Causas del suicidio.

El fracaso de los proyectos modernos de transformación social – el Capitalismo con su individualismo y el Comunismo con su colectivismo –, ambos con un mismo origen liberal, ha provocado el auge de tres formas de pensar y de estar ante la vida que son el nihilismo, el hedonismo y el activismo.

Juntas confluyen en el evasionismo, que es una de las causas del aumento del suicidio en nuestro tiempo. El ejemplo más claro de este fracaso lo encontramos en el gigante asiático (amalgama de ambas teorías sociopolíticas), que acogiendo al 20% de la población mundial (1.260 millones de habitantes) registra un cuarto del total de suicidios en el mundo.

Causas del suicidio

Como vamos a ver, el suicidio no es sólo un problema sociológico de las estructuras y de las formas sociales, comunicado por contagio como una idea colectiva y común frente a alguna situación – tesis defendida por el sociólogo francés Emile Durkheim -, sino que también es un problema filosófico; y, por cierto, el único problema filosófico «verdaderamente serio», según afirma Albert Camus al comienzo de su ensayo El mito de Sísifo.

Por un lado, el nihilismo no reconoce la existencia de ningún ideal que merezca la pena. El hombre moderno no tiene otra ambición que pasar discretamente por la existencia y evitar desengaños. Del nihilismo se pasa, por tanto, sin solución de continuidad, al hedonismo.

Si el futuro no está en nuestras manos, no queda más salida que afincarse definitivamente en el presente para intentar extraerle todo su “provecho”. El Carpe diem (“aprovecha el momento”) horaciano se convierte, por eso, en lema del hombre moderno, centrado exclusivamente en sí mismo y obsesionado por la comodidad y el bienestar.

La actitud hedonista, por otra parte, se combina habitualmente con el activismo, por el que los hombres se entregan febrilmente a la acción con una sola meta: triunfar en el plazo más inmediato posible, dominar sobre personas y cosas, y disponer aquí y ahora de lo apetecido.

Hedonismo y activismo, sin embargo, chocan súbitamente con el aturdimiento de quien despierta de un sueño, contra la experiencia del fracaso, el dolor y la muerte. Esta experiencia es un mentís rotundo a las claves con las que el hombre moderno plantea su vida.

Ante esto, obviamente, sólo caben dos soluciones: o se cambia el planteamiento, o se mira hacia otro lado. Esta última, la evasión, es la “solución” postmoderna que se resume en la célebre frase de Vázquez de Mella, que aseguraba que vivimos en una sociedad que acostumbra a poner «tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias».

El evasionismo – así podemos llamar a esta nueva actitud – consiste en rehuir toda confrontación con el sufrimiento, la responsabilidad y los compromisos. Y es que las entronizadas formas de vida que el mundo moderno nos impone resumen las tres actitudes en las que se articula este nihilismo-hedonista-activista-evasionista del que hablábamos, que corresponden al esquema vital de los animales: gozar, dominar y huir. Desde una perspectiva dantestca, podríamos decir que vivimos en un mundo salvaje.

Así se explican las condenadas consecuencias de problemas tan extendidos como el consumismo, la ludopatía, la drogadicción, la diversión frenética, la adicción al trabajo… y, en última instancia, el suicidio. Sobre este último problema trataremos de dar una solución desde dos perspectivas: la primera más filosófica, y la segunda más sociológica.

El suicidio como problema filosófico

El suicidio, como problema filosófico verdaderamente serio, nos obliga a enfrentarnos a las cuestiones filosóficas primordiales, aquellas a las que nuestro mundo dio la espalda desde hace tiempo. Dos de las más importantes son sin lugar a dudas la muerte y el problema del mal (del que ya hablamos aquí).

La muerte nos muestra con elocuencia irrefutable la igualdad de todos los hombres. Ya Horacio escribía: «Pallida mors, aequo ptdsat pede pauper tabernas regumque rurres» (la pálida muerte, llama lo mismo a las chozas de los pobres que a los palacios de los reyes). Nos despoja de todo a todos y nos pone de cara a la Trascendencia y a solas con nuestra responsabilidad personal. A todos por igual. Por ello de siempre se ha dicho que la muerte es maestra de la vida.

Entre las enseñanzas más grandes que nos aporta muerte, encontramos la conciencia más evidente de nuestra limitación, finitud y dependencia. No está en nuestras manos el vivir o morir.

MEMENTO MORI
«No tengamos tiempo ya en esta vida mezquina por tal modo, que mi voluntad está conforme con la divina para todo; y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura» decía el poeta medieval Jorge Manrique en sus Coplas.

La impotencia ante la muerte nos hace comprender que cada uno no es el fundamento de sí mismo ni la norma última de los valores,; que la vida auténtica no consiste en hacer que a cada uno se le antoje, como si la vida no poseyese más sentido que el que cada persona quiera darle. La vida, al final, nos es quitada como al principio no fue dada. Ante eso nuestra libertad ni puede ni debe de hacer nada.

No existe, pues, una experiencia vivencial de la muerte, lo que la hace desconocida y por tanto no se sabe qué es; constituye el fin. Porque, como decía Epicuro, «La muerte no existe para mí, ya que mientras existo, ella no es todavía y cuando ella sea ya no existiré».

Para poder afrontar esta compleja realidad, el existencialista Albert Camus encuentra en el absurdo (concepto filosófico creado por él) como una salida a este conflicto entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de ese sentido.

Así, mientras que el símbolo de la Modernidad es Prometeo (que, según la mitología, robó el fuego a los dioses y propició, con ello, el progreso de la humanidad), los existencialistas – convencidos de que el ideal moderno se ha agotado – señalan a Sísifo como símbolo más adecuado de la situación del hombre actual.

MITO DE SÍSIFO
Sísifo representa el sinsentido de la existencia humana sin valores ni ideales (nihilismo). Los dioses castigan a Sísifo a empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que, antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo. Así, el nihilista carga constantemente con una carga de la que no se puede desprender y de la que ha hecho una forma de vida.

El absurdismo camusiano considera la vida moderna como un hecho no menos absurdo que el castigo descrito en el mito griego. Con la Postmodernidad, finalmente, Sísifo se transforma en Narciso, enamorado de su propia imagen (hedonismo).

Si echamos un breve vistazo al mundo, nos daremos cuenta de que estamos rodeados de absurdistas que no encuentran en la vida ningún tipo de sentido, y que siguen viviendo arrutinados en sus vidas de mierda. Como vimos en El problema del hombre moderno, todo el mundo sabe que algo no funciona, pero tendemos a permanecer sumisos a las cinco idolatrías propias de nuestro tiempo (ciencia, progreso, libertad, carne y placer).

El suicidio como problema sociológico

El suicidio, como problema sociólogico, se suele entender como un fenómeno de patología comunitaria que se hace visible al romperse el equilibrio social a través de factores suicidógenos que inciden y empujan a la muerte a personas concretas.

Este desequilibrio social es lo que Durkheim denomina anomía, un el estado de desorganización social o aislamiento del individuo como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales. Constituye la ausencia o defectuosidad en la reglamentación social. En La División del Trabajo Social, el sociólogo francés considera que en los inicios de la modernidad es donde se presenta la anomía.

El suicidio es la principal causa de muerte no natural en España, produciendo 2,7 veces las provocadas por accidentes de tráfico y 13,6 veces más que los homicidios.

Pero, si el suicidio fuera una enfermedad, la cuestión sería ésta: ¿quién es el enfermo, el hombre-suicida o la sociedad-suicidógena? Para Durkheim es la sociedad, que cumple dos funciones fundamentales que cuando fallan hace enfermar el resto del organismo social.

La primera es la integración, que se refiere a la dimensión intercomunicativa del orden social, por lo que está vinculada a las emociones de la vergüenza y del orgullo. La segunda es la regulación, que se refiere a la dimensión interactiva del orden social, por lo que está vinculada a las emociones del miedo y de la frustración.

En base a la alta o baja presencia de estas funciones, podemos diferenciar cuatro tipos de suicidios.

Cuando la integración es alta, nos encontramos ante un suicidio altruista, propio del ejército, sectas… En cambio, cuando es baja, estamos ante un suicidio egoísta, típico en personas aisladas, solitarias y que han podido sufrir algún tipo de desprecio social. Por otro lado, cuando la regulación es alta, tenemos delante un suicidio fatalista, que es el que encontramos en situaciones de esclavitud. Y por último, cuando la regulación es baja nos encontramos ante el suicidio anómico.

El suicidio egoísta, el más frecuente en nuestra sociedad, parte de la afirmación casi idolátrica de la persona y de su dignidad como fin supremo. Realmente, la persona que tiene tendencias suicidas de este tipo no es mala, sino que padece una exaltación de la personalidad que se produce a raíz de un alejamiento de la sociedad y de los grupos sociales. Esto da origen a lo que se denomina individualización desintegradora, tan presente en nuestro día a día.

En tal caso, si el hombre llega a perder la razón de seguir viviendo y se ve encerrado, perdido y sin salida en el laberinto de su propia existencia, alejado de la sociedad y de los grupos sociales, que no sólo no le atraen, sino que le repelen, acude al suicidio como «exitus» y, además, estimándolo como derecho en algunos casos.

Este tipo de suicidio se produce en las sociedades en proceso de deterioro cuando se quiebran los principios de autoridad y subordinación, cuando de hecho se tolera y reconoce la posibilidad de que cada uno haga lo que le plazca y que ya no se puede impedir. En ese estado de degradación social el «yo», endiosadito, vive su vida personal, no se obedece más que a sí mismo – aunque paradójicamente también se presente sumiso a lo impuesto a nivel social – y se atribuye el poder, cuando se siente cansado, fracasado e inútil, de quitarse la vida.

Solución filosófica y social a un problema sociológico-filosófico

Todas estas formas de suicidio tienen lugar en un ambiente social que las propicia. Y si nos fijamos bien, de una forma u otra todos los tipos de suicidio confluyen en una perturbación del orden natural de las cosas. Y es que, como decía Balmes, «la inmoralidad del suicidio… está en que el hombre perturba el orden natural destruyendo una cosa (la vida) sobre la cual no tiene dominio».

El desorden social e interior en el que nos encontramos por haber entronizado tesis individualistas contrarias al orden natural ha dejado al hombre moderno solo ante el universo. Nuestras formas de vida cada vez más desgajadas del prójimo y más alejadas de un Dios Padre en el que hemos dejado de creer, nos han dejado solos y huérfanos, endiosaditos y ocupando un lugar que no nos corresponde.

De ahí que resulte evidente que los factores suicidógenos desaparezcan cuando las tres sociedades básicasla religiosa, la política y la familiar – se hallan sólidamente constituidas, descansando en principios morales que se consideran inamovibles.

Si la disciplina espiritual se rompe en la sociedad, por un enfriamiento de la fe y un resquebrajamiento de la moral; si los vínculos que unen a los ciudadanos en la empresa nacional se debilitan haciéndolos insolidarios de la misión colectiva; si el lazo que une a las familias se rompe con una legislación divorcista y el núcleo de formación de los hijos se fragmenta, el hombre se convierte en un átomo suelto que ha de buscar todo en sí mismo.

De aquí que la terapia inicial contra el suicidio, en cuanto a la sociedad respecta, ha de consistir en un replanteamiento de las tres comunidades básicas y en un rearme ideológico, jurídico y práctico de las mismas. Una sociedad sana es el clima en el que se forja el hombre de «mens sana in corpore sano».

Para ello hay que reconquistar los auténticos valores sociales, que producen el orden y la tranquilidad en el orden, oponiéndose a la anomalía perturbadora del equilibrio mental y psicológico, que conduce a la desesperanza y al caos. Ejemplo de esta anomalía es el que encontramos cuando encendemos el televisor para ver el telediario y no encontramos más que una larga lista de desastres y malas noticias, con la esperanza de que al llegar a la sección deportiva y que anuncien la victoria de nuestro equipo para contrarrestar lo anterior.

En la otra perspectiva, en la que afecta al hombre concreto, se hace preciso devolverle el auténtico sentido de la vida, fortaleciendo y enriqueciendo, a la luz que de tal sentido se desprende, su mundo interior.

Dicha interioridad se ve hoy empobrecida en muchos casos por el vacío resultante de una succión ininterrumpida, practicada por quienes, con una u otra finalidad, pretenden reducirle a número. Contra esto, hemos de recordar al hombre moderno que frente a Dios, nuestra pequeñez se hace grande; que el valor de nuestra dignidad es infinita. ¡Somos amados por el Infinito! Pero claro, para asumir esto es necesaria la fe.

Javier Díaz en "Entre el puente y el río" analiza las causas del suicidio.
“Entre el puente y el río” es el título del libro publicado por Javier Díaz Vega, en el que aborda el delicado asunto del suicidio desde la fe y la esperanza. Mirada de misericordia anclada en su propia experiencia y en la enseñanza de la Iglesia es la que presenta el autor en este breve libro escrito a corazón abierto.

Es necesario vivir el drama del suicidio desde la fe. Dios es el único dueño de la vida, de ahí que el suicidio se trate de un pecado grave por ofender a Dios, a uno mismo y al prójimo.

No obstante, hemos de dar un llamada de esperanza que anuncie que sólo Dios conoce el corazón de quien se suicida, y sólo Dios sabe juzgarlo con Misericordia.

Es el testimonio del Santo Cura de Ars, que ante una viuda cuyo marido se había suicidado lanzándose desde lo alto, el santo le dijo “Entre el puente y el río cabe la misericordia de Dios”, consuelo que da título al bellísimo libro en que Javier Díaz cuenta su experiencia frente al suicidio de su madre hace once años.

En definitiva, para combatir seriamente el problema del suicidio hemos de desentronizar las causas filosóficas y sociales que crean el caldo de cultivo idóneo que lo sustenta y ponerlas en el cadalso que las responde. Es verdad que esto no acabará totalmente con este gran drama existencial, pero no hemos de perder nunca la esperanza. ¡Dios sabe más!

Porque, como afirma Javier en su libro, «frente al suicidio podemos ser testigos de esperanza», una esperanza que surge como la luz de una estrella en medio de la oscuridad en un mundo que ha renegado de ella.

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