Si acaso existe algo aún más terrible que la Modernidad, aquello solamente puede ser la descomposición de la modernidad, es decir, la posmodernidad. Dicho sistema civilizatorio, en su descomposición, se hundió en la metafísica de la subjetividad, en el más puro arbitrio. «A falta de un orden dinámico, que no puede violarse sin riesgo —escribe Vallet de Goytisolo—, el hombre sin pauta superior se erige en creador de un mundo nuevo que trata de elaborar conforme a sus «ideas» (no la realidad profunda de las cosas), negando la verdad objetiva, que sustituye por las opiniones subjetivas, que, a falta de criterio realista superior, entran todas en la palestra de lo opinable, con lo cual no se trata sino de conocer opiniones y gozar con la que más guste, arbitrando algún medio (como es la democracia) para que esta diversidad se decida por la opinión pública y, al final, por los votos».

La estructura política que más cómodamente encajó dentro de las exigencias del nuevo modelo  derivado del triunfo del liberalismo, fue el Estado moderno. Resulta imprescindible discernir rectamente entre Estado y comunidad política. El Estado, moderno de suyo, es bodiniano, maquiavélico, protestante y rousseauniano; es un artefacto burgués, artificial. La comunidad política, por su parte, y he aquí la más elemental diferencia, es orgánica, fruto vivo de la conjunción de procesos comunitarios y sociales demasiado densos para ser tratados en este escrito. A éste primero le fue unida la nación, no histórica, sino política, politizada por el liberalismo, en un engendro horripilante que dio en llamarse Estado-nación. Y consolidó finalmente su existencia a través de un segundo factor, alusivo en tantas ocasiones, por ser una evasiva recurrente, antes bien inexistente: la soberanía.

Las estructuras y fundamentos mencionados se tomaron, hasta hoy, por dogmas incuestionables bajo una ciega asunción inexplicable. La pregunta que vale hacerse, ya abandonada la Modernidad y entrados dentro de un nuevo paradigma, de contexto mundializado, consiste en si, por ventura, no habrán quedado éstos obsoletos.

La mundialización ha quebrado las soberanías. Los problemas de esta nuestra época no se circunscriben ya a las fronteras clásicas, sino que las arrollan sobremanera. La inmigración, la corrupción, el terrorismo, el narcotráfico ya no son problemas locales, sino que encuentran repercusión en todo el mundo. La soberanía deja ya de ser aquel poder absoluto que era antes, y la idea de injerencia cobra más sentido que nunca. En un mundo profundamente decadente, volátil, en que las nociones del tiempo y del espacio desaparecen, y con ello los puntos de referencia y los criterios de fijación se difuminan, aparece con apremio la necesidad de redefinir la realidad política.

Los capitales se mueven de un lado a otro del mundo sin control alguno, y de modo instantáneo. Así también las personas. Simplemente porque pueden. Las fronteras ya no paran nada. Hoy no existe ninguna línea de separación. Y con ello, los Estados-nación entran en crisis y pierden su legitimidad y el carácter de centralidad. Se disuelven bajo la lógica contractualista: por arriba, absorbidos por la globalización; por abajo, disgregados por los separatismos. Mal que nos pese, los Estados modernos son demasiado grandes como para continuar siendo productores de lo social; y aún demasiado pequeños como para actuar en solitario en un mundo globalizado.

Ante esta tesitura compleja, los únicos mecanismos de maniobra y colaboración viable imaginables son los grandes bloques geopolíticos. Bloques que, sabiendo respetar las particularidades, sean capaces de articular una acción conjunta en todos los niveles. Bienvenidos sean al siglo de las grandes naciones históricas insertadas en los grandes espacios geopolíticos.

 

 

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