Para entender cabalmente la estatura espiritual de san Juan Pablo II es necesario volver la mirada hacia sus vicisitudes personales. Karol Wojtyla padeció en sus propias carnes el horror de las ideologías totalitarias, y en medio de ese horror decidió escuchar la llamada de la vocación religiosa al servicio de la Verdad.

Origen  y desarrollo de los totalitarismos 

Los totalitarismos son la radicalización de la ideología liberal progresista que proclama desde finales del siglo XVIII la autonomía del hombre bajo los presupuestos del materialismo y el cientificismo. Desde sus comienzos, el liberalismo fue abiertamente contrario a la Iglesia.

Precisamente, cuando en 1799 muere Pío VI, la prensa francesa anuncia así su muerte: “Pío VI y último”. Desde entonces, nos encontramos ante la lucha entra la ideología liberal progresista y la Iglesia; ante el intento de unos de acabar con la Iglesia y el intento de otros de ser fieles al mensaje de Jesucristo.

En san Juan Pablo II encontramos un ejemplo de fidelidad evangélica durante toda su vida. Siendo aún muy joven sufrió la ocupación de su patria por el nazismo, que se preocuparía muy especialmente de combatir a la Iglesia católica polaca, depositaria de la cultura e identidad nacionales. Antes de que los ejércitos de Hitler invadieran Polonia, el joven Karol Wojtyla había decidido encauzar su talento por los senderos de la vocación teatral y literaria.

Pero con la invasión alemana, la Iglesia católica de Polonia afronta un periodo de persecución. Sus templos son profanados, sus liturgias prohibidas y muchos de sus ministros deportados. En esos años, mientras trabaja como picapedrero, el joven Wojtyla decide ingresar clandestinamente en el seminario de Cracovia.

Y después, a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el comunismo, otra burocracia de la muerte acaso aún más atroz, oprimirá Polonia, esta vez durante varias décadas, instaurando una represión que la Iglesia sufrirá con especial ensañamiento.

Mientras tanto, Wojtyla empezó una labor pastoral clandestina, primero como párroco rural y después como capellán universitario. Formó también un grupo de jóvenes intelectuales comprometidos con el Evangelio.

Hemos de recordar que la batalla más reñida por aquellos años se entabló entre la Iglesia y el régimen comunista fue por la familia. Los comunistas tenían la certeza de que donde hubiese hombres y mujeres seguros de su amor y con propósito de proyectarlo sobre su descendencia germinaría la semilla de la contrarrevolución. Por eso Wojtyla centró sus esfuerzos en la catequesis matrimonial.

En contraposición a  los totalitarismos, toda la ingente labor apostólica y pastoral de san Juan Pablo II se resume a la postre en una exhortación al hombre contemporáneo a superar las plurales tiranías que pretenden sojuzgar el espíritu y pisotear la sagrada condición humana, encerrándola en las mazmorras del totalitarismo o engatusándola con los oropeles de un hedonismo caprichoso. Y esa superación de las actuales tiranías que nos acechan sólo se puede lograr, nos decía el Papa polaco, “abriendo de par en par las puertas a Cristo”.

La lucha contra las Estructuras de Pecado y la Cultura de la Muerte

Aquel joven que descubrió el rostro de Cristo en los padecimientos de sus compatriotas, dedicó entonces sus esfuerzos a proclamar la dignidad inviolable de cada persona, como destinataria e irrepetible de la Redención.

Pero el hombre que había sufrido en sus propias carnes los atropellos del nazismo y del comunismo, sabía bien que las plurales tiranías que oprimen al hombre no se agotaban ahí. Efectivamente, “el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre”.

Por eso execró el capitalismo degenerado que explota al trabajador y lo reduce a un mero engranaje en consecución obscena de una riqueza de la cual no se beneficia. Por eso execró la eutanasia, el aborto, la contracepción y los excesos de la genética.

Nuestra época, al ignorar que la vida del feto o del agonizante corresponden a las vidas más merecedoras de una escrupulosa protección jurídica, ha entronizado una forma de aberración moral no menos monstruosa que las propugnadas por nazis y comunistas.

Estas vidas desamparadas que nuestra época ha desistido de proteger, quizá porque carecen de voz y de voto, y por lo tanto, son irrelevantes desde la perspectiva sórdidamente política, hallaron en san Juan Pablo II su más intrépido paladín. Juan Pablo II fue el mensajero de una verdad que las corrientes ideológicas no pueden interpretar a su conveniencia.

En su libro Memoria e identidad, conversaciones entre milenios, san Juan Pablo II compara las legislaciones que permiten el aborto con el Holocausto, el asesinato por parte de la Alemania nazi de millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial. Para el Papa polaco, ambos hechos tienen el mismo origen: la violación de la ley de Dios, cuyo principal objetivo actual es el desprecio por la vida humana más indefensa, la del no nacido.

La evidencia del mal es clara. Desde la errónea concepción del hombre moderno y de la familia desligada del vínculo matrimonial, nos encontramos en un tiempo de profunda oscuridad que crece más y más. Se sigue construyendo una estructura de pecado que cada día cuesta más afrontar por la permisividad que se le ha dado a dicho crecimiento.

Hablamos pues de un mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal erigido en sistema. “Tenemos que cuestionar las regulaciones legales que se han decidido en los Parlamentos de las actuales democracias. La asociación más directa que me viene a la mente son las leyes sobre el aborto. (…) Los Parlamentos que crean y promulgan tales leyes deben ser conscientes de que están transgrediendo sus poderes y permanecen en conflicto abierto con la ley de Dios y la ley de la naturaleza”.

“Las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella”

“La humanidad tiene la necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios, Señor y Salvador”. SJPII

La Iglesia sigue luchado hasta su último suspiro. Y cuando el Sistema impone silencio, Ella habla. La caída del nazismo, primero, y después de la Unión Soviética, es la confirmación de una derrota. Ha mostrado toda la insensatez de la violencia a gran escala, que había sido teorizada y puesta en práctica por dichos sistemas.

Ante esto san Juan Pablo II se pregunta: ¿Querrán los hombres tomar nota de las dramáticas lecciones que la historia les ha dado? O, por el contrario, ¿cederán ante las pasiones que anidan en el alma, dejándose llevar una vez más por las insidias nefastas de la violencia?

Hoy que celebramos san Juan Pablo II, la Iglesia quiere reconocer el culto que la memoria de su persona ha suscitado en la comunidad eclesial, así como resaltar la hondura de su unión personal con Cristo a través de su confianza conste en la Virgen María.

En el amor, que tiene su fuente en el Corazón de Jesús, está la esperanza del futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo: «Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus heridas nos han curado» (Is 53, 5). Sigamos el ejemplo de san Juan Pablo II en la defensa de la Verdad, el Bien y la Vida. No tengamos miedo, ¡volvamos a abrir de par en par las puertas a Cristo en todas las realidades humanas! 

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