La sinfonía de la palabra, por Álvaro Chillaron.

El Universo no es un único proceso natural, como piensan los evolucionistas y materialistas, sino que es como una obra dramática gigantesca, como una Sinfonía en la que Dios se ha reservado los tres grandes movimientos que la componen y que teológicamente llamamos Creación, Encarnación-Redención y Parusía.

Pero estos tres movimientos no deben entenderse únicamente como una sucesión cronológica. Ciertamente, la Creación está en el origen de todo, pero también es continua y se realiza a lo largo de todo el arco del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la Encarnación-Redención, aunque podamos datarla en un momento histórico determinado – hace unos 2000 años -, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el posterior. A su vez, la Parusía y el Juicio Final, que tendrán lugar en el final de los tiempos y que precisamente tuvieron una anticipación decisiva en la Cruz de Cristo, influyen en los hombres de todas las épocas. Y sí, en la nuestra también.

Primer movimiento: la Creación

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. (Jn 1, 1-3)
«Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho» (Jn 1, 3)

El comienzo de esta gran Sinfonía cósmica lo encontramos en el Génesis, que nos describe la Creación como el lugar donde se desarrolla la historia de amor entre Dios y sus criaturas, en donde el hombre tuvo la gran dicha de ser creado a Imagen y Semejanza de Su Creador. En el primer movimiento de nuestra Sinfonía vemos como en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. (…) Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (Jn 1,1-4).

Por lo tanto, la primera y principal nota de esta obra sinfónica es la Palabra de Dios, de la cual nace toda la realidad a través de su hágase, como creatura Verbi, y todo está llamado a servir a la Palabra. La contemplación del cosmos desde la perspectiva de la Historia de la Salvación nos lleva a descubrir la posición única y singular que ocupa el hombre en la creación. Nos encontremos pues ante la Sinfonía de la Palabra.

Todas las criaturas participamos como instrumentos en ella, pero tanto la composición como la dirección de la orquesta le corresponden a Dios, un ser todopoderoso y bueno que compuso una obra fascinante, llena de criaturas hermosas. La constitución dogmática Dei Verbum nos propone una teología dialógica de la revelación que responde precisamente a esta relación entre compositor y composición; o lo que es lo mismo, entre Creador y criatura. Siendo tantas y tan bellas sus criaturas, a ninguna amó tanto como a la última de ellas: el hombre. El amor de Dios por cada uno de sus hijos crecía y crecía sin que pareciera tener límite. Sus ojos estaban posados en esas criaturas pequeñas y débiles, como si no existiera en el universo ninguna criatura más importante que nosotros. Y así como crecía armoniosamente el amor del Padre por sus hijos, crecía también la envidia desafinada que el Ángel Luzbel sentía por ellos. Es aquí donde comienza el drama de la obra.

El Pecado: el gran drama de la Sinfonía

El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador (cf. Gn 3) 

Dios Padre nos dotó de inteligencia para que conociéramos las leyes que Él había puesto en la creación, y también de voluntad para poder participar plenamente de Su Sinfonía amorosa. Ninguna criatura estaba capacitada para romper esas leyes y desentonar, pero a nosotros y a los ángeles nos creó libres, nos enseñó a distinguir en nuestro corazón entre el bien y el mal. Si escogíamos el bien, seríamos felices. Pero si escogíamos el mal, seríamos como un árbol que renunciara a sus raíces, y conoceríamos la tristeza, la desesperación, la muerte.

Sin que los hijos de Dios lo sospecháramos, el Ángel Luzbel, creado para servirnos, hizo sonar el tritono, ese intervalo disonante nonserviano prohibido en la notación musical del siglo XI por el monje benedictino Guido de Arezzo, renunciando así a la Voluntad de Dios al querer destruirnos. La Sinfonía quedó interrumpida. Su ataque estaba acompañado con una melodía engañosa de amor, belleza y libertad cuyo tema principal era la soberbia.

A raíz de la ofensiva del Pecado Original, comenzó una guerra silenciosa, el gran drama de la historia en que ambos tratan de conquistarnos mientras nosotros huimos a un ritmo descompasado y con un corazón desafinado. Satán nos persigue oculto en la oscuridad y Dios nos envía mensajeros para reclamar nuestra atención y lograr que regresemos al orden de su dirección amorosa.

Segundo movimiento: la Encarnación 

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16)

Cuando por nuestra desobediencia parecía que la ira de Dios iba a caer implacable contra nosotros, sucedió lo inesperado. Dios vino a ponerse a nuestro servicio. Si no creíamos en sus palabras, creeríamos en sus obras. La Creación no podía enseñarnos a amar por muy armoniosa que sea. ¿Quién iba enseñarnos a perdonar y a pedir perdón? ¿El agua, el sol? ¿Quién nos diría cómo servirnos los unos a los otros? ¿Los árboles, las montañas? Su Palabra se hizo Carne de Su Carne, asumiendo así lo que iba a redimir. Y es aquí donde comienza el segundo y más sublime movimiento de la Sinfonía de la Palabra: la Encarnación. La Palabra se hizo Hombre y creció en un vientre de mujer.

Desde la Navidad al Gólgota, desde la Transfiguración a la Resurrección, desde los milagros a las enseñanzas de Cristo, llegando hasta los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles, la Sinfonía de la Palabra nos ha evocado con una especie de lenguaje musical al misterio del amor de Dios, invitándonos a dar una respuesta a ese ¡sígueme!

Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, un solo, un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de Él depende el significado de toda la obra. Este solo es Cristo-Jesús… El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en Él se unen sin confundirse el Autor y su obra.

La Iglesia, intérprete esencial de esta obra celestial, confiesa incesantemente a todas las generaciones que Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y Resurrección gloriosa, y con el envío del Espíritu de la Verdad, lleva a plenitud toda esta Sinfonía de la Palabra que continuará resonando cada día en la Santa Misa hasta la llegada de la Parusía.

Tercer movimiento: la Parusía

«Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo» (Ap 12, 10)

Ahora nos encontramos al final de la Sinfonía, y aquí serán María y la Iglesia quienes cobren un protagonismo esencial. Según nos relata el Apocalipsis de San Juan, María es esa mujer encinta que da a luz un hijo mientras un dragón de color rojo sangre la amenaza a Ella y al Hijo que ha engendrado. Puesto que María es “figura de la Iglesia”, la interpretación mariana de este pasaje escatológico no va en perjuicio del sentido eclesial del texto.

Contra María y la Iglesia se cierne el dragón, que evoca a Satanás. Aquí nos encontramos ahora. El color rojo es signo de guerra, de matanzas y de sangre derramada; las “siete cabezas” coronadas indican un poder inmenso, mientras que los “diez cuernos” evocan la fuerza impresionante de la bestia que aún a día de hoy hace resonar himnos nonserivanos que tratan de dividir la celestial orquesta de la Iglesia.

Por consiguiente, el bien y el mal se enfrentan. María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del Amor, de la Verdad y del Bien. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, la mentira y la injusticia. Pero el canto con el que se concluye el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo lo realizará “la salvación, el poder, el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo” (Ap 12, 10).

Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que “María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión” (Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22 de marzo de 1986, n. 97; cf. Redemptoris Mater, 37).

María, instrumento esencial en al Sinfonía de la Palabra
«Dijo su madre a los sirvientes: haced todo lo que Él os diga» (Jn 2, 5)

En su Inmaculada Concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana que, colmada desde el inicio de la gracia divina que sostiene y transfigura a la criatura, elige siempre, en su libertad, participar armoniosamente en la Sinfonía de la Palabra. Y puesto que la meta última de la historia humana se alcanzará cuando “Dios sea todo en todos” (1 Co 15, 28) y, como anuncia el Apocalipsis, “el mar ya no exista” (Ap 21, 1), es decir, cuando el resonar del caos destructor y del mal haya sido por fin eliminado, hemos de estar siempre listos y dispuestos a que Dios sea todo en cada uno de nosotros.

Nuestro Señor, que ha inscrito en nuestro corazón el deseo de hacer de nuestra vida algo extraordinario, nos invita a ser instrumentos de la Palabra. No olvidemos que nuestra participación en la Sinfonía Palabra sí puede cambiar el mundo. Citando a Walt Whitman, pase lo que pase, nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. (…) Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. (No te detengas, W.W.)

Porque, como diría Chesterton, el hombre es el único ser de la Creación que puede ser a un mismo tiempo creador y criatura, de ahí que estemos llamados a participar en tan gran obra con libertad, siguiendo los pasos de María, con nuestro propio hágase en mí según Tu Palabra, que quedará inscrito en la gran partitura de la Historia de la Salvación.

Álvaro Chillarón de la Fuente  (A.M.D.G. et Hispaniae)

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