La paradoja de la Navidad

Dios ama las paradojas, por eso el mayor Misterio de Su Amor, que es la Encarnación, es una de ellas. Así, en Navidad contemplamos a un Dios que baja a la tierra, y a una Mujer que sube al Cielo; a un Rey que se hace siervo, y a una Esclava que se hace Reina; a una Majestad que deja el trono y baja a la prisión; y a una humanidad que deja la prisión y sube al trono. Esta paradoja que une en Jesús lo humano y lo divino es todo el asunto de este día.

Porque Dios ama las paradojas, las tres virtudes teologales que nos orientan y abren el camino hacia Él se presentan siempre de esta forma. Así, como explicaba Chesterton en su ensayo Herejes, la caridad significa perdonar lo imperdonable, pues si no, no es virtud ni es nada; la esperanza significa esperar cuando la situación resulta desesperada, pues si no, no es virtud ni es nada; y la fe significa creer en lo increíble, pues si no, no es virtud ni es nada.

Y es que para poder contemplar el Misterio de la Navidad hemos de hacerlo a través de estas tres paradójicas virtudes teologales tan profanadas en nuestro mundo moderno. Cuando estas virtudes quedan viciadas, podemos observar el distinto destino de las mismas en un mundo que ha cambiado tanto su fuente como su fin. Así, la fe, la esperanza y la caridad están de moda hoy como una fe, una esperanza y una caridad que parten de uno mismo hacia uno mismo. Cuando ponemos el horizonte sobre nosotros mismos, se crea entre Dios y los hombres tanto un abismo como un conflicto que sólo Dios puede salvar. Así, la Encarnación corresponde al paradójico misterio de las distancias salvadas.

El misterio de la Navidad contemplado por un existencialista-ateo

Pero a pesar de las distancias, la paradoja de la Encarnación no es un hecho remoto que se encuentre completamente fuera de nosotros, un mero acontecimiento pretérito que se pierde en las brumas de la historia. Cuando el Verbo asumió una naturaleza humana, la suya concreta, asumió en cierto modo toda la humanidad. Por eso, a pesar de las distancias incluso del ateísmo más convencido, podemos encontrar paradójicamente en el padre del existencialismo francés una obra que describe increíblemente el Misterio ocurrido en la cueva de Belén.

Hablamos de Jean Paul Sartre, que en 1940 escribió Barioná, el Hijo del Trueno, una gloriosa obra sobre la Navidad realizada durante su cautiverio en un campo de concentración alemán. A través de Barioná, protagonista de la obra, la pieza teatral nos explica con asombrosa sencillez, mediante un juego de personajes, cómo en la noche del 24 de diciembre, hace más de 20 siglos, nació en Belén la Esperanza para el mundo. Sartre utiliza la figura del protagonista para explicar el proceso de transformación que a través del Amor recibe quien conoce la Buena Nueva que trae ese niño pequeño e indefenso al que todos adoran.

Los biógrafos y estudiosos de la obra de Sartre ocultan, deliberadamente o no, la existencia de Barioná. La primera obra de teatro del conocido escritor ateo existencialista tuvo como tema central la Navidad. El ateo Sartre nos conduce magistralmente a la admiración del misterio de Belén y al compromiso existencial con Cristo que salva.

En la contemplación de esta paradoja, Sartre nos hace ver a una Virgen pálida que contempla al Niño. Para él, lo que habría que describir de su cara es, una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho y su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él, es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡mi pequeño! Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí.

Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Porque todas las madres se han visto así alguna vez, colocadas ante ese fragmento rebelde de su carne, que es su hijo, y se sienten exiliadas de esa vida nueva que han hecho con su vida, pero donde habitan pensamientos distintos.

Mas ningún niño, ha sido arrancado tan cruel y rápidamente de su madre como este niño, pues, Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella pueda imaginar. Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí y de su condición humana delante de su hijo. Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios. Le mira y piensa: “Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mi. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mi. Es Dios y se parece a mí.”

 Y ninguna mujer jamás, ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe. Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María, si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios, cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.

 Eso en cuanto a Jesús y la Virgen María.

 ¿Y José? A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya al lado de Dios. Porque Dios explota como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar.

¿Es posible una navidad sin Dios?

Aprender a aceptar este anonadamiento de un Dios hecho Hombre nos habla de otra gran virtud, la humildad, consustancial al nacimiento de Cristo, recordada en todos y cada uno de los pesebres que todavía se exhiben en nuestros hogares, y que desaparece, como otra gran paradoja – ésta no tan querida por Dios -, cuando llegan las fechas navideñas.

La ostentación, el querer aparentar, el exceso, el situarse por encima de las propias posibilidades, el regalo como manifestación no del amor sino del prestigio, el poder y la posición social parecen ser las señas de identidad actuales de una navidad sin Dios. La humildad perece, entre otras razones, porque el hombre olvida el eje, la razón verdadera, de la conmemoración y la celebración, quedando la fecha vacía del contenido permanente que le da vida.

Bajo el arco de luces de colores que engalanan las calles de nuestras ciudades; bajo el resplandeciente e ilusorio oscilar de las bombillas, se oculta o se difumina la pérdida, cada vez mayor, del sentido profundamente religioso que para la humanidad debiera tener este tiempo. Hemos olvidado que en Navidad conmemoramos que el Hijo de Dios se hace Hombre para que el hombre se haga hijo de Dios.

Y es que la Navidad se ha convertido, en realidad, en un pretexto, en una fiesta paganizada más que secularizada, consagrada al nuevo becerro de oro que es el consumismo más absoluto ofrecido al dios Dinero. Muy pocos se atreverían a poner en tela de juicio el sentido comercial que está adquiriendo la fecha, sin freno aparente, sobre cualquier otra interpretación. Difícilmente podría ser de otro modo en un tiempo marcado por el predominio de lo material y el imperio de una filosofía del estar y vivir mejor en pos de una falsa paz que aparenta solventar los conflictos del día a día.

Frente a esta apariencia, en Navidad encontramos la unión de las naturalezas divina y humana en Cristo que implica la cesación del estado de beligerancia que existía entre Dios y los hombres, la victoria de la paz. Porque si la paz es la tranquilidad en el orden, ninguna paz será más auténtica que aquella que proviene del orden restaurado entre Dios y el hombre, entre lo Divino y lo humano.

Si bien es cierto que la Navidad constituye el mayor acto de glorificación de Dios que se haya elevado desde la tierra, también lo es que representa la mayor efusión de paz que haya descendido de lo alto. No en vano los ángeles cantaron junto a la cueva: Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Entrar en la Navidad que consiste en entrar en el Misterio de la Paz.

COVID ´19: la religión del NOM

Hay sin embargo distintos tipos de paz. Está la ‘“paz del mundo”, a la que aludió Nuestro Señor en su sermón de la Última Cena, fruto de la concordia de los perversos. Es una paz aparente, más bien negativa, que se reduce a una ausencia — aparente, también — de conflictos. No es ésa la paz que vino con Cristo al mundo, sino la paz que el mundo quiere sin Cristo. Él vino a restaurar la paz con Dios, de la que se deriva la paz entre los hombres. Paradójicamente, la “paz del mundo”, que va del hombre hacia el hombre, además de aumentar el abismo entre lo humano y lo divino, no es capaz ni de reconciliar a los unos con los otros.

En su libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Leonardo Castellani escribe al respecto: “el mundo moderno no entiende lo que le pasa. Dice que el cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad y alcanzar la paz. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Está lleno de profetas que dicen ‘Yo soy. Aquí estoy. Este es el programa para salvar al mundo. La Carta de la Paz, el Pacto del Progreso y la Liga de la Felicidad. ¡La UE, la ONU, la OMS! ¡Mírenme a mí! Yo soy’. […]”

Es ateísmo radical revestido con formas de la religiosidad. Retiene todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre pelagianamente como si sus fuerzas fuesen infinitas, promete al hombre el paraíso en la tierra olvidando que nuestro peregrinar en la tierra consiste en un valle de lágrimas. La irracional adoración de la Ciencia, la exagerada esperanza en el Progreso y la desaforada fe en la Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo perverso de todas las herejías, ahora en estado puro.

Esta idolatría del hombre hecho dios confluye ahora y conspira a fundirse en una nueva fe de carácter universal extendida a través de todo el conglomerado mediático y político provocado por la Covid 19. Esta religión no tiene todavía nombre, pero sí su propia mística. Basta fijarse, como sostiene el retirado arzobispo Viganò, cuán instrumental es la vacuna, precisamente en su valor “místico”, para la aceptación colectiva del sacrificio humano como algo normal y de hecho necesario: la criatura más inocente e indefensa, el bebé en el útero materno en el tercer mes de gestación, es sacrificado y desmembrado para extraer tejido de su cuerpo todavía palpitante con el que producir una no cura que ni sana ni inmuniza, pues el mal nunca ofrece la cura de sus enfermedades.

La denuncia de una auditora revela que para fabricar la «vacuna» COVID, Pfizer abre a los fetos vivos sin anestesia para recoger los tejidos. 

A través de las compañías farmacéuticas que utilizan tejido fetal de abortos para fabricar una supuesta vacuna que se presenta en el delirio del Covid-19 como sacramento de salvación,  la humanidad se incorpora al ‘cuerpo místico’ de Satanás, la anti-iglesia globalista. Este sacrificio invertido se contrapone a la Encarnación, el sacramento por antonomasia.

Pero no perdamos la esperanza, pues en estas fechas toca anunciar la venida de Cristo, y no sólo una, sino también una segunda que será sin duda mucho más gloriosa que la primera. Decía san Cirilo de Jerusalén que la primera se realizó en el sufrimiento, la segunda traerá consigo la corona del reino. Porque en Nuestro Señor Jesucristo casi todo presenta una doble dimensión. Doble fue su nacimiento: uno, de Dios, antes de todos los siglos; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Doble Su Venida: una en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre el césped; la segunda, en el esplendor de su gloria, que se realizará pronto.

En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá vestido de luz. En la primera sufrió la Cruz, pasando por encima de su ignominia; en la segunda vendrá lleno de Poder y de Gloria vestido de Majestad, rodeado de todos los ángeles.

Por lo tanto, no nos detengamos sólo en la primera venida, sino esperemos alegremente la segunda. Y así como en la primera dijimos: Bendito el que viene en nombre del Señor, en la segunda repetiremos lo mismo cuando, junto con los ángeles, salgamos a su encuentro y lo aclamemos adorándolo y diciéndolo de nuevo. Cristo vuelve. Despertemos, que Él viene; y aún tenemos que completar cada cual nuestra misión. Paradójicamente, el que nació era pobre y es el Rey; tuvo hambre y es el Pan; tuvo frío y es el Sol, pero Jesús Nuestro Señor volverá y Su Reino no tendrá fin.

¡Feliz y Santa Navidad! ¡Ven, Señor Jesús!

Álvaro Chillarón del Fuente (A.M.D.G. et Hispaniæ)

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