El discurso del rey

Solo un país enredado en debates menores pierde de vista las causas mayores. Había cierta expectación para ver el habitual discurso del Rey de España el día de Nochebuena, debido a la dicotomía monarquía-república suscitada en las últimas fechas, y a su vez por el morbo de ver si el Rey abjuraba de su padre el rey emérito. Un discurso puede ser descodificado como el parte de una nación, o el orden del día, si se sabe leer entre líneas junto a la historia que lo acompaña. Del discurso dado en Nochebuena se puede dar un parte con las siguientes incidencias:

  • El rey no mostró una idea de España más allá de la Constitución de 1978, ni de conocer una definición de proyecto  nacional distinta del constitucionalismo.
  • Tampoco pareció conocer los problemas de fondo de España, o al menos no lo manifestó.
  • Sí se mostró como hombre de buena voluntad aunque, ante todo, hombre de su tiempo; con estilo loable pero curvado al discurso oficial.
  • La monarquía como forma de gobierno difiere vastamente del rol que ejerce la figura del rey como jefe aparente del Estado en una monarquía parlamentaria  sometida a los partidos.

Hechas estas consideraciones iniciales, el estado por el que atraviesa el régimen político español es una partitopública (valga la expresión): comunidad política absorbida por los partidos políticos que no solo tienen el control de las cámaras sino también el control de la sociedad civil en términos de opinión pública, con la inestimable colaboración de los medios convencionales.

El discurso del Rey volvió a evidenciar la carencia de un proyecto nacional, un vacío cubierto de espacios comunes y cuestiones tangenciales de segunda fila: la viva esencia del constitucionalismo, un producto político muy poco hispánico

El discurso del Rey volvió a evidenciar la carencia de un proyecto nacional, un vacío cubierto de espacios comunes y cuestiones tangenciales de segunda fila: la viva esencia del constitucionalismo, un producto político muy poco hispánico. Al contrario de la monarquía tradicional, que unida al catolicismo como fe y modelo de civilización, levantaron los pilares de la nación fundacional, dudosamente llamada nación histórica.

La monarquía actual es una monarquía de circunstancias, sometida a los pruritos de su era, que la impelen a buscar una unión patriótica en el constitucionalismo cartón-piedra, donde se concitan, se citan y se retan institucionalistas y revolucionarios sistémicos; dos cuadrillas de sentimentales, unos del institucionalismo monárquico y otros de la República, no como forma de gobierno sino como equívoco paradigma de la embriaguez revolucionaria.

El discurso dado por el Rey en Nochebuena, fiel a la Constitución, no permite saber que caracteriza a lo español. Hubiera valido para cualquier país de Europa: una nadería identitaria, de trazado humanitario y tintes globalistas. ¿Sabrán los españoles decidir su destino como nación sin saber quiénes son o mejor aún porqué conviven juntos?. La historia reciente dice que no. Las buenas voluntades ,como la manifestada por el Rey en su discurso, son del todo inoperantes sin la causa común tejida por la autenticidad de los vínculos y las ideas altas.

El rey se acopló al discurso y el discurso hizo las veces de rey, de modo que los revolucionarios sistémicos tuvieron un rey para su República, y los institucionalistas un presidente para su monarquía

Fíjense en qué estado se encontrará la conciencia nacional, que en  estos días de zozobra vírica, se le ocurrió a uno de esos parlamentarios sacamuelas señalar una imagen de una anciana vacunada en un hospital como ejemplo de patria. No cabe extrañeza, viendo como los egregios en filosofía y los aficionados a la política dedican mucho más tiempo a las nociones que a las naciones.

Por esa senda, por la de la excesiva categorización de los medios, ha quedado el pueblo español huérfano de fines. Y cuando una nación anda huérfana de todo valor supremo, queda a expensas de cualquier supremacía exterior. Verbigracia, España soltando amarras con la monarquía tradicional y el catolicismo, y devenida en un cuerpo político vagaroso, reducido a  estado satélite a medida de los intereses externos. De lo que se deduce que no todos los males de una monarquía por defecto, o de una monarquía alfeñizada, residen ni en la Familia Real ni en la figura del Rey.

La Constitución no le deja al monarca otra salida, más las atribuciones y distribuciones de la institución, han sido sitiadas y minimizadas por una clase política esclerótica, con la aquiescencia de un pueblo español mayoritariamente muerto en vida en los principales órdenes de la misma que requieren firmeza: el religioso, el filosófico y el político.

Cuando una nación anda huérfana de todo valor supremo, queda a expensas de cualquier supremacía exterior

Una monarquía parlamentaria sobrevenida en partitopública es, a la luz de los hechos, un régimen político picaflor entre la República y la Democracia, entre la República y la degeneración de la República.La jefatura de facto del Estado corresponde al presidente del gobierno y a las camarillas anejas, que propenden hacia intereses particulares u organizacionales.

Todo problema político tiene una proyección metafísica. Aristóteles diferenciaba entre unidad esencial y  unidad accidental. La unidad esencial cumple dos propiedades: homogeneidad, en tanto conjunto, unidad de forma, o medida primera; y continuidad. En cuanto a la unidad accidental, supone una modificación de la sustancia o accidente de la unidad esencial; o bien el accidente puede formar parte de la propia esencia si no la modifica.

Como aplicación al caso que nos concierne, el Reino de España con el resto de la Hispanidad formaba una unidad esencial cuya homogeneidad venía dada por el catolicismo como teología generadora de un modelo de civilización. A su vez la tradición era sinónimo de continuidad.

Una monarquía parlamentaria sobrevenida en partitopública es, a la luz de los hechos, un régimen político picaflor entre la República y la democracia

Mientras que la monarquía representaba un accidente integrante de la propia esencia pues no la modificaba sino que la preservaba en su homogeneidad y continuidad. Y allá que fue el constitucionalismo (con todas sus pulsiones liberales previas) a modificar la sustancia y a crear una unidad accidental  hasta llegar a la Constitución de 1978, para eternizar España como país accidentado sin más horizonte que su propio accidente.

Como la nación política (pleonasmo de prestigio) rompe con la nación fundacional y el mundo hispánico, ya no sabe o no quiere hacer política para la nación; la hace por y para el accidente que se esconde tras  el discurso del Rey, que glosa todos los pecados del pueblo español contra la trayectoria de su unidad esencial. No hay noticias de los españoles fuera del marco de ese discurso, en sintonía con el sistema métrico nacional de los libres e iguales, la borrachera sentimental de aplausos, banderines y vítores, y la institucionalización del pensamiento gregario

En suma, el rey se acopló al discurso y el discurso hizo las veces de rey, de modo que los revolucionarios sistémicos tuvieron un rey para su República, y los institucionalistas un presidente para su monarquía. Al fin y al cabo todos son libres e iguales.

Eduardo Gómez Melero

@kidkippel

Más artículos del autor… @kidkippel

El estilo español nada tiene que ver con el Constitucionalismo

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