desea muerte por arrastrar sine die el pecado original. Las alusiones al pecado estructural y las deformaciones sociales, y la eterna promesa de un porvenir edénico cierran una ateología política, por más que burda, total.

El feminismo no deja de responder, pues, a una lógica individualista, liberal, enferma del ideal emancipatorio. Y ahonda a velocidades altísimas en el proceso de integración de los mercados, no pocas veces ensalzando la tesis protestante del valor-trabajo.

El casamiento unívoco del Capital con la causa de la emancipación femenina ha puesto en evidencia la sospecha que se arrastra de lejos: la superestructura ideológica hoy dominante no es otra cosa que la mezcolanza entre el neoliberalismo y el progresismo posmarxista. Las mujeres, arrastradas ahora por la lucha competitiva del todos contra todos, engrosan la maquinaria de la productividad, precipitando la laceración de la familia, única célula con vigor para evitar el suicidio colectivo; mientras el Estado, a la par que otea de soslayo una hecatombe demográfica que amenaza con derrumbarlo en el horizonte, la promueve y la impone al través de la pedagogía de masas.

El feminismo es de una reacción contra el individuo desde el individualismo mismo; en cierta forma, una reacción frente a lo establecido desde lo establecido. Quizá sea esta el primer paro patronal promocionado por todas las instituciones: desde la dicha consorte de la así llamada Casa real hasta la última Secretaría de agricultura, pasando por la primera dama y las grandes sociedades de capital, la oligarquía ventea en bloque las consignas, embozando —más si cabe— el ambiente.

El Estado, a la orden de las aspiraciones voluntaristas del citoyen, en su proceso de demolición de los cuerpos intermedios, ejecutó, en primer término, el desgaje de la Iglesia del poder político; después, de la familia; y más recientemente del individuo mismo. Comportando, con ello, una vorágine de desencantamiento del hombre de la comunidad política, de su familia y últimamente de su propia naturaleza. Mas el hombre nunca podrá vivir sin axiomas ni anclajes.

La constelación política ha cambiado por entero. Estamos ante horizontes nuevos. Del vacío del binomio Estado-individuo han emergido las identidades como nuevas formas de autoidentificación referencial. Formas a las que el «hombre autodeterminado», confundido y desamparado, acude en busca de refugio. La proliferación de sectas subestatales y la vindicación de causas marginales serán una constante en adelante. El centro de gravedad del conflicto político ha virado hacia de la intersubjetividad de los grupos. Porque la identidad, se ha dicho, es la gran cuestión de nuestro tiempo.

Los desequilibrios patológicos que suscitan las dinámicas anteriores requieren de prontos jarabes, que han de ser inyectadas al cuerpo en gangrena tan pronto como sea posible. El momento populista ha irrumpido por inercia: estamos ante la lucha del pueblo contra las élites mundializadas y sus sectas afines.

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